El partido eterno

Dentro de dos años, en la mitad del desierto inter-mundiales, dudaré de mí mismo y me preguntaré qué tiene de tan maravilloso el Mundial, por qué me obsesiono tanto con algo que no significa mucho.

Dentro de dos años, en la mitad del desierto inter-mundiales, dudaré de mí mismo y me preguntaré qué tiene de tan maravilloso el Mundial, por qué me obsesiono tanto con algo que en el fondo no significa mucho y que no siempre premia a los mejores equipos. Intentaré acordarme en ese momento de la mañana de hoy y del segundo tiempo entre Estados Unidos y Argelia, un ejemplo extraordinario de la épica y la agonía que este torneo está genéticamente preparado para dar. Habrá en este Mundial, en las próximas semanas y las próximas rondas, momentos más famosos, protagonizados por equipos y jugadores más importantes, que se convertirán en emblemáticos y que veremos por televisión, repetidos en mil madrugadas, en los próximos cuatro años. Por eso intentaré acordarme del partido de Estados Unidos de hoy, porque pronto quedará semiescondido en el gran baúl de recuerdos del Mundial y porque ofreció todas las recompensas que buscamos en un partido de primera ronda a los que miramos el Mundial entero, a veces hinchando por un equipo y a veces solamente excitados por contagio, contagiados de la emoción y el miedo ajeno al apocalipsis.

No fue éste un partido, por supuesto, en el que yo no hinché por nadie: vivo en Estados Unidos, algunos de mis amigos y mis compañeros de San Martín de Brooklyn, mi equipo de futbol de los sábados, son gringos de toda la vida (y futboleros, algo que no es fácil de encontrar) y yo mismo me he convertido en un gringo burocrático-oficial, después de jurar lealtad a la bandera estadounidense en un sótano sin ventanas del centro de Brooklyn. Aun así, quiero decir que disfruté el partido casi tanto como si lo hubiera visto como un entomólogo en un laboratorio, más interesado por analizar la forma de las alas de las moscas-futbolistas que por la emoción indescriptible de desear un gol y desearlo y desearlo, como lo desearon los hinchas estadounidenses, y merecerlo durante largos noventa minutos sin poder conseguirlo.

Esta búsqueda de los gringos, empujada con la ingenuidad y la impaciencia que los caracteriza (y también con la entereza y la conmovedora determinación que tienen para no darse nunca por vencidos), me pareció en un momento un relato fascinante, soñado por un guionista malvado: parecía imposible, con los elementos disponibles, cargarle más drama a un partido que ambos equipos tenían que ganar, y que poco a poco se fue ensanchando, ablandando y astillando hasta convertirse en un caos vibrante de grandes jugadas y errores infantiles. Al final, los dos equipos renunciaron a controlar al otro (pero mucho más Estados Unidos que Argelia, muy calladita hasta la mitad del segundo tiempo, aun cuando sólo ganando 2-0 podían clasificar) y el partido fue una gran planicie abierta y salpicada en cada rincón por jugadores exhaustos y sin tensión táctica, que habían dejado de ser peones de sus entrenadores y que por primera vez en quizás mucho tiempo se encontraban a la deriva y tomando decisiones por sí mismos.

En este ping-pong caótico y vitalista, Tim Howard atajó un buen cabezazo y sacó la bola con la mano hasta el otro lado del campo, justo delante del galope de Landon Donovan, que había estado un poco introvertido el resto del partido pero que esta vez dio dos o tres pasos perfectos con la pelota y la abrió para Jozy Altidore, que controló bien y puso el centro bajo y necesario para que Clint Dempsey (un tipo impredecible y con buena prensa, pero que para mí es desesperante por su falta de convicción) la soplara al arco. Dempsey sopló con poco nervio, la pelota rebotó en el arquero y quedo sola y quieta, abandonada por el mundo que giraba a su alrededor. Como el revólver de película que vuela y aterriza lejos de todos los personajes, media docena de jugadores se quedaron durante un segundo dramático mirando la pelota que apareció el cowboy-héroe, el Tom Cruise de la película, Landon Donovan, que entró trotando y con clase, sin forzar la situación, acomodó el balón contra el borde de la red. Me encontré a mí mismo aplaudiendo y aflojando la mandíbula, casi como aplaudiera o me embobara con el clímax de una buena película de suspenso. Y me pedí a mí mismo, un instante después, no renunciar a esto, porque esto es el Mundial. Cuando dudes, me dije, recuerda las semifinales y la final, que probablemente serán interesantes y quizás igual de dramáticas: pero no te olvides de este partido, que simboliza casi todo lo bueno y muy poco de lo malo (Argelia debió entusiasmarse antes) del Mundial.

