Despedida y abstinencia

Después de ver casi todos los partidos solo, mi mujer decidió ayer finalmente entusiasmarse con el Mundial y sentarse frente a la televisión para ver el segundo tiempo de la Final entre España y...

Después de ver casi todos los partidos solo, mi mujer decidió ayer finalmente entusiasmarse con el Mundial y sentarse frente a la televisión para ver el segundo tiempo de la Final entre España y Holanda. La relación de mi mujer con los deportes es muy peculiar, porque oscila entre la indiferencia total y el fanatismo más absoluto. Ayer, después de cuatro semanas de un interés levísimo (me había consolado cuando perdió Argentina, se había enterado del gol de Donovan contra Argelia, pero poco más), decidió que hinchaba por Holanda y treinta segundos después estaba acurrucada en el sofá, nerviosa y desesperada como el más tenso de los hinchas holandeses. Cada vez que España mandaba un centro al área de Stekelenburg, por más inofensivo que pareciera, mi mujer tiritaba de miedo en su lugar. Cuando Robben quedó solo frente a Casillas, mi mujer encadenó tres grititos de anticipación y dos grititos de desilusión. Yo, que me tomo esta ceremonia muy en serio y con bastante poco sentido del humor, había elegido ver casi todos los partidos del Mundial sin compañía. La miraba entonces desde un costado sin comprender su flamante fanatismo, pero recordando que algo similar nos había ocurrido en mayo, durante los Playoffs de la NBA. Empezamos viendo a San Antonio, el equipo por el que hincho normalmente (en buena parte porque ahí juega y es estrella mi compatriota Manu Ginóbili), pero cuando los Spurs perdieron contra Phoenix, hicimos fuerza por Phoenix, porque admiro mucho la manera de jugar de Steve Nash (un tipo muy futbolero que juega al básquet como si Pirlo o Riquelme, o Pavel Pardo, jugaran al básquet). Y cuando Phoenix perdió la Final de la Conferencia Oeste contra Los Angeles Lakers, cambiamos de costa e hicimos fuerza por los Celtics, sin tener razones demasiado fuertes más allá de que mi mujer vivió casi una década de su vida en los suburbios de Boston. Lo sorprendente de esta migración, que yo me tomaba sin demasiada seriedad (el deporte es más divertido cuando uno hincha por alguien), era que mi mujer parecía morir un poco con cada derrota del equipo que habíamos elegido seguir. Y lo mismo le pasó ayer: sus ideas sobre Holanda eran pocas y difusas, pero en un momento apretó un interruptor en su cerebro y se convirtió en su aficionada número uno. Media hora más tarde, durante el tiempo extra pero antes de que terminara el partido, su cerebro volvió a mover el interruptor hacia el otro lado, porque la pasó a buscar una amiga y se fue de casa sin importarle el destino de sus nuevos-amados compatriotas. Una hora después me mandó un mensaje de texto: "¿Cómo terminó el partido?" Me permito reírme un poco de mi mujer porque en el fondo sé que me encantaría compartir un poco de su volátil espíritu mundialista: en esta columna he defendido con frecuencia la experiencia mundialista completa, de inmersión total, pero ojalá pudiera atravesar el Mundial en puntas de pie, viendo sólo los partidos de mi Selección o los verdaderamente importantes. Esto lo pienso ahora con el hemisferio izquierdo de mi cerebro, el que organiza mi vida y mantiene al día mis calendarios y obligaciones. El hemisferio derecho, el que ha estado al mando de esta columna durante casi todo el mes que ha durado el Mundial, por supuesto piensa lo contrario: está orgullosa de haberme sumergido y casi ahogado en la alberca mundialista, y sé que volverá a hacerlo con placer dentro de cuatro años. Ojalá. El próximo Mundial me encontrará, como dije el otro día, con 40 años. O, medido en mojones futbolísticos, con una edad de diez Mundiales. Nací en Alemania Occidental, tomé la primera comunión en España, fui a mis primeras fiestas con chicas en México, tuve mi primera novia en Italia, me gradué de la universidad en Estados Unidos, me fui a vivir a Madrid en Francia, tuve un año bastante malo en Corea del Sur y Japón, me mudé a Brooklyn en Alemania. Sudáfrica me encontró casi en el mismo lugar de hace cuatro años, pero por alguna razón no tengo ni idea de quién seré o dónde viviré en Brasil, en 2014. ¿Qué sorpresas, de las buenas y de las otras, me esperan en este intervalo mundialista? ¿Qué decisiones, de las buenas y de las otras, tomaré? ¿En qué consistirá mi vida en estos cuatro años, mientras finjo distraerme con otras cosas pero inconsciente espero y espero otro partido inaugural, probablemente en el Maracaná, entre España y, digamos, Australia? Me