Un humano-hincha demasiado generoso

Mi flamante nacionalidad estadounidense no había tenido hasta ahora ningún corolario futbolístico o emotivo: me la había tomado como un trámite burocrático que me resultará útil.

Mi flamante nacionalidad estadounidense no había tenido hasta ahora ningún corolario futbolístico o emotivo: me la había tomado como un trámite burocrático que me resultará útil en algún momento de mi vida y que, entre otros beneficios, pone fin a más de media década de indignación y desconcierto en los insondables laberintos de las oficinas de inmigración norteamericanas. Anoche, sin embargo, me llegó por correo mi nuevo pasaporte y vi mi foto estampada contra un sello de Estados Unidos y copiadas al lado, las primeras líneas de la Declaración de Independencia. Hice una mueca, solo y en silencio en la cocina de mi casa, como admitiendo la posibilidad que mi nueva nacionalidad quizás pueda tener en el futuro algo que ver con quién soy o cómo me identifico. Esta mañana, doce horas después, me encontré a mí mismo impaciente y frustrado por el primer tiempo de la Selección de Estados Unidos, que había jugado mal y nerviosa y perdía 2-0 contra Eslovenia, y después me vi a mí mismo en el espejo aplaudiendo el 2-2 de Michael Bradley en el minuto 82 e insultando al árbitro por el insólito gol legal que le anuló a Maurice Edu cuando se acababa el partido. ¿Quién soy?, me pregunté con una carcajada. ¿En qué tipo de ser humano-hincha me estoy convirtiendo?

