México todavía busca su estilo

Ha pasado solamente un día del nuevo formato del Mundial –cuatro partidos: primero dos y después otros dos– y ya extraño mi querida rutina de despertarme a las siete de la mañana.

Ha pasado solamente un día del nuevo formato del Mundial –cuatro partidos: primero dos y después otros dos– y ya extraño mi querida rutina de despertarme a las siete de la mañana (aunque fuera para ver bodrios como Argelia-Eslovenia) y hundirme durante seis horas en partidos a veces vibrantes y a veces plomizos pero todos con el aura y la cosquilla inimitables de los partidos del Mundial. Hoy, por ejemplo, ya hay dos partidos de los que apenas vi unos minutos, oteándolos de reojo con el control remoto cuando había un lesionado en México-Uruguay o mandaban a buscar la camilla en el partido de Argentina. Es un poco triste, porque uno empieza a darse cuenta de que esta inmersión a la que se ha sometido voluntariamente no durará mucho tiempo más, aun cuando todavía estemos en la primera ronda, el segmento más caudaloso del Mundial, el que más inunda nuestras vidas cotidianas con cataratas de partidos uno detrás del otro, está terminando o ha terminado ya, y es difícil no soltar un pequeño suspiro de resignación. Deberemos ahora hacer las cuentas para ver cuántos días faltan para Brasil 2014 (más de mil quinientos) o encontrar otras cosas en nuestras vidas que nos generen la misma pasión. Supongo que nuestras familias y nuestros jefes tienen sugerencias al respecto.

Día raro, entonces, sin partido temprano en la mañana y con dos partidos simultáneos después. Empecé a verlos saltando de uno a otro, como si no me resignara a perderme ni un minuto de futbol mundialista, pero pronto me encontré clavado en el partido de México, que por supuesto era el que más ganas tenía de ver y, además, el que mejor ritmo y tensión futbolística tenía. Si el partido jugado en Rustenberg tenía ritmo y tensión se debía en buena medida a México, que empezó jugando con cadencia y elegancia (la planta impávida de Rafa Márquez, rey león, en el círculo central) y también peligro: en esos momentos parecía increíble que Andrés Guardado, el jugador más peligroso de la cancha, hubiera jugado hasta ese momento apenas media hora en todo el Mundial. También estaba en el campo Cuauhtémoc, que intentó hacer de chamán-organizador y dio al principio dos o tres buenos pases pero después pareció, con su calma y su prioridad por mantener la posesión, casi un freno para la velocidad de sus compañeros más jóvenes. Lo mejor de México estaba arriba, con la velocidad de Guardado y Giovani, y lo peor, abajo. Si el equipo no lograba (a pesar de jugar mejor que Uruguay) un dominio a partir del cual construir una ofensiva más constante o más confiable, era en parte por culpa de las contradictorias señales que le enviaban desde atrás su defensa y su arquero, incómodos ante cada ataque uruguayo y dando la sensación de estar siempre a punto de cometer un error. Cuando México perdió aquel impulso inicial, y no había decidido aún cómo jugar en esa meseta en la que se había convertido el partido –lenta e informe, sin dominadores ni patrones de juego claros–, los uruguayos acomodaron los melones de su defensa y su mediocampo y llegaron rápido al gol, en una jugada que retrataba lo mejor de Uruguay (la combinación Forlán-Cavani-Suárez) y lo peor de México (un mediocampo súbitamente sin tensión, una defensa adelantada, un arquero que prefiere no salir).