desprendo de la gelatina de Sudáfrica con un buen sabor, pegoteado de futbol y algo embotado todavía por la cantidad de horas dedicadas-desperdiciadas a ver los partidos y las casi 45 mil palabras escritas para "Eclipse de Gol" (equivalentes, una atrás de la otra, a un librito de unas 130 páginas). Empalagado y extinguido como estoy (empalagado de futbol, extinguido de palabras), igual creo que estoy en condiciones de hacer una mínima evaluación de la calidad del torneo y decir, con las neuronas todavía un poco locas, que ha sido un buen (pero no extraordinario) Mundial. Que empezó lento y un poco dubitativo, pero que con el correr de las semanas encontró un buen ritmo y tuvo dosis razonables de emociones y futbol, los dos ingredientes indispensables que les pedimos a las Copas del Mundo. Salvo alguna excepción (creo que habría sido mejor para el torneo que Brasil le ganara a Holanda, a la que bailó en el primer tiempo antes de inmolarse en el segundo), han ganado y pasado de ronda los equipos que jugaron mejor, que tuvieron más audacia o que presentaron una idea de juego más pulida y desarrollada. España es un Campeón que jugó casi todo el torneo con la pelota en el campo rival: a veces sin mucha profundidad ni ser demasiado peligroso, pero imponiendo condiciones (la posesión por encima de todo) que en general son beneficiosas para el futuro del futbol. Ésta es la última columna de "Eclipse de Gol", la de la despedida y las dedicatorias. Extrañaré ponerme a castigar las teclas cada tarde después los partido; extrañaré las largas jornadas de los primeros días, que empezaban para mí a las siete de la mañana y terminaban a las siete de la tarde; extrañaré también a algunos de los comentaristas, que dejaron mensajes de aliento u opiniones razonables y razonadas sobre el futbol y la vida. A otros comentaristas los extrañaré menos, pero igual casi todos me han hecho reír. El insulto chauvinista-futbolero es en general desagradable, pero también es tan común y tan tradicional en el mundo del futbol que uno debe intentar tomárselo con humor. Estoy seguro de que si estuviéramos frente a frente me dirían cosas distintas y seríamos capaces de hablar de futbol durante horas. Lo mismo para los comentaristas literarios, molestos con la longitud de mis párrafos o la condición (para ellos) soporífera de algunas columnas: presto atención a todos (o casi todos) y creo que mis párrafos son ahora –para que vean la influencia de los comentaristas– más delgaditos que hace un mes. ¿Habrá alguien leyendo esta columna de hoy, la columna del día después, la de la depresión post-parto? Para los valientes que todavía quieren seguir leyendo de futbol, les dedico aquí el antepenúltimo párrafo de esta obra loca, torrencial y a veces caprichosa en la que se ha convertido esta columna. Decía más arriba que la voy a extrañar y es cierto: uno se acostumbra rapidísimo a las rutinas diarias. Mucho de lo que parece imposible un día, se convierte en automático dos días después e indoloro semanas más tarde. Pero aun así también sé que una parte de mí estará aliviada mañana, cuando por primera vez en cinco semanas no tenga que sentarse por la tarde y sacarse de la galera 1,300 palabras sobre futbol. ¿De qué voy a escribir ahora? Ésa es la parte de mí que también, aunque le cueste admitirlo, también estará aliviada de que no haya más futbol. Vi todos los partidos del Mundial menos dos: me quedé dormido para el Eslovenia-Nueva Zelanda (no me perdí mucho, y pude despertarme a tiempo para el empate final de los neozelandeses) y preferí jugar al futbol con mis compañeros de San Martín de Brooklyn antes que ver Camerún-Dinamarca (ése sí fue un buen partido). Si he fanfarroneado de lo contrario en estas semanas, pido entonces derecho a retractarme, porque mi sensación, en este momento, es que la cantidad de partidos de futbol que uno puede ver en un momento dado es finita, no infinita, y que el cuerpo y el espíritu reciben bien tomarse vacaciones del futbol de vez en cuando. Bueno, hasta aquí he llegado. A esta altura ya casi estoy deseando que lleguen estas semanas de abstinencia futbolera. Intentaré leer más libros y correr más kilómetros en el gimnasio. Leer y transpirar: llenarme de lo nuevo y vaciarme de lo viejo. Aprovechar el verano: ir a la playa, visitar amigos, pasar madrugadas tibias con cerveza fría en terrazas calientes. Y recordar con una mueca a mi viejo amigo el Mundial, amigo intenso y exigente, que nos da mucho y exige mucho, pero por lo menos nos visita muy de vez en cuando. Ya lo estamos esperando.

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