México y los profesores del futbol

Esta mañana me levanté temprano, desayuné, me duché y me vestí como si fuera un día cualquiera antes de ir a trabajar.

Esta mañana me levanté temprano, desayuné, me duché y me vestí como si fuera un día cualquiera antes de ir a trabajar; pero en vez de girar hacia la calle y hundirme en el subterráneo, giré hacia el living de mi casa y me hundí en el sofá frente al televisor, donde bandadas multicolores y sonrientes revoloteaban alrededor de un atril en el Estadio Soccer City, en Johannesburgo, y decenas de miles de personas celebraban en las tribunas, contentas de que por fin la Copa llegara a África y sin ponerse a pensar, todavía, en qué van a hacer dentro de unos meses con tantos estadios vacíos. Terminó la ceremonia de apertura –agradable y previsible, como casi todas las ceremonias de apertura–, se calló el circo, se encendió el trueno de las vuvuzelas y apareció México, el convidado de piedra, para intentar arruinar el cuento de hadas. Rafa Márquez salvó a México, se estiró bien para atrapar la pelota con un solo movimiento, ignoró los gritos y los gestos del 'Chicharito', que le demandaba el balón entrando por el centro, se enroscó sobre su pierna izquierda y, desde una posición extraña –pegando las rodillas, forzando los meniscos, arrancando pasto con el botín–, consiguió girar y enfilar la bola por el primer palo. Alivio para México y para Márquez, que este día probablemente se sintió mucho más indispensable por su gol que por su más bien escasa contribución en el resto del partido. Márquez es un kaiser y un león, pero su posición en la cancha (delante de los defensores, detrás de los mediocampistas) obliga a México a tener el centro de gravedad de su futbol muy atrás; esta mañana parecía que llevar la pelota de un lado hasta el otro lado de la cancha les requería a los mexicanos un esfuerzo demoledor, como si fueran mineros y no futbolistas. En el primer tiempo México fue mejor que Sudáfrica, pero también fue un equipo más viejo y con menos chispa. Los mexicanos dominaban el partido como si hubiera sido decretado por ley: administraban la bola con orden, respetando las señales de tráfico, se perdían a veces en los pasillos de la burocracia (casi siempre cerca de Márquez, que no conectaba bien ni con Torrado ni con Efraín Juárez) y cada diez o doce minutos llegaban al área sudafricana con algo de peligro. Así se han ganado miles de partidos en la historia del futbol y en la historia de los Mundiales, un equipo domina pero no imagina, ataca pero no electrifica, pero finalmente hace lo necesario para merecer un gol. Este guión marcó tanto el espíritu del primer tiempo que parecía inevitable que continuara igual en el segundo; pero algo cambió, y ese algo fue el nuevo lateral izquierdo de Sudáfrica, Masilela, reemplazante del asustadizo Thwala, que había sufrido como un hámster contra Giovani. Con él y con la confianza que les daba el paso de los minutos, los sudafricanos se convirtieron en el equipo joven y alegre que reclamaban los hinchas de un país joven y alegre.

México es un equipo académico, que respeta la tradición y conoce de memoria los manuales del futbol. Por eso mismo corre el riesgo de quedarse en la teoría, de ser demasiado obediente y olvidarse de que en algún momento hay que dejar los libros, quitarse los anteojos e ignorar de los profesores. En el segundo tiempo, los sudafricanos hicieron un gol hermoso por su geometría pero también por su espontaneidad: tres pases cortos y uno largo, como pedía Alfredo di Stéfano, y un disparo instintivo y visceral que zumbó sobre el hombro izquierdo del 'Conejo' Pérez. Si Tshabalala hubiera pensado qué hacer, si hubiera intentado controlar su tiro, probablemente habría fallado, o se la habría dejado mansa al arquero. Pero no lo hizo, y su valentía puede ser una lección para México, quien ya sabe todo lo que hay que saber; contra Uruguay y Francia tendrá que atreverse a pensar menos.

Ahora, un par de horas después, acaba de terminar el plúmbeo empate entre uruguayos y franceses y escucho a Ruud Gullit, comentarista de ESPN en Estados Unidos, decir que Francia extraña a Zinedine Zidane no tanto por las explosiones de calidad o su infalibilidad en los tiros libres, sino porque era el único inteligente en una manada de jugadores talentosos pero, por lo visto hoy, sorprendentemente poco inteligentes para entender cómo desequilibrar un partido. Uruguay tampoco tiene demasiadas excusas, sus dos delanteros (Diego Forlán y Luis Suárez) hicieron este año casi ochenta goles entre los dos, pero sus compañeros apenas si les pasaban la pelota. El partido de Uruguay de hoy fue una máquina del tiempo, un viaje al pasado para explicarles a nuestros hijos y sobrinos qué queremos decir cuando decimos que durante décadas Uruguay fue un equipo gruñón y desangelado. Sus mediocampistas no conectaron hoy ni una sola vez entre sí; cuando entró Nicolás Lodeiro y salió Ignacio González, en el minuto 63, me sorprendí de que el jugador del Valencia todavía estuviera en la cancha. Terminó el primer día y lo mejor que podemos decir es que ya no hay que esperar nada, que estamos sumergidos en la cafeínica y burbujeante atmósfera del Mundial y que todavía quedan otros treinta días. Mañana, muy temprano, juegan los coreanos y los griegos y después, los dos países que se han atrevido a darme un pasaporte con mi nombre y mi foto: Argentina (contra Nigeria, el único resultado decente es ganar) y Estados Unidos, que juega contra Inglaterra en una de las revanchas más demoradas de la historia de la Copa del Mundo (hace 60 años, en Basil '50, un grupo de policías y agricultores gringos le ganó 1-0 a los ingleses, que jugaban el torneo por primera vez). Esta noche perderé un poco la concentración futbolística, porque mi mujer, a quien le exigí que redujera al mínimo nuestros compromisos sociales mientras hubiera Mundial, ya había comprado (hace meses) entradas para ir al teatro. Salgo ahora, cuando termine de escribir esto me espera Billy Crudup, mi actor favorito desde que se lanzó del techo a la alberca en "Casi Famosos", interpretando a un escritor resentido y desesperado. Mi mujer dice que la obra es especial para mí, no entiendo por qué.

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