Extrañando la semana pasada

Cómo me gustaría frenar o desacelerar este tren al que estamos subidos desde hace dos semanas y dedicar un día, o al menos un par de horas, a dejar sedimentar estos 48 partidos que ya han pasado...

Cómo me gustaría frenar o desacelerar este tren al que estamos subidos desde hace dos semanas y dedicar un día, o al menos un par de horas, a dejar sedimentar estos 48 partidos que ya han pasado frente a nuestra ventana: dejarlos acomodarse dentro nuestro y procesarlos con tranquilidad, mientras bebemos o fumamos o conversamos sobre otros temas (sobre la mancha de BP, si estamos enojados; sobre Toy Story 3, si nos sentimos en sintonía con el universo) y después, sí, liberarnos de ellos para poder recibir la segunda ronda limpios y purificados, sin la contaminación psicológica de la siempre tortuosa y traicionera Fase de Grupos. Cómo me gustaría también tener un día para vestirme de negro y ofrecer mi luto respetuoso a este torrente de partidos que ha gobernado mi vida y al que me he entregado entero desde el 11 de junio, desde aquel golazo de Tshabalala a México (¿fue hace años? ¿o apenas el otro día?) hasta los últimos minutos insólitos de Honduras-Suiza, hace un rato, con dos equipos descuajeringados y arrastrados por el campo incapaces de romper el 0-0.

Pero nada de esto está previsto en el calendario: apenas tendremos tiempo de mirar atrás o de recordar los mejores momentos (el partido del japonés Honda contra Dinamarca, la autoridad de México sobre Francia, los dos primeros partidos de Leo Messi, el gol de Landon Donovan contra Eslovenia, el segundo tiempo de Dinamarca-Camerún, el gran debut de Alemania contra Australia), porque los Octavos de Final empiezan mañana mismo, a la hora de la siesta en Sudáfrica, como si no hubiera tiempo que perder, como si el Mundial fuera una fábrica de salchichas a la que cuesta demasiado dinero cerrar por un día y después volver a abrirla. Se nos mezclarán en la cabeza las memorias, los goles y los juicios: dentro de unos meses, estos resultados que tenemos tan nítidos hoy en nuestras retinas empezarán a perder foco, y luego serán absolutamente borrosos; tan borrosos que en un año o dos los confundiremos, y no podremos decir con certeza si Holanda, por ejemplo, le ganó a Camerún en este Mundial o en el pasado, o si fue Eslovenia o Eslovaquia la Selección que perdió contra Paraguay y después eliminó a Italia.

Ese es, de todas maneras, el proceso normal: desde que los Mundiales los juegan 32 equipos, las primeras rondas se convierten después de un tiempo en un puré de recuerdos en el que es difícil encontrar sabor o textura. En torneos con menos equipos había, por supuesto, menos partidos, y más poder de concentración para crear alrededor de ellos el aura de importancia necesaria para incrustarlas con más dedicación en nuestras neuronas. Ahora, con 48 partidos, hay que tener mucha paciencia o tiempo libre para aprender y recordar el paso de cada equipo. O hay que ser un preadolescente que está mirando por primera vez un Mundial entero y con la madurez necesaria para entender lo que está viendo: esa edad tenía yo (doce) en México '86 y es, con diferencia, el Mundial del que recuerdo más partidos, detalles insólitos y resultados de primera ronda.

Releo esto que escribí arriba y me molesta un poco el tono melancólico de mis palabras, como si ya me estuviera despidiendo del Mundial, justo ahora que está empezando lo mejor. No quiero hablar demasiado de este tema: ya declaré mi tristeza el otro día por el inicio de la tercera fase de la primera ronda, y esa ya era una tristeza exagerada. Pero es inevitable a veces pensar que la velocidad del torneo está a punto de multiplicarse y que ya no volverá a ser este acompañante fiel, obsesivo y permanente que había tenido a mi lado hasta ahora. Quizás mi melancolía se deba en parte al hecho de que tenía muchas esperanzas puestas en los cuatro partidos de hoy y que, sin embargo, el desarrollo y los resultados y el nivel de dramatismo han sido más bien decepcionantes. No por sobre quiénes pasan y quiénes se vuelven a sus casas, sino porque un día que prometía vértigo emocional al final tuvo bastante poco de vértigo o de emocional: Brasil y Portugal se hicieron daño en el primer tiempo (físico, no futbolístico) y se acariciaron en el segundo y la goleada de Costa de Marfil sobre Corea del Norte pareció tomar envión en algún momento del primer tiempo pero después se quedó quieta, como si estuviera agotada de tantos goles errados.

Y el partido en el que más esperanzas tenía puestas, uno de los partidos que más había anticipado ver desde que se hizo el sorteo, en diciembre, perdió rápido buena parte de su drama y nervio por culpa de los dos goles seguidos de España contra Chile y por la insólita expulsión (otra más) de "Chiquidrácula" Rodríguez, el árbitro mexicano, contra Marco Estrada. El duelo técnico-táctico-psicológico entre Chile y España –la velocidad contra la serenidad, la presión contra la posesión, la juventud contra la madurez– duró entonces poco menos de media hora: después quedó roto, por culpa de un gol raro (tremendo error del arquero chileno, tremendo acierto de David Villa) y de una expulsión inexplicable en la misma jugada del segundo gol español. Hasta ahí, Chile había mostrado más empeño y más alegría de vivir: había estado cerca del gol y sus jugadores, aunque lo necesitaban menos, parecían más entusiasmados en ganar que los españoles. Pero los chilenos, que a veces parecen confiar demasiado en la hiperactividad y en la sensación de estar "haciendo algo", se cargaron rápido de tarjetas y en diez minutos terribles quedaron dos goles abajo y con un jugador menos; así son: excitantes un minuto, poco confiables un minuto después. Igual estoy contento con Chile y con la lección de descontrolada valentía que dieron sus jugadores y su técnico, Marcelo Bielsa, que salieron a jugar el segundo tiempo como si el milagro de empatar fuera no sólo alcanzable sino asequible. En el camino, por intentar lo máximo, alcanzaron, quizás sin darse cuenta, lo mínimo: clasificar como segundos de grupo para jugar el lunes contra Brasil.

Se vienen cuatro días terribles, que serán generosos con ocho países y despiadados con otros ocho: acudirán los equipos a los coliseos como gladiadores y rifarán sus vidas a algún sablazo afortunado o las someterán a la funeral ceremonia de los penales, arbitraria y cruel como el pulgar hacia arriba o el pulgar hacia abajo de los emperadores. Empieza el Mundial de verdad: brotan solas, como si tuvieran vida propia, las metáforas bélicas o romanas. Es hora entonces de dejar de hablar y prepararnos lo mejor posible, en las pocas horas que nos quedan, para otro vertiginoso fin de semana de futbol mundialista.

Newsletter MT
Suscríbete a nuestro boletín de noticias deportivas.
No te pierdas