La Selección de Futbol de Estados Unidos me generaba hasta hoy más bien pocas emociones, y no la tenía entre mis favoritas sentimentales o futbolísticas para llegar lejos en el Mundial. La miraba con simpatía, sí, pero con la simpatía trivial que me generan casi todas las selecciones más débiles que fuertes, como el sábado pasado, se enfrentaban con otras potencias. No hay que ser muy gringo para hinchar por Estados Unidos cuando juega contra Inglaterra. Pero sí había que ser un poco gringo para hinchar esta mañana por los muchachitos universitarios de Bob Bradley, que no tienen tradición futbolera ni el lenguaje corporal que dan años de jugar en la calle, pero tienen bastante corazón y hoy dieron una lección de valentía en el popular género literario (bien hollywoodense, por cierto) del nunca darse por vencido, ni aún vencido. No jugaron demasiado bien ni mostraron ningún atisbo de la templanza o la serenidad necesarias para jugar a este juego: para la selección estadounidense, cada minuto de cada partido es el minuto anterior al fin del mundo; juegan cada pelota ansiosos o desesperados, al borde de un ataque de epilepsia, saboteándose a sí mismos cuando van ganando o 0-0 y, en el reverso de la misma enfermedad, encontrando en este malestar una enorme reserva de energía para encarar, sin futbol verdadero, proezas épicas de las que muy pocos equipos son capaces de convencerse a sí mismos. Landon Donovan hoy hizo un golazo –se acercó despacio, casi caminando, a la puerta trasera del arco y, cuando parecía que se había quedado dormido, soltó un derechazo alto y fulminante–, puso el centro de los otros dos (el que valió y el que no valió) y durante todo el segundo tiempo, ocupando varias posiciones distintas, fue el único depósito de racionalidad de su equipo. Me decepcionó el “Gringo” Torres, el jugador del Pachuca, a quien yo había pedido (en mi mente) para ocupar el lugar de Ricardo Clark en el centro del campo: Bradley me obedeció y eso mismo hizo, pero Torres estuvo perdido, falló demasiados pases y no sabía cómo parar a los gigantones eslovenos que le bufaban al galope por los costados. Así que ahora tengo demasiados equipos por los que hinchar: todos los latinoamericanos (un poco menos por Brasil) y ahora también los gringos, que después de un partido como el de hoy merecen otra vez empezar pésimo el martes contra Argelia, encajar otro gol semi-tonto y recién después lanzarse a la hazaña irracional y atribulada, que es lo que mejor saben hacer. En la jerga del Fondo Monetario Internacional, digamos que hincho por los países del “Hemisferio Occidental”. Por quienes seguro o casi seguro hincharé en contra es por los ingleses: no por impulsos atávicos nacionalistas (desde la Guerra de las Malvinas, en 1982, muchos argentinos todavía nombran como su enemigo número uno a Gran Bretaña, pero no es mi caso) sino más bien porque son un equipo bastante poco amigable, dirigido por un técnico que ha hecho de la antipatía el secreto de su éxito y que en estos dos partidos (empates con EEUU y Argelia) apenas ha hecho esfuerzos para me que los tome en serio o les tenga algo de simpatía. Inglaterra tuvo hoy sólo dos estados de ánimo: la irritación y la indolencia. O se pasaban veinte minutos seguidos sin hacer ningún esfuerzo o se pasaban quince minutos enfadados y protestando y protestándose entre ellos, frustrados porque las jugadas no terminaban como ellos querían. La escasísima contribución de Wayne Rooney en estos dos partidos (imperdonablemente hosca y sin gracia) refleja por contraste el muy buen Mundial que ha tenido hasta ahora Messi. Las estrellas no juegan siempre bien: hay que rodearlas de un esquema táctico y un ecosistema futbolero que les permitan nutrirse y crecer. Es temprano todavía para juzgar los méritos futbolísticos tanto de Maradona como de Fabio Capello en este Mundial, pero una diferencia clara es que Maradona parece haber encontrado (después de un año de buscarla) una manera de que Messi juegue bien para Argentina, y Capello, por el contrario, no parece haber encontrado, salvo un par de excepciones, maneras de que Rooney juegue bien para Inglaterra. El partido de la mañana temprano (que vi un poco de mal humor porque los mosquitos de Brooklyn, insaciables como Tevez y escurridizos como Messi, no me habían dejado dormir) tuvo tensión e intensidad, pero no siempre de las buenas: el árbitro español, que desde el primer minuto revoleó tarjetas como si le estuvieran pagando un bono extra por cada una, expulsó a Miroslav Klose, el delantero alemán, después de dos faltas más bien leves, y ahí mismo se rompió y se contaminó el partido. Los serbios marcaron poco después un buen gol geométrico (desborde en línea recta de Krasic; parábola hacia Zigic, que en el mismo plano la bajó de cabeza; freno y remate en ángulo recto de Jovanovic) y, en el segundo tiempo, Alemania falló un penal en un Mundial por primera vez en 35 años. Leí en estas horas a varios comentaristas quejándose por la actuación de Alemania, o decretando que la Alemania del otro día frente a Australia había sido un espejismo y que ésta de hoy era la verdadera. Yo creo que Alemania jugó bastante bien, con menos precisión pero el mismo ímpetu juvenil-multicultural del otro día, y que la expulsión de Klose (realmente ridícula: hoy fue el peor día arbitral desde el principio del campeonato) la confundió durante algunos minutos pero que después estuvo a punto de y mereció empatar. Para peor, cuando la lechuza Özil había por fin empezado a jugar bien y a soltar sus dosis de precoz sabiduría futbolística (tiene 21 años, pero era el más inteligente de la cancha), el técnico alemán decidió reemplazarlo. Quiero decir entonces que soy optimista con Alemania; optimista en el sentido de que creo que jugará bien y que tendrá una influencia positiva en la calidad y en la mística del Mundial. No soy tan optimista, por supuesto, como para creer en o predecir un triunfo suyo frente a Argentina en un hipotético cruce de cuartos de final. Pero sí creo, ahora que soy hincha de tantos equipos y el verano me pone magnánimo y generoso, que Alemania será uno de los equipos que mejor recuerdo dejará en este torneo. Quizás no gane ni llegue demasiado lejos: quizás esta Alemania se convierta en la próxima Holanda, el equipo que juega bonito y seduce a todos pero pierde casi siempre en Cuartos de Final. Sería una evolución interesante para el carácter de los alemanes, que podrán decidir entonces si prefieren, como el Príncipe de Maquiavelo, ser temidos o amados. Ya conocen (futbolísticamente) cómo se siente ser temidos; ahora quizás los seduzca la aventura agridulce de ser “amados”. Yo que estoy en un estado de ánimo muy particular, prefiero por supuesto que mis equipos sean amados.

Newsletter MT
Suscríbete a nuestro boletín de noticias deportivas.
No te pierdas