Departamento de soltero

Buscando cambiar un poco la escenografía de mi experiencia mundialista, me subí a un tren y dos autobuses esta mañana y me vine a la casa de un amigo en Nueva Jersey como debe tenerla un soltero.

Buscando cambiar un poco la escenografía de mi experiencia mundialista –estoy un poco cansado de verme a mí mismo siempre en la misma posición, rodeado de las mismas revistas viejas, los libros mal apilados, el escritorio lleno de tareas pendientes–, me subí a un tren y dos autobuses esta mañana y me vine a la casa de un amigo en Nueva Jersey, que tiene una sala de estar como debe tenerla un varón soltero de treinta años: En penumbra, presidida por una pantalla gigante de 50 pulgadas (con alta definición) y poblada por sillones de cuero negro donde hundirse hasta la catatonia sin notar el paso de las horas.

Llegué temprano, antes de que empezara el partido de Holanda y Eslovaquia, y mi amigo soltero me ofreció una cerveza. Yo, amigo casado, le respondí que prefería un café. Mi amigo soltero, a pesar de ser colombiano, no toma café. Salimos entonces a las calles de Jersey City y compramos un café soso y aguado en un restaurante tex-mex llamado “Misión Burrito”. Cuando volvimos a su casa, holandeses y eslovacos ya estaban paseándose por la cancha, mirándose y desconfiando pero sin agredirse demasiado. Los futbolistas holandeses tienen un aspecto tan de clase media profesional que uno casi podría confundirlos, si se los encontrara juntos en un bar, con el plantel de creativos de una agencia de publicidad. Los eslovacos, en cambio, todavía tienen las cicatrices estéticas que les ha dejado la fealdad el realismo socialista: cráneos asimétricos, barbas ralas, cortes de pelo pasadísimos de moda. Jugaron un partido razonable pero con menos intensidad de la que nos habría gustado a mi amigo colombiano y a mí, que no hinchábamos especialmente por ninguno de los dos y esperábamos, entonces, algo de espectáculo o de drama.

El partido tuvo poco de cualquiera de las dos cosas. Tuvo poco drama porque estos holandeses, que son menos poéticos pero más convincentes que los holandeses de otras épocas, metieron su primer gol bastante temprano y después se dedicaron a tratar el partido como si fuera una inauguración en una galería de arte, conversaciones triviales, poco control sobre el paso del tiempo, un bienestar tibio pero más bien inexplicable. Los eslovacos, que se sienten un poco perdidos en este mundo de arte contemporáneo, miraban los cuadros pero no entendían nada, no volvieron al partido de futbol hasta quizás demasiado tarde. Hicieron trabajar a Stekelenburg, el arquero holandés, dos o tres veces, pero poco después, con el segundo gol de Holanda, aceptaron esa copita de champaña, se sentaron en el suelo y esperaron con docilidad el final del partido.

Un poco decepcionados por la baja tensión emocional de nuestro primer partido, mi amigo y yo salimos a buscar emociones baratas en un plato de comida picante. Cruzamos la calle hacia el otro lado y establecimos una batalla épica contra un curry de pollo que nos estiró los pelos de la nuca y nos dejó sudando y jadeando, casi como si hubiéramos jugado al lado de los eslovacos y los holandeses.

Volvimos a su casa y nos sentamos a esperar, con ese maravilloso cosquilleo mundialista en el pecho, el partido ente Chile y Brasil, sobre el que teníamos depositadas enormes expectativas. Yo quería que ganara Chile, en parte porque admiro Marcelo Bielsa y en parte porque una eliminación de Brasil siempre es una gran noticia para Argentina. Mi amigo, en cambio, tenía una vaga preferencia por Brasil. Como muchos otros colombianos orgullosos de su pasado y avergonzados de su presente futbolístico, está tan perturbado por no haber clasificado al Mundial que se ha dejado envenenar por el resentimiento. Es un resentimiento bastante cómico, porque ni los colombianos mismos se lo toman del todo en serio, pero no pueden evitarlo. Cuando se sientan frente a la TV y se encuentran con un partido entre un país latinoamericano más o menos competidor de Colombia (como México, Uruguay, Paraguay o Chile), estos colombianos hinchan invariable y vigorosamente por su rival, aun si esos rivales son países como Francia, Corea del Sur y Eslovaquia, con los que no tienen nada en común y, a veces, de los que no saben casi nada. Como Brasil está, para estos colombianos, en otro nivel (son orgullosos pero no delirantes), no les molesta que gane. Por eso, esta tarde, mi amigo colombiano (y, según él, muchos de sus compatriotas) hicieron fuerza por Brasil, porque para Colombia es más humillante el éxito planetario de Chile (un país al que futbolísticamente miraban con desdén hasta hace no mucho tiempo) que otra coronación brasileña, a la que pueden disfrazar como un designio histórico inevitable.

