Diez mas uno

Sentado en el vestidor, solo, no podía hacer otra cosa que mantener los pies sobre la larga banca y la cabeza entra las rodillas. Hacía mucho tiempo que no estaba así, tal vez desde los 15 años...

Sentado en el vestidor, solo, no podía hacer otra cosa que mantener los pies sobre la larga banca y la cabeza entra las rodillas. Hacía mucho tiempo que no estaba así, tal vez desde los 15 años cuando se pasó la noche en esa posición sobre su cama, decidiendo si viajaba para aceptar el contrato que recién le ofrecían para entrenar en Tercera División o seguía estudiando con toda comodidad.

En aquél entonces temblaba de miedo, ahora lloraba sin lágrimas en el silencio de un vestidor vacío debajo de unas tribunas que habían salido huyendo despavoridas y aterrorizadas buscando un nuevo equipo al que defender.

El "10" lo delataba, le pesaba en la espalda, se colgaba a la playera con tremenda crueldad y culpándolo de la tragedia. Hacía una hora, ese "10" estaba en la cancha viendo como el equipo al que pertenecía se hacía polvo en la llamas del Infierno tras consumarse el descenso a la Primera "A".

Recordaba minuto a minuto el partido, recordó aquél balón que midió mal y le ganó el defensa, aquél pase que nadie notó pero que de haber soltado a tiempo, hubiera sido un gol inminente. Aquella jugada en el minuto 80 la que la desesperación lo traicionó y en lugar de mantenerlo moviéndose sobre la línea de los defensas durante dos segundos más, lo llevó a arrancar antes y meterse como un novato al fuera de juego.

Recordó que cuando se acercaba el fin del partido, tras estrellar ese maldito tiro en el poste, sentía vaciarse las tribunas para siempre. No se atrevía a voltear, no después de lo que les estaba haciendo, no después de llevarse al equipo al diablo, no después de estar tan cerca de salvarse y no lograrlo.

Ahí estaba, era el último, sentado en el vestidor que seguramente estaría abandonado un buen rato. Ya lo había dicho el dueño, "si no me lo salvan, me llevo al equipo de la ciudad, esta plaza no aguanta un equipo de Primera A". Ahí estaba, solo y despidiéndose.

"Ya váyase a casa y déjeme cerrar este vestidor del demonio", oyó y salió de su letargo. Sin ducharse, con la playera de juego y el "10" de plomo sobre su espalda, se puso unos tenis, los pants, tomó sus 3 pares de tacos y junto a un pedazo de madera que arrancó de la banca, los echó a la maleta para dejar al vestidor llorando solo.

Al salir del túnel, la luz lo deslumbró. Ya casi no había nadie, sólo algunos puestos de esos que venden hasta tangas con el escudo del equipo y sus dueños levantándolos pensando "ahora qué hago con todas estas cosas".

El "10" esperaba algo nada agradable, al menos estaba preparado para un par de baños de cerveza y algún monedazo, pero al parecer había estado demasiado tiempo en el vestidor y ya ni la violencia quedaba. Así, incluso decepcionado de no tener un punto de desahogo con su gente, se encaminó a su coche.

A medio camino, en una bardita pegada a la reja que separa a los que pagan por ver de los que les pagan por jugar, un niño de unos 11 años lo esperaba, perfectamente uniformado, con su "10" de plomo sobre la espalda y una tristeza que lo hizo voltear.

"Al fin, llevo dos horas esperándote", dijo el chamaco al verlo. "Sólo quería decirte que no te preocupes… yo también fallé ese penal".

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