El minuto más largo del mundo

Perdí la voz hace un rato, antes de sentarme a escribir, gritando y dando saltos de incredulidad en el living de mi casa, incapaz de asimilar lo que acababa de ocurrir y completamente poseído...

Perdí la voz hace un rato, antes de sentarme a escribir, gritando y dando saltos de incredulidad en el living de mi casa, incapaz de asimilar lo que acababa de ocurrir y completamente poseído por el espectáculo del futbol y el drama del Mundial, que sólo con los partidos de hoy (pero especialmente con el tiempo extra de Uruguay-Ghana) ya justificó los meses de peregrinaje y las semanas de confinamiento solitario. Grité como un poseso no porque estuviera hinchando especialmente por Uruguay o Ghana (en teoría hinchaba por Uruguay; durante el partido empecé, no sé por qué, a hinchar por Ghana), sino porque la intensidad y el calibre de las emociones en la noche de Johannesburgo no se parecían a casi nada que hubiera visto antes en una competencia deportiva. Aquel último minuto del tiempo extra, con dos goles salvados en la línea por Luis Suárez (el segundo, con la mano) y el penal errado por Gyan un segundo después, tuvo tantos ingredientes de drama, angustia y sacrificio personal que no pude quedarme quieto o callado: mi cuerpo loco empezó a actuar lo que mi cerebro no podía retener para sí mismo.

Uruguay-Ghana fue un partido de emociones concentradas donde hombres apenas adultos tuvieron que tomar, en lo que dura un pestañeo, importantísimas decisiones deportivas y morales: Suárez, que no jugará la Semifinal contra Holanda, fue recompensado por el destino y el capricho del futbol, porque sin su expulsión su equipo no estaría en la Semifinal; Asamoah Gyan, que tomó la responsabilidad de llevar a Ghana a la primera Semifinal africana de la historia, falló, y debe sentirse en estos momentos un hombre castigado por los dioses, o vencido por la terquedad de la historia.

No habían jugado un gran partido Uruguay y Ghana, que se turnaron las etapas de dominio en el primer tiempo y se fueron espesando y agarrotando a medida que avanzaban los minutos. Forlán fue una fuerza de la naturaleza futbolística todo el partido: es difícil encontrar a un jugador más inteligente y mejor predispuesto y con tanta influencia sobre sus compañeros como el delantero del Atlético de Madrid. Uruguay juega alrededor de Forlán no (o no sólo) porque es su jugador más talentoso, sino porque Forlán le devuelve al equipo todo lo que el equipo le da: Uruguay mejora a Forlán y Forlán mejora a Uruguay. Fue emocionante también lo de Ghana, un equipo que, creo, jugará mejor en los próximos años que en éste: tienes jugadores poderosos, talentosos y comprometidos pero todavía muy jóvenes, que a veces parecen necesitar medio segundo de calma para tomar mejores decisiones.

Cuatro horas antes, la noticia del día había sido Brasil, un equipo que parecía de bronce pero que se derritió en quince minutos infernales. Me quedó grabada una escena: cerca del final del tiempo, Dani Alves recibió un pase en el borde del área holandesa y se quedó quieto, con la pelota pegada al pie derecho, mientras el mundo giraba a su alrededor. Esperó un segundo, que pareció una eternidad, y abofeteó la bola hacia la derecha, por donde entraba como un tren su compañero Maicon, que le pegó de primera, sin perder ni un segundo de velocidad: la pelota viboreó a un palmo del suelo y, cuando se metía en el rincón, fue desviada al córner por las uñas de Sketelenburg, el arquero de Holanda.

La jugada coronaba el excelente primer tiempo de Brasil, que había dominado a Holanda y le ganaba con toda justicia 1-0, y además recordaba el legendario cuarto gol de Brasil en la Final de México '70, cuando Pelé hizo la estatua y también esperó que pasara al galope su lateral derecho, Carlos Alberto, para recibir un pase parecido y hundir la pelota de primera contra la red. Después de haber sido criticado por su exceso de pragmatismo y su falta de alegría, el Brasil de Dunga se estaba yendo al descanso no sólo con una actuación persuasiva sino también dialogando futbolísticamente con las mejores generaciones de los equipos nacionales brasileños. Pensé en ese momento, un poco satisfecho de mí mismo, que había acertado mi pronóstico de ayer y que, en efecto, Brasil se había convertido en un equipo invencible.

La arrogancia, por supuesto, me duró menos de media hora, porque Brasil se puso de mal humor, enfurruñado y caprichoso como un chico de cinco años, incapaz de controlar el barullo de Arjen Robben, que jugaba como un sudamericano para hacer engranar a sus rivales sudamericanos. Brasil se empató el partido a sí mismo, como si necesitara hacerse daño para recuperar la frescura, pero no le sirvió de nada: el equipo mantuvo la misma espiral descendiente de irritación y pataleo y no se despertó ni siquiera con el segundo gol de Holanda, que lo agarró distraído en la jugada de córner más vieja del mundo.

Los últimos minutos fueron un poco deprimentes: Brasil, ya con diez hombres por la expulsión dramática de Felipe Melo (que le había puesto el pase de gol a Robinho y había peinado la bola en contra para el primer gol de Holanda), avanzaba a los trompicones por el césped infame de la cancha de Port Elizabeth y lanzaba tímidos balones al frente, donde Kaká hacía un poco y los demás, empezando por Luis Fabiano, nada. Holanda siguió siendo el mismo equipo de los partidos pasados, que juega razonablemente bien pero del que uno sospecha cosas extrañas, como si no les creyera demasiado lo que están haciendo: se esfuerzan, tienen consistencia y tienen arquero, pero hay algo todavía en los holandeses que me resulta indescifrable, y no sé bien qué es. No tengo mucho tiempo ara averiguarlo: opacos o no, bienintencionados o no, los holandeses ya están en Semifinales después de doce años.

De todas maneras, no puedo quitarme de la cabeza a Brasil. Uno nunca cree que Brasil va a perder hasta que, en efecto, pierde. Por más avanzado que esté el partido y más horrendas sean las señales enviadas por el equipo, uno siempre tiende a creer que en sus reservas morales, energéticas y futbolísticas siempre hay lugar para un último esfuerzo y un último milagro. Lo esperé, ansioso y comprometido: primero quise que ganara Brasil, porque estaba jugando bien y siempre está bueno tener buenos equipos en la Semifinales del Mundial; después, cuando apareció su peor cara, la del candidato arrogante que no sabe jugar partidos parejos, quise que perdiera; al final, cuando los vi arrastrarse por la cancha, aturdidos y desorientados, otra vez quise que ganaran. Porque me dio pena. Brasil me dio lástima, y no recuerdo la última vez (si es que hubo alguna vez) que me había pasado algo así.

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