Quiniela sentimental

Amigos y no tan amigos me enviaron en las últimas semanas invitaciones para participar en media docena de quinielas mundialistas, algunas por dinero y otras sólo por el privilegio de poder burlarse...

Amigos y no tan amigos me enviaron en las últimas semanas invitaciones para participar en media docena de quinielas mundialistas, algunas por dinero y otras sólo por el privilegio de poder burlarse de los otros. Octavio, un amigo abogado que vive en Buenos Aires, me envió su ya clásica quiniela mundialista acompañada de un largo archivo (.xls) con la explicación de las condiciones y los datos bancarios para depositar los 200 dólares (casi 2.500 pesos mexicanos) que costaba la inscripción. Decliné cortésmente o ignoré sin cortesía cada una de estas invitaciones, no porque no me gusten las apuestas, que me encantan, sino porque ya he perdido demasiadas (en las quinielas de oficina casi siempre gana alguna mujer sin interés por el futbol que llena la planilla con los ojos cerrados) y también porque en el futbol se me hace casi imposible separar lo que creo que va a ocurrir de lo que quiero que ocurra.

Hace cuatro y ocho y doce años participé en diversas quinielas –o, como les decimos en Argentina, pollas (¡poshas!)– y siempre me encontraba, unos días después, con la misma sensación contradictoria: mi cerebro y mi bolsillo querían acertar el resultado que habían apuntado en la "posha" (hinchaban por Francia contra Senegal, por ejemplo), pero mis tripas futboleras celebraban el gol de Bouba Diop y se excitaban con la posibilidad de que, como finalmente ocurrió, Senegal le ganara a Francia en el partido inaugural de 2002. Este año decidí no volver a someterme a semejante calvario, tengo demasiadas ganas de que Costa de Marfil le gane a Brasil y de que Chile le gane a Suiza como para comprometer mis ahorros en un resultado distinto.

Hago esta aclaración porque estos intentos de pronósticos que voy a escribir aquí debajo están en parte diseñados por el cerebro pero seguramente infectados también por esas inexplicables ganas que uno tiene de que ocurran ciertas cosas y no otras. ¿Puede ganar Brasil? Claro que puede ganar Brasil. ¿Quiero que gane Brasil? No, pero prefiero a Brasil antes que un europeo. (En cualquier caso, no sería el único o el primer pronosticador que quiere que sucedan las cosas que está pronosticando. Los analistas financieros que declaran una inminente recuperación de los mercados probablemente rezan cada noche para que esa recuperación empiece de una buena vez. Y los izquierdistas o sociólogos que declaran todas las semanas el inminente fin del capitalismo, probablemente también rezan cada noche para que alguien le ponga fecha al partido inaugural de la revolución.)

Pronósticos, entonces: ese pantano donde su hunden los astrólogos y los periodistas. ¿Quién va a salir campeón? España. O Brasil. U Holanda. O Argentina. Es, por supuesto, imposible de decir, pero me parece que España tiene bloque y tiene jugadores y, sobre todo, después de haber ganado la Eurocopa hace dos años, ya no tiene esa nube negra de sentido trágico siguiéndola a todos lados. España juega bonito pero además juega bien y además es una roca. No creo que tenga todos sus problemas solucionados (en algún momento Del Bosque va a tener que decidir entre el sistema que mejor le funciona, el 4-2-3-1, o poner juntos a Fernando Torres y a David Villa), pero es un equipo con un piloto automático muy alto, que en sus malos días ya juega bastante bien y que no necesita momentos mágicos para ganar partidos.

Brasil, en cambio, tiene un bloque tan sólido y afinado como el de España, pero peores jugadores. Durante décadas, las selecciones brasileñas tuvieron estrellas de bronce y estrategias de algodón, delanteros dramáticos y defensores de comedia. Ahora, después de dos décadas de transición, la situación es al revés, Brasil tiene el mejor arquero del mundo (Julio César), dos de los mejores defensores del mundo (Lúcio y Maicon) y unos delanteros que son muy buenos (Luis Fabiano, Nilmar, Grafite) pero no hacen temblar de miedo a nadie. Lo mejor del Brasil de Dunga es su armadura defensiva, compacta e impiadosa, formada por figuras pero también por jornaleros (Elano, Josué), que resiste a los invasores y es rápida para salir de contraataque, subida a los galopes en transición de Kaká y Robinho. Cómo habrán cambiado los tiempo que Brasil puede salir Campeón del Mundo con en equipo al que no le interesa demasiado la posesión de la bola y cuyo verdadero arte, el único aspecto del juego en el que verdaderamente no tiene competencia, son el futbol directo y la sorpresa.

Un párrafo sobre Argentina, equipo impredecible de un país impredecible dirigido por el más impredecible de los artistas impredecibles. Hasta hace dos semanas parecía que Maradona, después de apretar todos los botones del tablero, finalmente se había topado con un esquema y una alineación que le gustaban: ocho ogros detrás de la pelota mostrando los dientes y gruñendo a los rivales, y Messi e Higuaín (y a veces Di María) allá adelante, como un grupúsculo vanguardista, obligados a crear arte y monedas con los dos o tres balonazos que les aterrizaban cerca. No era un buen esquema para Messi (que no sabía si "conducir" al equipo, como hace su compañero Xavi Hernández, o fabricar y meter goles, como le piden y él cumple en el Barcelona), ni era un buen esquema para nuestros ojos, el equipo jugaba feo, tenía poco la bola y sólo parecía sentirse cómodo con el trasero pegado al arquero propio. Pero funcionaba, le ganamos a Uruguay (1-0) en el partido definitivo de las Eliminatorias y a Alemania (otro 1-0) en un amistoso en marzo. Ahora, sin embargo, todo esto podría estar cambiando. Diego, que ha pasado estos días sonriendo, fumando puros y paseando su elegante barba sal-y-pimienta por los campos de entrenamiento de Pretoria, parece estar a punto de modificar su esquema de combustión y hierro para hacerle un hueco en el equipo a Carlitos Tevez, por quien siempre ha tenido (como casi todo el país) una debilidad especial. Con Tevez en la cancha, Argentina gana mística futbolera y electricidad ofensiva, pero también entra en territorio táctico desconocido. Con Maradona en la banca y Messi en la cancha puede ocurrir cualquier cosa, incluso ganar. Veremos qué pasa. La desconfianza es un buen mecanismo de defensa para reducir el dolor por los desengaños.

Por eso me resisto a participar de las quinielas, porque me gusta demasiado mentirme a mí a mismo, engañarme psicológicamente para sufrir menos con las derrotas propias y sorprenderme con las victorias, como si hasta un minuto antes hubieran sido imposibles. Para los que lo sufrimos más intensamente, el Mundial es una montaña rusa psicológica, que en el mismo día nos arrastra de la ansiedad a la euforia, nos marea en los tirabuzones del desconcierto y nos hunde en el charco del desencanto. México, ansioso y preparado, se sube mañana; que la obsesión por el "quinto partido" no le quite entusiasmo y dedicación por el primero.

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