Aguirre se afloja la corbata

Los aficionados mexicanos deberían anotar el minuto 55 del partido de hoy como un punto de inflexión en la carrera de Javier Aguirre y quizás también de la Selección Mexicana.

Los aficionados mexicanos deberían anotar el minuto 55 del partido de hoy como un punto de inflexión en la carrera de Javier Aguirre y quizás también (esto lo veremos en las próximas semanas) de la Selección Mexicana de Futbol, que en ese minuto dejó atrás su prudencia histórica y se lanzó con todo encima del cuello de su rival. México había jugado mejor que Francia, pero otra vez había tenido problemas para acertarle al arco y otra vez había empezado a mirar con cariño la posibilidad de un empate. (Después de todo, México nunca le había ganado a un Campeón del Mundo en una Copa del Mundo y un empate contra Francia siempre tiene la elegancia suficiente como para apuntarla sin vergüenza en los libros de historia.) En el pasado, y ante una situación similar, Aguirre habría hecho entrar al "Chicharito" Hernández por el Guille Franco o por Giovani dos Santos, decisiones sin ambición ni frescura pero fácilmente justificables por razones tácticas ante la prensa o los hinchas. Hoy, sin embargo, Aguirre prefirió sacar a Efraín Juárez, un jugador mucho más defensivo, y con su decisión envió una señal a sus hombres de que esta vez el empate no era suficiente: que dejaran de sentirse cómodos en sus madrigueras y salieran a buscar el gol, porque el rival estaba hastiado e inmóvil y por una vez debían olvidarse de los libros de texto e intentar ganar como fuera. Fue una gran decisión de Aguirre, que funcionó en el plano táctico-futbolístico pero sobre todo en el anímico-moral: los 22 jugadores que estaban en la cancha entendieron en ese instante que había un equipo que quería ganar el partido y otro equipo que no tenía ni idea de lo que quería. Francia se ha vuelto en los últimos años un equipo antipático, fofo y deprimente: once zombies que se pasan la pelota y corren a marcar a sus rivales como si fueran humanos pero que si uno los mira de cerca no tienen alma ni sangre ni ningún tipo de energía positiva. Si estos mismos tipos, con este mismo entrenador, usaran otra camiseta y fueran clones anónimos de estas mismas estrellas del Chelsea, el Arsenal y el Olympique de Lyon, nadie les tendría ningún respeto y perderían todos los partidos por varios goles. Hoy México tardó un poco más de un tiempo en darse cuenta de esto (55 minutos: Hernández por Juárez cambió todo), y después ya no hubo vuelta atrás: cuando el Rey de Francia quedó desnudo, sin el hechizo de respeto que generan los nombres de sus estrellas y sus éxitos recientes, México controló el partido con una autoridad y una serenidad que le había costado mostrar frente a rivales de este cartel. La lección del partido para México y para Aguirre no debe ser sólo que el equipo debe tener más confianza en sí mismo y creer más en sus posibilidades. Eso se da por supuesto. La lección más importante para mí es la del minuto 55, el momento en el que Aguirre, en contra de sus instintos y su historia como entrenador, aceptó perder el control de lo que pasaba en la cancha y lanzarse a lo desconocido: arriesgar. Es imposible llegar lejos en un Mundial siendo perfectamente prudente y académico: siempre llega un momento en el que hay que hacer algo inesperado y en apariencia inexplicable, que sacuda la siesta de los propios y preocupe o confunda a los ajenos. México hoy hizo lo inesperado y se sacó un enorme peso psicológico de encima (ganarle a un Campeón del Mundo, ir en busca de un partido parejo), que puede ayudarlo mucho de aquí en adelante, sobre todo si en Octavos de Final tiene que jugar otra vez con Argentina, a quien barrió tácticamente en 2006 pero a la que nunca pudo doblegar psicológicamente. Ah, Argentina. Ojalá hoy no hubiera metido tantos goles: en los Mundiales, las goleadas agrandan demasiado a quienes las hacen y alertan demasiado a sus próximos rivales, que se parapetan contra ellos como si esperaran a la Luftwaffe y al final terminan ganando, como los suizos contra España, con un gol insólito e inesperado e inmerecido de contragolpe. En 2006, la goleada de Argentina contra Serbia (6-0) intoxicó el cerebro del técnico, José Pekerman, y sus jugadores, que ya no volvieron a jugar bien y tuvieron que enfrentarse desde entonces con equipos disfrazados de víctimas que tomaron los partidos contra ellos como la posibilidad de alcanzar una hazaña sobrehumana. En ese contexto se jugó, insólitamente, el partido de Cuartos de Final contra Alemania: Alemania era local y había jugado muy bien sus partidos anteriores, pero aún así consiguió relatarse el partido contra Argentina con una narrativa que le permitía, en su propia casa y con la obligación moral de llegar a Semifinales, abroquelarse un paso delante de su arquero Lehmann con la mística de una retaguardia de guerreros que defiende una isla remota frente a una armada extranjera. (El partido, aburridísimo y en el que casi no hubo tiros al arco, terminó 1-1 y lo ganó Alemania por penales). En cualquier caso, Argentina hoy fue un placer de futbol primario, casi pasado de moda. Parece un equipo sub-entrenado tácticamente, con movimientos arbitrarios y agujeros notables en diversos momentos de sus partidos, pero son precisamente esta flexibilidad y esta imprevisibilidad las que por ahora le están permitiendo confundir y sorprender a sus rivales, que no tienen ni idea de a quién o en qué momento tienen que marcar. En este sentido, Argentina se parece mucho a su hombre más carismático, Carlitos Tevez, un jugador anárquico y furioso, poco confiable tácticamente pero, por la misma razón, a menudo indescifrable para las defensas contrarias. Tevez fue hoy tan importante como Messi, que en un momento del segundo tiempo decidió encenderse y en dos jugadas eléctricas y punzantes liquidó, recordando sus segundos tiempos en el Barcelona, un partido que hasta ese momento había sido bastante más parejo de lo que sugiere el marcador final. ¿Es "candidata" Argentina? No lo sé. No quiero decir que sí, porque un Mundial es un torneo corto en el que, sin embargo, los equipos atraviesan decenas de estados de ánimo distintos, saltando de la euforia a la depresión entre partido y partido y, a veces, más de una vez durante un mismo partido. Además, si el Mundial ya es una montaña rusa psicológica para todo los equipos, mucho más lo es para Argentina, un equipo históricamente bastante excitable, dirigido por un ser humano entrañable pero conocido por sus cambios de humor y, además, representante de un país famoso por sus Aconcaguas de euforia y sus Pampas húmedas de mal humor. Lo que definitivamente ha cambiado, por suerte, es el estado de ánimo del torneo, que de un día para el otro parece haberse quitado el abrigo de la prudencia y el hambre de goles y, expuesto al frío del invierno sudafricano, ha decidido correr y liberarse y entregarnos los goles, la audacia y las sorpresas que estábamos necesitando. Tan distinta está resultando esta segunda ronda del Mundial que hasta los griegos parecen haberse contagiado. Son los síntomas de la aceleración del torneo, que despierta a los que venían medio distraídos, y obliga a los tímidos, como México, a dejar de mirar cómo juegan los otros e intentar tomar las riendas de su propio destino.

Newsletter MT
Suscríbete a nuestro boletín de noticias deportivas.
No te pierdas