Equipos sin costuras

La rigidez de los calendarios de la FIFA y la rigidez de los calendarios de Gildardo Revilla me han obligado a perderme los dos últimos partidos de San Martín de Brooklyn...

La rigidez de los calendarios de la FIFA y la rigidez de los calendarios de Gildardo Revilla me han obligado a perderme los dos últimos partidos de San Martín de Brooklyn, el equipo amateur con el que juego los sábados en la Greenpoint Soccer League, en Nueva York. Le pedimos al peruano Revilla, nuestro Sepp Blatter, que acomodara los horarios de algunos partidos a los horarios de los partidos del Mundial, pero se negó. "Hace 15 años que lo hago así", explicó, en referencia a su misterioso algoritmo que asigna los horarios según la Tabla de Posiciones y los resultados recientes. Nuestro San Martín tuvo que jugar la semana pasada al mismo tiempo que Estados Unidos y Ghana, partido que tuve que ver para escribir esta columna. Mientras yo miraba futbol en la penumbra de mi casa, mis compañeros jugaban futbol bajo los 33 grados del verano neoyorquino: perdieron (perdimos) contra un equipo de mexicanos rápidos y organizados llamado Acatlán. Esta semana, Revilla programó nuestro partido para el exacto mismo momento del Argentina-Alemania y durante buena parte de la semana se negó, pese a que la mitad de nuestros jugadores somos argentinos, a esforzarse por hacer un cambio. Negociaciones frenéticas y de último momento en los pasillos de la Federación (Revilla atiende a los Capitanes en un restaurante peruano llamado "Pío-Pío") nos permitieron torcerle apenas el brazo y jugar nuestro partido el domingo. Yo, que después de otras arduas negociaciones me había comprometido a venir a Boston, no podría jugar, pero por lo menos sí el resto del equipo. Jugamos contra un equipo de ecuatorianos con poca creatividad para los nombres llamado "Los Hobos". El partido, según el reporte que recibí anoche por e-mail, estuvo tenso y empatado 0-0 hasta el minuto final, cuando el árbitro nos concedió un penal dudoso que convirtió nuestra estrella paraguaya. Esta historia, admito, no tiene mucho que ver con el Mundial, pero mi libido futbolera ha súbitamente cambiado de dirección: de la gran catedral global del futbol en Sudáfrica se ha reenfocado en este pequeño teatrito amateur en Brooklyn, donde veinte equipos de varones (casi todos latinos) nos creemos durante un rato que participamos del mismo deporte que Messi, Rooney y compañía. Los referís son malos, hay días que hace demasiado calor y hay otros días en los que nos duelen las rodillas o las articulaciones. Pero qué lindo es el futbol en tres dimensiones, con la pelota contra el piso, transpirado y trompicado, el pecho inflado después de un gol o un buen pase. En Sudáfrica empiezan mañana las Semifinales y, otra vez, como argentino agrandado que soy, las veré con algo de interés y mucho de incredulidad: ¿Cómo puede ser, me preguntaré, que Argentina no esté entre estos cuatro equipos de mamertos que no son mejores que nosotros? Un buen antídoto contra la verdad o la derrota siempre es la indignación o la ignorancia: así que aquí voy, indignado o ignorante, a reclamar como justicia poética o futbolística (no debería haber mucha diferencia entre ambas) el casillero de Argentina como semifinalista honorífico de Mundial. ¿Parece ridículo? Lo sé; es bastante ridículo. Argentina no tiene nada que reclamar: le faltó contra Alemania la suerte que tuvo contra México y nunca pudo construir un partido distinto de la idea abstracta y vaguísima que tenía en mente (Messi "conduciendo", Di María "por izquierda" y así sucesivamente). Errores así no merecen quedar sin castigo, y en las instancias definitivas de un Mundial rara vez quedan sin castigo. Alemania nos encontró las costuras en dos minutos y tiró de ellas hasta dejarnos en harapos. La semana pasada, cuando todavía era el técnico que había sorprendido al mundo con su terapia de amor y abrazos y sus tácticas ofensivas, le preguntaron a Maradona en una conferencia de prensa qué