¡Qué largos son los días sin futbol!

Para los que vivimos el Mundial como un sueño, como la posibilidad de vivir un mes en un mundo de fantasía, la eliminación de nuestros países es un despertar brusco y deprimente a nuestras vidas.

Para los que vivimos el Mundial como un sueño, como la posibilidad de vivir un mes en un mundo de fantasía, la eliminación de nuestros países es un despertar brusco y deprimente a nuestras vidas cotidianas y nuestras obligaciones. Pierde nuestra Selección una noche cualquiera y al día siguiente nos sorprendemos de que el mundo haya seguido dando vueltas todo este tiempo; nos deprimimos ante la cantidad de tareas aburridísimas que tenemos por delante (prosaicas, burocráticas: nada míticas) y suspiramos, como Sísifo con su roca al pie de la montaña, cuando hacemos la cuenta de todo lo que falta para el próximo Mundial. Despertamos nosotros pero también despiertan las sociedades: los países normales lo hacen de a poco, desperezándose del sueño mundialista y tomándose su tiempo para acostumbrar la vista a la nueva brillantez de la política y los problemas reales de la gente real. Como es una transición dolorosa, los países intentan hacerla con la mayor serenidad posible, consolándose vicariamente con los partidos de equipos ajenos en lo que queda del Mundial y amigándose mientras tanto con lo que será su vida post-torneo. México, que es un país normal en algunas cosas y no tan normal en otras, debió despertarse de golpe, la mañana posterior a su eliminación, con el asesinato de Rodolfo Torre Cantú, el candidato del PRI a la gobernación de Tamaulipas. La ferocidad de la vida real no le dio la oportunidad de hacer un luto por la derrota del Tri ni tuvo la gentileza de permitirle una transición suave: para México, la anestesia mundialista terminó de golpe, con una emboscada, en una carretera sin tráfico cerca del aeropuerto de Ciudad Victoria. Escribo esto en un día que también es extraño para quienes seguimos sumergidos en el Mundial por razones laborales o psiquiátricas: hoy es el primer día sin partidos y también es, para nosotros –los que nos negamos a asomar el hocico a la superficie–, un día con menos anestesia. Aquí estoy en mi oficina, revolviendo papeles que no son viejos pero parecen de una vida anterior e intentando reconciliarme con los niveles mínimos de eficacia que se requieren de mí para funcionar en sociedad. La paz de mi matrimonio ha sobrevivido mejor de lo temido (y pronosticado) hace un mes: mi mujer se acostumbró a tomar el Mundial como un mes de obsesión-trabajo intenso para mí, y yo me acostumbré a no dedicar las noches a ver la repetición de los mismos partidos que ya había visto un par de horas antes. Hago un esfuerzo por afinar las córneas de la memoria y recordar imágenes nítidas de estos veinte días que acaban de pasar. Me cuesta: uno de los placeres de la velocidad y la inmersión en el Mundial es disfrutar, precisamente, la velocidad y la inmersión, con el costo de que a veces uno se pierde un poco los detalles. Pienso, por ejemplo, en el primer partido de Argentina, contra Nigeria, y todas las jugadas que recuerdo, además de la del gol, tienen a la pelota a menos de diez centímetros del pie izquierdo de Leo Messi. Pienso, no sé por qué, en el “Bofo” Bautista, jugador que siempre me cayó bien (su noche en La Bombonera, en 2005, es legendaria para los argentinos no hinchas de Boca) y cuya alineación contra Argentina me pareció una apuesta, por parte de Aguirre, de científico loco o de ludópata en racha. No funcionó: el “Bofo” pareció mirar el partido desde adentro de la cancha, trotando de vez en cuando para ver si lograba (no lo lograba) acercarse a la pelota. Una imagen como un relámpago: el gol del gringo Donovan en el minuto 92 contra Argelia, el clímax de un guión exasperante y manipulador, que me tuvo casi dos horas crepitando en el borde del sofá. Si sólo nos interesaran la emoción y el espectáculo, todos los partidos deberían ser así; pero el futbol es mucho más importante que la emoción y el espectáculo. Özil, fuego turco y témpano alemán: después de Leo Messi, mi jugador favorito del torneo. (Si