Otro anuncio del fin del catenaccio

Simone Pepe, esforzado pero vulgar mediocampista italiano, se paró frente a Mucha, el arquero eslovaco, con la responsabilidad y la oportunidad de mandar a su equipo a la segunda ronda.

En el minuto 93, Italia tuvo esta mañana un último lateral a su favor. La tiró Maggio al área y la bola voló, lenta y dramáticamente, hacia el enjambre de camisetas azules y blancas que la esperaba expectante. Chispearon dos cráneos abollados, un desvío empujó la pelota hacia el segundo poste y el tiempo quedó detenido, como en una postal: Simone Pepe, esforzado pero vulgar mediocampista italiano, se paró frente a Mucha, el arquero eslovaco, con la responsabilidad y la oportunidad de mandar a su equipo a la segunda ronda y borrar o disimular la vergüenza de 270 minutos espantosos. La bola flotó suave y descendió sobre Pepe, que debió pegarle con la zurda pero prefirió la otra, su única extremidad moderadamente útil. No lo hizo bien,la pelota resbaló en la espinillera de su pierna extendida y patinó hacia los carteles de la publicidad, dando el partido prácticamente por terminado y por sellada la eliminación de Italia, que estuvo a punto de obtener un premio mucho mayor al que mereció su paso arisco, distraído y orondo por Sudáfrica.

La jugada de Pepe es un símbolo de la participación de Italia en el torneo. Cuando la decisión final se redujo a poner a un jugador emblemático frente a una situación emblemática que pusiera a examen a la  Italia de este Mundial, Pepe (el jugador italiano promedio de esta Selección: gritón, corredor, poco talentoso) falló. No podría  haber sido (casi) de otra forma, Pepe no tenía entre sus armas la pierna izquierda o la astucia frente al arco, ni ha tenido Italia en estos tres partidos la templanza o el orgullo deportivo suficientes para plantarse de cara al arquero rival con cierta frecuencia y pedirnos a todos nosotros (el planeta futbolero, cada vez más podrido de verla jugar y ganar así) una última excepción y prometernos generosidad eterna a partir de Octavos de Final. No se lo merecía, el Mundial pierde uno de sus símbolos históricos, uno de esos equipos que le pone mística y atmósfera mundialista a cualquier partido de las rondas definitivas, pero gana una buena lección moral: no se puede jugar tantos minutos tan mal, con tan poco corazón y con jugadores tan poco amistosos con el talento futbolístico.

 Estuve a punto de empezar este párrafo con una frase (la siguiente) un poco pedante y bastante ingenua: “Ojalá Italia tome nota de esta lección”. El objetivo de la frase era, supongo, desear o pronosticar un debate existencial-ideológico en Italia sobre el estado de su futbol y sobre los beneficios del “catenaccio”. Quizás ocurra algo, probablemente algunos columnistas y algunos técnicos jóvenes emitirán ciertos graznidos en las próximas semanas sobre la necesidad de renovar al futbol italiano, o algún otro eufemismo que quiera decir, en el fondo, que Italia no puede seguir jugando campeonatos sin tener al menos una mínima teoría sobre cómo meter goles. Habrá debate, entonces, o mini-debate, pero no llegará a septiembre. cuando empiece a rodar otra vez la bola del Calcio y la Federazione tenga que decidir quién reemplaza a Lippi, las fuerzas conservadoras volverán a conmoverse con su discurso sobre la identidad italiana y ahogarán los (muy moderados) reclamos de las fuerzas reformistas, que se darán por vencidas o intentarán amoldarse a la nueva situación.

Un amigo español me mandó hace un rato un e-mail que decía: “Es el fin del catenaccio”. Sonreí, con un poco de desgano y otro poco con sarcasmo, porque me pareció más una expresión de deseos de mi amigo que un pronóstico probable. La muerte del catenaccio ha sido anunciada decenas de veces, después de cada eliminación prematura de Italia, y esos anuncios han demostrado estar, como dijo Mark Twain sobre su propia necrológica, “notablemente exagerados”. El catenaccio, como la novela, se las ha ingeniado para sobrevivir a cada una de las muertes que sus críticos le han decretado. La novela lo ha hecho comiéndose a cada uno de los géneros literarios que pastaban a su alrededor (la autobiografía, la poesía, la historia, el cine, el periodismo narrativo) y el catenaccio lo ha hecho de una forma parecida, cambiando de rostro con cada cambio en las modas tácticas globales, pero siempre manteniendo su espíritu sufriente y abnegado, que es en el fondo lo que lo define por encima de los lineamientos tácticos.

Otra respuesta posible al debate existencial sobre el futbol italiano es que si Italia usó el “catenaccio” en Sudáfrica, entonces fue un catenaccio malísimo. Los paraguayos y los neozelandeses le hicieron un gol desde un tiro libre y los eslovacos le hicieron un gol (el tercero) directamente desde un lateral. La primera lección para mantener la mística guerrera y masculina de una defensa invencible es no permitir que te hagan goles desde pelotas quietas, e Italia permitió demasiados. Para los italianos, una defensa blanda siembra dudas sobre la masculinidad de cualquier equipo, defender bien es un asunto de hombres. En este sentido, quien más castrado y cuestionado ha quedado es su “macho” mayor y héroe defensivo de 2006, Fabio Cannavaro, que tuvo un Mundial malísimo.

Lo más curioso de todo es que cuando Italia necesitó meter goles, cuando la única opción que tenía era, efectivamente, hacer lo que no se había preparado para hacer, lo hizo con fuerza, inteligencia y no poco talento. Los dos goles que metió Italia al final del partido contra Eslovaquia fueron hermosos y dignos de un país con enorme tradición: taco y pared entre Quagliarella y Iaquinta en el primero; perfecto globo-vaselina-parábola de Quagliarella en el segundo, que definió como si a su país le quedara todavía algo de autoridad moral futbolística y no estuviera a dos minutos de quedar eliminado del que probablemente sea el peor y más humillante Mundial de su historia.

Mientras Italia se escondía del futbol y sólo se asomaba cuando ya era demasiado tarde, Paraguay ponía a dormir su partido en Polokwane contra Nueva Zelanda, que nunca logró (ni intentó demasiado) despertarlo. Paraguay concluye así una muy primera ronda muy digna y orgullosa, a la que quizás sólo le ha faltado un poco de sentido del humor: Paraguay a veces parece un equipo demasiado serio, que se niega a disfrutar del lugar donde está o de las oportunidades que está dándose a sí mismo. El espíritu opuesto al de los paraguayos es el de su próximo rival, Japón, un equipo cada vez más simpático que contra Dinamarca jugó hoy un partido memorable que incluyó dos extraordinarios goles de tiro libre. Los japoneses a menudo parecen débiles o al borde del error infantil, pero este equipo juega y se mueve como si los científicos de Sony o Panasonic hubieran logrado finalmente diseñar un chip de aplomo futbolístico y se lo hubieran insertado a sus 23 jugadores detrás de la oreja izquierda. Me gusta Japón, porque es burbujeante y porque la mitad de sus jugadores tienen el pelo teñido. No sé si son buenas razones, y ni siquiera sé si son suficientes, pero tampoco creo que hagan falta razones mayores para hinchar en el Mundial, donde el capricho es rey y la corazonada, princesa.

Newsletter MT
Suscríbete a nuestro boletín de noticias deportivas.
No te pierdas