Noche de las vuvuzelas tristes

Pasé buena parte de mi vida futbolística hinchando en contra de España y durante mucho tiempo el futbol tuvo la gracia de recompensarme: hasta hace dos años, España llegaba a los torneos como...

Pasé buena parte de mi vida futbolística hinchando en contra de España y durante mucho tiempo el futbol tuvo la gracia de recompensarme: hasta hace dos años, España llegaba a los torneos como candidata y se iba temprano, magullada y encogida, eliminada por equipos con peores jugadores y mínimas expectativas. Aquel sentimiento anti-español era compartido por buena parte de mis compatriotas argentinos, que hinchan en contra de España casi con la misma fuerza con la que hinchan en contra de Brasil. La explicación de semejante bronca puede estar (es una hipótesis) en que hasta hace no mucho Argentina y España eran países más o menos igual de clasemedieros e igual de antidemocráticos y ahora España es un país rico (en crisis, pero rico) y consolidado democráticamente mientras nosotros seguimos a los tumbos, menos democráticos de lo que deberíamos, creciendo como chinos los años pares y hundiéndonos como ugandeses los años impares.

También influye en esta tensión-envidia competitiva el hecho de que los deportistas españoles han conquistado en las últimas décadas cimas deportivas que antes tenían negadas y a las que nosotros accedíamos o al menos rondábamos: eran inferiores a los argentinos en tenis y ahora tienen a Rafa Nadal y han ganados dos veces la Copa Davis; los campeones o subcampeones de la Fórmula 1 antes eran nuestros y ahora son de ellos; si heroicamente ganábamos la medalla de oro de basquetbol en Atenas 2004 y colocábamos a Manu Ginobili en las Finales de la NBA, ellos respondían ganando el Mundial siguiente y poniendo a Pau Gasol en el centro de Los Angeles Lakers. Hay una sensación de competencia feroz (más feroz de parte nuestra que de la de ellos), y el futbol es, hasta el momento, el único gran deporte (y el único que verdaderamente importa) donde los argentinos aún podemos presumir de superioridad sobre los españoles. Por eso siguen (seguimos) haciendo fuerza por cualquiera que juegue contra España y por eso mi cuenta de Twitter estalló esta mañana con festejos porteños por el gol de Gelson Fernandes: los argentinos queremos atrincherarnos en nuestra última isla de dominio sobre España y, al mismo tiempo, castigar el error recurrente de buena parte de la prensa española, que otra vez ha vendido a su equipo como destinado por gracia divina a llegar a la Final. En 2006, después del 6-0 de Argentina contra Serbia en Primera Ronda, el diario Marca, veterano infractor en el chulerío y el exceso de confianza español, tituló en su portada: "Pibe, nos vemos en la Final". España había jugado en ese momento un solo partido (4-0 contra Ucrania); perdería en Octavos de Final contra Francia.

Así y todo, teniendo en cuenta todo esto y viendo la extrema nobleza con la que jugaron los suizos, que se defendían mucho pero también intentaban salir rápido cuando tenían la pelota, a los pocos minutos de comenzado el partido me encontré a mí mismo deseando una victoria de España. Quizás me confundió mi cariño por el Barcelona, que tenía en la cancha cinco jugadores y buena parte de su talante futbolístico; o quizás me hizo cambiar de idea la paciencia y el convencimiento con los que intentaba jugar España, siempre fiel a su idea del pase como mejor método de avanzar en la cancha. Llegó un momento en el que me pareció que había que ser muy resentido para estar en contra de un técnico (Vicente del Bosque) a quien nadie puede acusar de arrogante o mala persona, o de un grupo de jugadores que realmente estaba intentando hacer lo mejor posible y que ampliamente mereció ganar el partido (España fue la Selección que más veces pateó al arco en toda la primera fecha del Mundial).

Aun así, creo que España tiene problemas: hoy le faltó dentadura y le faltó urgencia, y quizás estuvo demasiado enamorada de un estilo que genera dominio y autoridad en la cancha pero no decanta automáticamente en goles o situaciones de peligro. Un periodista argentino que está en Sudáfrica dijo hoy en su Twitter algo así como: "Es muy difícil llegar como candidato al Mundial. Sólo Brasil es capaz de aguantar una presión semejante". Por la misma razón, sólo Brasil puede llegar 0-0 al minuto 70 sin jugar demasiado bien y sin ponerse nervioso; todos los demás, en algún momento empezamos a mostrar grietas. Por una de esas grietas se coló hoy el feo y trastabillado gol suizo, un reflejo de qué poco tiempo hace falta en el futbol para pasar de la autoestima y la confianza en uno mismo a las dudas existenciales y a las ganas de cambiar todo. Por otra parte, y en un sentido más concreto, me parece que jugar con Busquets y Xabi Alonso en la cueva del medio campo es un exceso de preocupación por parte de Del Bosque: si España realmente quiere recuperar algo de frescura tiene que probar jugando como lo hizo en buena parte del segundo tiempo, con Fernando Torres en el lugar de Busquets y, abiertos, jugadores genéticamente preparados para en las bandas, como Pedro o Navas, que entraron al final y estiraron notablemente a la defensa suiza.

En el primer partido del día no había tenido ninguna duda: Chile es el equipo no-argentino del torneo que más cariño me genera y en el que más capital emocional tengo invertido. Una parte importante de esta decisión (que, por ser futbolera, no es exactamente una "decisión") se debe a que el Director Técnico de Chile es Marcelo Bielsa, uno de mis entrenadores favoritos de todos los tiempos y un tipo a quien admiro en general por cómo es y por las cosas que dice. Me identifico con Bielsa (quiero decir, me siento parecido a él), incluso en sus defectos: Bielsa, como yo, es un poco terco a la hora de mezclar la pureza de sus ideas con el barro de las opiniones ajenas; y como yo, parece sentirse más cómodo en el mundo de las discusiones abstractas que en este caos vibrante e impredecible al que a veces llamamos "realidad". Alguien le atribuyó una vez a Bielsa esta frase: "Si el futbol se jugara con robots, yo sería siempre Campeón del Mundo". Me parece una frase genial, no sólo porque creo que tiene razón sino también porque muestra que Bielsa conoce bien sus limitaciones y es capaz de reírse de ellas.

Me provocó una inmensa alegría entonces ver jugar a Chile esta mañana: el equipo salió a atacar, como siempre hacen los equipos de Bielsa, y lo hizo bastante bien, combinándose en no menos de media docena de jugadas interesantes en el primer tiempo. Le costó meter un gol, como le está costando meter goles a casi todo el mundo en Sudáfrica, pero mereció el que metió y mereció hacer por lo menos uno o dos más. Alexis Sánchez jugó un muy buen partido, Matías Fernández pateó los tiros libres indirectos mejor que nadie -fuertes, con rosca, hundiéndose todos en el borde del área chica- y el resto del equipo en general mantuvo un nivel bastante alto. Honduras, que me cae simpática desde que en 1979 (tenía cinco años) jugué un torneo de barrio para un equipo que se llamaba "Honduras" y usaba una camiseta azul y blanca (nuestros rivales se llamaban "Panamá", "Venezuela", "El Salvador"), mostró poco, pero casi todo lo que tiene.

La jornada se cerró con la marcha fúnebre de las vuvuzelas, que llevaron su ronquido en procesión hasta las barriadas de Pretoria. Lloran las vuvuzelas, sorprendidas y desilusionadas, la merecida derrota contra Uruguay y la probable eliminación de los Bafana-Bafana. Otros colores, otras selecciones, aceptarán su chirrido triste.

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