El resto del partido estuvo un poco de más, con México lentamente resignándose a jugar contra Argentina y Uruguay, muy maduro y excepcionalmente noble (Uruguay es un país que hasta hace no mucho identificaba el coraje con las patadas), controlando buena parte del segundo tiempo con la rudeza de su mediocampo y la amenaza latente de sus delanteros. México termina su participación en la primera ronda con el objetivo cumplido y con los mismos puntos (cuatro) que en el Mundial pasado: en el camino, un partido frustrante en el debut, un triunfo histórico y refrescante y un partido, el de esta mañana, más o menos bien jugado pero eventualmente decepcionante, por el resultado y porque en el segundo tiempo México pareció no tener ni la energía, ni las ideas necesarias para sacudir el témpano defensivo uruguayo. Para ganarle a Argentina, México necesitará antes que nada creer en sus propias armas y su propio estilo; y creo que México parece hoy menos convencido de su potencial y de su estilo de juego que hace unos días, cuando Aguirre quitó a Efraín Juárez y puso al Chicharito Hernández sin temor a que el cambio hiciera crujir los cimientos de su andamiaje táctico y psicológico. Hoy México no supo, durante largos períodos del partido, si empujar o dejarse empujar, si bordar el partido con paciencia o coserlo con la máquina de sus jugadores más jóvenes. Los uruguayos, en cambio, siempre tuvieron clarísimo su plan de roca y lanza (roca, los siete más al fondo; lanza, los tres más arriba), y volverán a tenerlo clarísimo la semana que viene contra los coreanos. Los que bordaron el partido con paciencia fueron los argentinos, que intentaron volver locos a los griegos pasándose la pelota en la mitad de la cancha (Verón para Bolatti, Bolatti para Messi, Messi para Verón), pero no lo lograron. Los griegos nunca se vuelven locos por no tener la pelota, y pueden pasarse veinte minutos seguidos trotando alrededor de sus rivales sin preocuparse en lo más mínimo por hacerse de la bola. Además, cuando lo hacen, cuando finalmente consiguen que uno de los suyos tenga el balón cerca de su pie, tardan menos de diez segundos en disparar un cañonazo tierra-aire hasta las lejanas tierras gobernadas por el arquero rival, misterioso monarca enguantado y de rostro borroso a quien ninguno de los griegos ha visto lo suficientemente cerca como para poder describirlo. Qué personajes estos griegos, el 0-0 sólo les fue útil durante los 25 minutos que Nigeria estuvo al frente contra Corea del Sur, pero ellos jugaron todo el partido como si fuera la única opción posible. En el segundo tiempo, antes de los goles de Demichelis y Palermo, Grecia estuvo a un gol de la clasificación, pero no mostró el más mínimo cambio de conducta. No sólo no fue a buscarlo, sino que ni siquiera se dio a sí misma la oportunidad de encontrarse con un milagro. Equipos así, tan vaciados de espíritu y de generosidad futbolística, tan negados compartir o por lo menos a entreverarse en el toma y daca del juego mismo, no merecen ser premiados por los duendes del futbol, a menudo arbitrarios pero hoy, finalmente, justicieros.

Quizás también sea justicia el regreso de la mejor versión de Diego Maradona, entrenador a veces caprichoso o incomprensible o vengativo que en este Mundial se ha convertido en una bola de amor, besos, abrazos y sentido común. Su equipo todavía no ha sido realmente puesto a prueba y nadie sabe bien cuál es su piso (o su techo) de funcionamiento, pero Argentina ganó con comodidad los tres partidos de su grupo y, en el camino, cambió su imagen de equipo hosco, improvisado y al borde del colapso por la de equipo amistoso y futbolero, que no defiende del todo bien, pero que en la otra punta de la cancha deja a sus estrellas merodear y pastar sin el control de los mayores. Argentina-Grecia, de todas maneras, fue un partido por momentos exasperante, con los griegos incapaces de hacer nada y los argentinos bajándole las pulsaciones del partido hasta casi matarlo de inanición. Con el tempo del partido tan bajo, brillaron a su manera Bolatti y Verón, obispos del pase corto y lateral; brillaron menos los monaguillos argentinos que se sienten renacer cuando el partido toma velocidad, especialmente Messi, que sólo se encendió al final. No sé hasta dónde son compatibles en Argentina estas dos velocidades: la calma chicha de Verón, que desespera a los rivales pero también (a veces) a sus propios compañeros; o la tormenta de Messi, excitante y vertiginosa, pero también más arriesgada e incontrolable. México tendrá la oportunidad para probarlo.

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