Escribí los párrafos anteriores al mediodía, justo después del final de los partidos de Estados Unidos e Inglaterra, todavía un poco alcoholizado por la incertidumbre y las burbujas de los minutos anteriores. Sería injusto entonces que no dedicara un entusiasmo parecido al maravilloso segundo tiempo de Serbia-Australia, en el que ambos equipos, virtualmente eliminados por el gol de Alemania en Johannesburgo, salieron a buscar los goles que les hacían falta para apuntarse la clasificación. Australia necesitaba cuatro, pero en un momento hizo dos y necesitaba dos más (propios o de Alemania), quedó sólo contra el arquero serbio Holman, el rubio con aspecto de surfero veterano que se niega a madurar, pero la tiró alta. Los serbios se comían las uñas y se sentían visiblemente humillados por estar perdiendo contra Australia, un equipo que, visto desde la orgullosa tradición futbolera balcánica, es apenas un recién llegado al mundo del futbol. En el último minuto, ya 2-1, la bola le pegó en la mano a Cahill dentro del área australiana y los ghaneses, que miraban el partido por televisión o lo escuchaban en el medio del campo en alguna vieja radio a transistores, contuvieron la respiración (un eventual penal y gol de Serbia mandaba a los serbios a Bloemfontein para jugar contra Estados Unidos y a los ghaneses de vuelta a Accra). Larrionda dudó, pero después levantó los brazos: “¡Juegue!”. Los serbios, apuñalados por el dolor del esfuerzo, la sensación de injusticia y la vergüenza de sentirse eliminado, ya no hicieron nada más. Qué conmovedoras y atrapantes son estas escenas para quienes la miramos con poca emoción invertida en su desenlace, pero qué crueles pueden ser para quien las sufren en carne propia.

Estas jornadas cuádruples están resultando ser mucho más dramáticas de lo que había pensado: hoy fue un día de emociones intensas y futbol abierto que debería servir para acallar un poco a quienes se pasan los primeros veinte días de cada Mundial protestando porque la pelota no gira como a ellos les gusta, o porque algunos entrenadores son temerosos y conservadores, o porque esta es otra señal más, según la cantinela habitual (y nunca del todo argumentada con ejemplos concretos) de la decadencia inevitable del futbol. Me sigue costando, sin embargo, ver dos partidos al mismo tiempo, y además creo que estoy teniendo mala suerte: si un partido pierde ritmo e intento ver qué hay en el otro, inevitablemente ocurre algo interesante en el primero. Así me perdí hoy casi todos los goles de la tarde. Cuando fui a checar cómo venían los australianos, el duende Özil, que tanto me había me había gustado el primer día (pero que hoy no estaba jugando bien, como si estuviera desanimado o no se sintiera importante), se tomó medio segundo para acomodar su respiración a la respiración de la pelota, la dejó flotar a un palmo de altura y, con el empeine del pie izquierdo, sin darle demasiado fuerte, la mandó al ángulo derecho del arquero ghanés, que no estuvo nunca ni siquiera de cerca de saber qué estaba pasando.

Combiné estos dos partidos (y esto es una especie de confesión: sólo los herejes cambian de canal durante el Mundial) con el surrealista y masoquista partido de tenis que estaban jugando al mismo tiempo el gringo Isner y el francés Mahut en Wimbledon. Cuando los agarré iban 37-38 en el quinto set, después de ocho horas de juego, y siguieron dos horas más, arrastrándose por la cancha, matándose a “aces”, como condenados a cadena perpetua en una tarde trabajos forzados. O como el semidios Sísifo, que se pasó la eternidad subiendo una roca por la montaña y después bajando, y después volviéndola a subir, Isner y Mahut estuvieron un día entero lanzándose bolas sin ser capaces de encontrar una salida a su castigo. Y seguirán mañana, porque hoy tuvieron que suspender el partido por falta de luz, el partido más largo del mundo, el partido eterno. Ojalá tuviéramos alguno de estos en el Mundial, pero parecidos a los de hoy: Mundial eterno, Mundial para siempre.

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