Larga caminata hacia los penales

En nuestra heroica gesta contra el cinismo en el futbol, los integrantes de la logia sagrada del toque y la pelota contra el piso celebramos hoy la victoria de España.

En nuestra heroica gesta contra el cinismo en el futbol, los integrantes de la logia sagrada del toque y la pelota contra el piso celebramos hoy, con pompa y júbilo, la hermosa y apostólica victoria de España contra Portugal y su clasificación a los Cuartos de Final.

 Ahora, hablando un poco menos en serio, o por lo menos tomando menos en serio mis opiniones sobre ideología futbolística, que a menudo está contaminada por amores y odios que poco tienen que ver con lo que uno cree estar diciendo, quiero decir que me puso de buen humor el triunfo de España y que también me puso nervioso. un equipo por el que siempre había hinchado en contra me tuvo esta tarde en cuclillas sobre el sillón, con el cuello de la camiseta babeado entre los dientes y los bronquios silbándome en la garganta como cada vez que me pongo muy nervioso.

Hincho por España porque, cuando llegó el momento de elegir entre España y sus críticos, elegí a España. ¿Me molestó que los diarios deportivos madrileños se declararan favoritos antes de empezar el torneo? Sí, me molestó. ¿Me molestó que muchos columnistas españoles, algunos de ellos amigos míos y varios de ellos entre mis escritores favoritos, hablaran de España como si fuera la única Selección del mundo que jugaba bien al futbol? Sí, también me molestó. Pero eso no quiere decir que el equipo español pensara lo mismo (de hecho, sus jugadores han insistido hasta el ruido blanco con que ellos nunca se sintieron candidatos) o que las opiniones de un número finito de personas representaran a algo más que a sí mismas. Si España, me sermoneé a mí mismo, juega un futbol parecido al del Barcelona o el del Arsenal, dos de tus equipos favoritos, no podés tener la cobardía de hincharle en contra sólo para vengarte a la distancia de un diario deportivo u obedeciendo tus viejos resentimientos de país (Argentina) finalmente alcanzado y superado deportivamente por la vieja potencia resucitada (España).

Y eso hice, hinché por España. Al principio con un poco de indolencia, como si en el fondo no fuera importante, pero a medida que corrían los minutos (Portugal se negaba a salir de su madriguera y España le movía la pelota con la paciencia de una araña) me comprometí con la causa de España como hasta ahora me había comprometido sólo con las de sus ex colonias. España jugó bien, con autoridad y evangelismo –”Éstos somos nosotros”, parecían decir, “en este futbol creemos”– y torturó a los portugueses con su carrusel interminable de pases y cambios de dirección. Que el 1-0 final no nos haga olvidar la actuación de España, su declaración de principios y la estentórea lección de futbol que le dio hoy no sólo a Portugal sino al resto de los equipos que siguen vivos.

Con tantos equipos fríos, especuladores o desalmados que han ido quedando en el camino, ¿cómo alguien podría, a esta altura del torneo, hinchar en contra de España y al mismo tiempo defenderlo con razones que no tengan que ver con las tripas o las revanchas? No digo que la de España sea la única manera válida de jugar bien, ni mucho menos –me considero un hincha total. Me pueden gustar equipos que tocan bien y también los que contraatacan bien; los que se agrupan con mística e inteligencia, o los que vuelan con arte y vértigo–, pero la suya es sin dudas una apuesta a la que, además del resultado, le parecen importantes el placer de sus jugadores al implementarla y el placer que sentimos los espectadores al mirarla. Por eso fue importante que el gol de David Villa haya llegado después de una jugada marcada con la constitución fundante de este equipo (pared y dos toques de primera en el borde del área), y no después de un rebote o un córner o una jugada desafortunada. El gol de Villa les sirve a los propios jugadores españoles para darse cuenta de que aquel “toquecito intrascendente” defenestrado por sus críticos todavía puede ser, además de una manera de humillar a su rival en la mitad del campo, un arma punzante con la cual acelerar y hacer daño en los metros finales.

España juega el sábado contra Paraguay, que hoy tuvo un larguísimo ataque de parálisis nerviosa y apenas jugó al futbol en las dos horas que estuvo frente a Japón esta mañana en Pretoria. Paraguayos y japoneses empezaron a mirar con cariño la posibilidad de los penales bien tempranito, después de darse cuenta de lo difícil que iba a ser meter un gol contra un rival (cualquiera de los dos) estacado tan cerca del arquero propio, y a partir de ahí apenas hicieron esfuerzos para modificar esa situación. Es complicada la psicología de los Mundiales, sobre todo para los equipos que, como estos dos, aparecen por primera o segunda vez al gran teatro del futbol mundial: se encandilan con los focos, no oyen bien lo que les dicen sus compañeros y sienten la transpiración bajándoles por las sienes bajo la luz intensa de la atención global y el miedo al fracaso. Para estos equipos, llegar a los penales es un alivio: prefieren la moneda, la oportunidad nítida de una definición rápida y reglamentada, a la presión de jugar para merecer una victoria y no poder conseguirla.

Qué larga y solitaria y angustiosa es, por otra parte, la caminata desde la mitad de la cancha hasta el punto del penal,allá va solo aquel hombrecito, como al matadero, con el objetivo relativamente sencillo de patear un penal, pero colgando sobre él la fatídica posibilidad de fallar. Qué ruido deben hacer esos cerebros, mientras el estadio se calla y millones de neuronas debaten como locas entre sí: “¿Abajo a la izquierda? ¡No, fuerte al medio! ¿Por qué no intentamos el amague que practicamos el otro día? ¡No, fuerte al medio!” Y así hasta el infinito. En cualquier caso, los penales de hoy estuvieron muy bien pateados, con decisión pero también con mucha sangre fría. Especialmente el último, el de Tacuara Cardozo, que trotó hacia la bola y engañó al arquero esperando al último momento posible, como si estuviera jugando en su casa con su sobrino.

Los penales siempre son un poco crueles, porque deciden sobre la vida o la muerte, como un viejo rey absolutista, sin tomar demasiado en cuenta los méritos de sus súbditos. Por eso tienen un componente trágico tan importante y tan atractivo: son, durante el Mundial, nuestra fuente más melodramática y televisiva de risas y lágrimas, euforia y llanto, o, dando vuelta el título de la novela de Irving Stone, éxtasis y agonía.

Mañana, por otra parte, es el primer día en casi tres semanas sin partidos. No sé qué hacer, y no lo digo como una metáfora existencial –”¡Oh, Dios, no sé qué hacer!”– sino con la mayor precisión logística posible. No sé qué voy a hacer mañana después de despertarme, ducharme y tomar mi primer café. ¿Me sentaré en el sofá, como todos estos días, y apretaré aleatoriamente los botones en el control remoto? Espero que no. Espero retomar el trabajo que tengo atrasado o la lectura de los libros que, como pasa en cada Mundial, han pasado estos días apilados e ignorados en un rincón. También podría salir a caminar, aprovechar la luz y el verano, con los que tan poco contacto he tenido en el último mes. Lo que seguro voy a hacer es escribir la columna número veintidós de “Eclipse de Gol”, que, con partidos o sin ellos, no se va a ningún lado.  

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