Eso (un designio histórico) es lo que pareció el partido de Brasil de esta tarde. Chile jugó bien la primera media hora, moviendo a sus alfiles con agilidad y picardía y mostrando un entusiasmo y un funcionamiento colectivo por momentos conmovedores. No ha habido otro equipo en el Mundial que haya decidido correr tantos riesgos en sus partidos contra rivales del calado y los galones como los que le tocó enfrentar: Chile podría haber jugado como Suiza, pero jugó como Chile, presionando y moviendo la pelota y dejándola correr hasta espacios y rincones donde los brasileños no habían tenido que ir hasta ahora en todo el torneo.

Aun así, en todos estos minutos de hiperactividad chilena y paquidermia brasileña, la sensación era que Chile podía simular toda la agresividad que quisiera pero que no podría hacerle daño a Brasil; y que Brasil en cualquier momento rompería el partido con un gol de contraataque o de pelota parada. Se movían los enanos chilenos, entonces, y lanzaban golpes contra el gigante dormido, pero parecía exactamente eso: que sus golpes eran más cosquillas que otra cosa y que cuando el gigante decidiera despertarse o se pusiera de mal humor, se acabaría rápido el partido. Eso fue lo que ocurrió: un gol de cabeza después de un córner y un golazo de contraataque después de una larga posesión chilena cerraron al partido antes del final del primer tiempo. Como le había pasado un día antes a México, Chile había “jugado mejor” que su rival, también favorito y también latinoamericano, y también se había desmoronado ante la primera mala noticia.

Me gusta este Brasil. No me “gusta” en el sentido de que me emociona su juego o de que siento que está reinventado el futbol. Pero sí me parece un equipo honesto y rocoso que sabe exactamente lo que quiere y que está siempre agazapado para salir a toda velocidad con sus tres o cuatro galgos de más arriba. Dunga es un personaje poco querible, que se ofende demasiado rápido y que gasta demasiada energía en pelearse con los periodistas y con quienes lo critican. (Debería gastar algo más de esa energía en comprarse algo de ropa, va a los partidos de Brasil, ceremonia planetaria como pocas otras, vestido como si hubiese elegidos sus prendas al azar). Este Brasil, entonces, me parece un equipo muy bien preparado para jugar este tipo de torneos cortos y en los que los errores propios son a menudo imposibles o casi imposibles de remontar. Brasil no se equivoca y, además, es despiadado con las equivocaciones ajenas. Aunque no me guste, y me deprima un poco la perspectiva de una sexta Copa del Mundo en manos de Brasil, no veo cómo alguien puede hacerle hoy algo más que costillas a este gigante malhumorado.

Volví de Nueva Jersey escribiendo esta columna, parado en el tráfico submarino del Lincoln Tunnel, y algo decepcionado con la intensidad de los partidos de hoy, que parecieron tener un aire más de primera ronda que de Octavos de Final. Como si la misma dosis ya no me hiciera el mismo efecto, ahora necesito más. Hace veinte días, el infumable Eslovenia-Argelia de la primera fecha aún me parecía una gran experiencia. Hoy, partidos de segunda ronda con algo de gracia pero poca incertidumbre sobre su resultado, me parecen poca cosa. Pero no quiero pensar demasiado en estos asuntos, porque si me pongo a hacer cuentas y a comparar y a hacerme el interesante con todo lo que ha pasado y todo lo que falta, me doy cuenta de que ya se han 54 partidos y que solamente quedan diez. Diez, o nada: quince horas de Mundial.

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