Messi no fuera “Messi”, sería el mejor jugador del torneo; pero, como es “Messi”, la estrella global del Barcelona, botín de uranio y de platino, le pedimos mucho más. Y hacemos bien.) Pienso también en los debates de los primeros días del Mundial, a los que les presté poca atención como lector de noticias, como hincha de futbol y, también, como columnista. El primero, Jabulani: desde que asomaron las primeras quejas de los jugadores, especialmente de algunos arqueros, manadas enteras de comentaristas deportivos aprovecharon la excusa para fingir que sabían mucho de futbol y a exagerar hasta el ridículo la influencia de la nueva pelota de Adidas. Un jugador argelino intentaba un cambio de dirección que picaba y pasaba por encima de la cabeza de su compañero y el hombre del micrófono, con la voz grave de un político tradicional, sentenciaba; “Esta pelota es un desastre”, declarando culpable a la bola e inocente al argelino de pies cuadrados. Yo he creído desde el principio del torneo que las dificultades aparentes de muchos equipos con la pelota (habituales al principio; casi inexistentes en los últimos días) se debieron a una combinación de la altitud (Johannesburgo está a 1.700 metros sobre el nivel del mar), el intenso regado de las canchas, que las deja lisas como pistas de patinaje y, sí, la nueva pelota, que parece más vulnerable a la altura que modelos anteriores. Las acusaciones contra Adidas y la FIFA, por otra parte, estaban a menudo contaminadas por el humo de las teorías conspirativas, como si la FIFA y Adidas (a algunos les leí decir esto casi literalmente) estuvieran unidas en una campaña secreta, científica y malévola para destruir el futbol. Yo no tengo pruebas de que están o de que no lo están (sus críticos tampoco), ni me considero un fan de una institución opaca y posiblemente corrupta como la FIFA, pero me costaría mucho entender por qué la FIFA o Adidas querrían sabotear un espectáculo y un negocio (para Adidas, este es el 11º con sus pelotas) que se ha convertido para casi todo el mundo en una verdadera gallina de huevos de oro. Si alguien me explica eso, estoy dispuesto a unirme a las conspiraciones, que son pasatiempo muy divertido y con enormes posibilidades literarias. Tampoco me preocupé mucho, ni como espectador de televisión ni como columnista, por las vuvuzelas, cuyo zumbido se ha transformado para mí, con el correr de los días, en casi un sinónimo de excitación futbolera: banda de sonido, sinfonía popular, gong dramático, del mejor momento del futbol. A mí no me han molestado nunca e incluso me han recordado, como destacaron León Krauze y otros comentaristas mexicanos, a las viejas cornetas de los años '70 que también eran bastante populares (aunque nunca tanto como en Sudáfrica) en Argentina. Llegó un momento en el que hubo tanta gente indignada con la cortina de hierro de las vuvuzelas que la FIFA se preguntó seriamente si debía prohibirlas. Por suerte (hombre blanquito finalmente aceptó que no puede imponer siempre sus gustos sobre hombre negrito), la campaña anti-vuvuzela, como la campaña anti-Jabulani, perdió fuerza hasta casi desaparecer. Sus críticos de los primeros días seguramente están ahora comprando vuvuzelas para llevarles de regalo a sus hijos o nietos. Otro debate que perdió fuerza es el de las quejas de los doctores y filósofos de la pelota sobre la evidente decadencia del futbol, irremediablemente secuestrado, para ellos, por entrenadores especuladores, futbolistas desinteresados y dirigentes canallas. Pasa lo mismo en cada primera semana del Mundial, y el veredicto es tan triste como irreversible: el futbol, oímos entre suspiros y gruñidos, ya no es lo que era. “Afortunadamente”, digo yo, que nací sin el gen de la nostalgia y me cuesta mucho relacionarme con este tipo de argumentos-sentimientos. Seguiré con ellos mañana, que tampoco habrá partidos, y volveré a necesitar, como hoy, una excusa futbolística para seguir procrastinando (pateando para adelante, escondiendo en los rincones de mi memoria, demorando hasta el infinito) el regreso de mi vida responsable.

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