opinaba de Schweinsteiger, el mediocampista alemán que el día anterior había dicho que los argentinos somos rivales complicados porque simulamos faltas e intentamos influir sobre el árbitro. "¿Quién es Schweinsteiger?", respondió Diego, entre sonrisas. Y después imitó la "s" defectuosa y una frase del ex Presidente argentino Néstor Kirchner, que el año pasado se burló del diario Clarín preguntándole si estaba nervioso. "¿Qué te pasha, Schweinsteiger? ¿Estás nerviosho?", preguntó Maradona, y la porción de la sala de prensa que entendió el chiste estalló en una carcajada. Yo vi esa escena por televisión y me preocupé, porque detecté en Diego el gen arrogante argentino fuera de control, es decir, el que va más allá de la confianza en sí mismo y derrapa hasta subestimar al rival. La respuesta de los días siguientes fue cruel con Diego, porque Schweinsteiger no sólo no estaba nervioso sino que fue con diferencia el mejor jugador de la cancha y la viga maestra donde se apoyaron sus compañeros para construir un triunfo inapelable y pedagógico. "¿Estás nerviosho?" Ay. En lugar de leer el partido contra México como un enorme llamado de atención, Diego había leído las cifras sólidas y orondas del resultado final (3-1) como una confirmación de que debía exagerar todo lo que estaba haciendo. ¿Por quién hincharé mañana? No lo sé. Mi espíritu magnánimo de los primeros días del Mundial, cuando me sentía contagiado del amor planetario y quería que ganaran todos los equipos, especialmente los que jugaban bien o intentaban jugar bien, ha sido reemplazado en las últimas horas por el venenoso y pusilánime espíritu del resentimiento, según el cual lo único que deseo es la derrota de todos los equipos que quedan vivos: que la FIFA decrete una epidemia continental y declare el torneo vacante: sin ganador, sólo con perdedores. Entre Holanda y Uruguay, debería hinchar por Uruguay. Esa es mi posición oficial: el deseo de este columna es que la Selección Nacional Iruguaya derrote a su par holandesa mañana en la primera Semifinal de la Copa del Mundo. Mi madre, que es mitad uruguaya, me llamó el otro día después de los penales contra Ghana eufórica y alborozada y se encontró con el trato distante y frío de su primogénito, que no compartía sus emociones. Mi madre se puso un poco triste por mi no-uruguayismo, y yo también. No me gusta tomar decisiones mezquinas, pero, como mi amigo colombiano que sólo desea la ruina de sus vecinos, yo me siento tentado a, una vez eliminada Argentina, desear la ruina de mis vecinos. No estoy orgulloso de esto ni del todo convencido: es posible que empiece el partido y que la llamada tribal de los ancestros y del espíritu del Río de la Plata me hagan cambiar de opinión, como ya me ocurrió el otro día con España-Paraguay, que empecé hinchando por la academia del futbol y terminé haciéndolo la mística guerrera guaraní. Mis amigos y mis lectores mexicanos saben bien de qué les hablo: eran simpáticos con Argentina mientras México seguía vivo en el torneo; fueron despiadados después de la eliminación mexicana y, especialmente, tras la eliminación argentina, a la que celebraron (con motivos futboleros de sobra) casi como a una victoria propia. Hacer fuerza por un equipo, de todas maneras, no debería ser tan importante. Ojalá pudiera acostumbrarme a ver partidos de futbol sin tomar partido instantáneamente, aun si son las tres de la mañana de un jueves y acabo de encender la televisión y no he podido distinguir quiénes son los que están jugando: hincho por los amarillos, porque me gustó uno de sus jugadores; o hincho por los de negro, sólo porque van perdiendo. Es una deformación no profesional: prefiero y tiendo a ver el futbol como si lo viera desde una tribuna. A veces me disfrazo de analista desapasionado y elaboro ásperos informes tácticos sobre equipos sin nombre y jugadores sin apellido, pero se me nota pronto, como a Argentina, la costura. En el futbol, los disfraces nunca duran demasiado.

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