La ciencia triste de los pronósticos

Dos días sin futbol me han alejado tanto de la película continua del Mundial que han provocado un extraño golpe químico en mi cerebro: me han puesto filosófico.

Dos días sin futbol me han alejado tanto de la película continua del Mundial que han provocado un extraño golpe químico en mi cerebro: me han puesto filosófico. No he llegado demasiado lejos en mis elucubraciones, porque mi capacidad de abstracción no es tan grande y porque el futbol me gusta bien concreto, con la pelota pegada al césped. Sin energía para buscar el cielo de la sabiduría, me conformé entonces con la colina de la mediocridad, más conocida entre nosotros como la infame colina de los pronósticos deportivos. "Eclipse de Gol" se había mantenido hasta ahora saludablemente ajena al casino de las profecías y los grandes aspavientos, pero, como es una columna un poco débil de carácter (lo hereda todo de su autor), se ha sentido obligada o impulsada o amenazada a decidir un ganador para los próximos cuatro partidos de Cuartos de Final, que empiezan mañana. Dudosa ciencia la de la prognosis: si es brutal y acierta, es más por suerte que por otra cosa; si es cuidadosa, y mide sus predicciones con sutileza e imparcialidad, la gloria de su triunfo se difumina hasta casi desaparecer. Así que no sé si lanzarme a la profecía brutal, barriobajera y masculina ("¡Brasil sale campeón del mundo sí o sí!") y después, si acierto, fanfarronear aquí como si fuera el Bruce Willis del columnismo deportivo. O, por el contrario, no sé si elaborar con paciencia y notas al pie unos pronósticos cubiertos por advertencias sobre todo lo que puede salir mal. Este segundo acercamiento, más acorde a mi personalidad culposa y dubitativa, tiene el inconveniente de que, por tener tantas salvedades, apenas podría ser celebrado, si acertara, como una hazaña de la intuición. Intentaré entonces tomar el camino intermedio (decisión cobarde pero muy útil que me salvado de varias decisiones difíciles en mi vida): a cada uno de los partidos le pondré un ganador en negrita (porque soy macho) y después le dedicaré un párrafo para explicar por qué todo puede fallar. El futbol no sólo no es una ciencia exacta sino que ni siquiera es una ciencia: si pudiéramos hacer jugar a España con Paraguay cien veces seguidas, en un laboratorio con condiciones controladas, probablemente España ganaría más partidos que Paraguay; pero el Mundial es un solo partido, un volcán de excepciones y "cisnes negros" y árbitros distraídos que pueden, en una tarde cualquiera, declarar campeón o finalista a alguien que quizás no lo merece, o lo merece menos que su rival. Pero, como la ciencia responsable es aburrida y el casino irresponsable es divertido, aquí voy con mis predicciones (en negrita, al principio de cada párrafo, el nombre de quien creo que ganará cada partido): Brasil. Creo que Brasil le va a ganar a Holanda no tanto por cómo podría frenar y torcer la voluntad de los holandeses, sino porque que Brasil es capaz de ganarle a cualquiera. Si mis editores me obligaran hoy a emparejar a Brasil con los otros siete equipos que quedan en el torneo y, bajo amenaza de despido, me intimaran a elegir un ganador para cada uno de estos emparejamientos, elegiría siempre a Brasil, incluso contra Argentina. A los argentinos nos gusta sacar a pasear nuestra rivalidad con Brasil y colocarnos a su lado como si fuéramos miembros equivalentes de la nobleza imperial del futbol. Pero en el fondo les tenemos un miedo tremendo. Brasil es un ejército y un circo, roca y flor, monasterio y parque: una máquina impertérrita que defiende con bronca y ataca con alegría, con un equilibrio y un compromiso que no le he visto a casi ningún otro equipo del campeonato. Además, viene jugando cada vez mejor: le dolieron las articulaciones contra Corea del Norte y le costó hacer la digestión contra Portugal, pero contra Chile mostró una enorme armonía y las señales de un equipo cada vez más enamorado de sí mismo. Ghana. Esta llave es tan difícil de predecir que dos veces escribí "Uruguay" aquí arriba y dos veces lo borré, arrepentido e indeciso (nada macho), decidiéndome al final por el colosal mediocampo de los ghaneses. Va a ser un partido extraño, entre dos equipos conformes con el lugar al cual han llegado pero que también saben que entre ellos y las Semifinales hay un rival no demasiado poderoso. De todas maneras, probablemente será un partido aburrido: los ghaneses se sienten más cómodos en su caverna que en ningún otro lado (sólo Asamoah Gyan, delantero-cazador, tiene permiso del entrenador para recorrer la sabana) y los uruguayos sufrieron contra Corea del Sur una regresión mental que los devolvió a su vieja personalidad hosca y acomplejada. En esta cita de mudos futbolísticos, un tiro libre de Forlán o un disparo de Kevin-Prince Boateng pueden abrir senderos en un partido probablemente impenetrable, pero será difícil. Mi bola de cristal (un personaje cruel y poco confiable) me muestra una definición por penales. Argentina. Si en todas estas semanas me mantuve alejado de los pronósticos y las quinielas fue porque, como creo que ya expliqué, me resulta casi imposible extirpar mis fríos cálculos futboleros de los riñones de lo que quiero que ocurra. No veo realmente grandes diferencias entre Argentina y Alemania, pero tengo tantas ganas de que gane Argentina que no hay manera de aplicarle las negritas a otro equipo. Temo por el mediocampo de Argentina (Maxi Rodríguez, Mascherano, Di María), porque creo que lo deja demasiado solo a Mascherano y porque no me parece un mediocampo lo suficiente impermeable como para evitar las goteras que le va a generar la lluvia de Lahm y Müller por un costado y Özil por el medio. Di María me parece un excelente jugador y Maxi un razonable jugador, pero los dos brillan más en el eje vertical, como pistones, que en el horizontal, como limpiaparabrisas. En el tipo de mediocampo que Maradona quiere hacerles jugar, se necesita ser, al mismo tiempo, pistón y limpiaparabrisas. Contra México, Maxi se acomodó un poco a su nueva función, pero Di María, que tuvo un partido muy calladito, no se acomodó casi nada. Argentina, en cualquier caso, tiene a Messi, y por eso no necesita jugar bien para ganar: el equipo puede estar media hora revolcándose en el fango de los pases errados y los balonazos lunáticos de Heinze, y un minuto después, cuando uno cree el equipo de Maradona está maniatado y descifrado, soltar el juguete de Messi entre las patas de las mesas defensivas y poner el partido 1-0 sin que nadie pueda explicar muy bien por qué. Argentina, como Holanda o Brasil, todavía no ha sido realmente puesta a prueba: se ha encontrado a sí misma en los Cuartos de Final sin saber cuál es su piso o su techo de funcionamiento. En tres de los cuatro partidos encontró el primer gol en una pelota quieta; en el otro, en un espanto arbitral. Le llega el momento de hacerse adulta justo frente a Alemania, el equipo más adulto de la historia pero no el más adulto de este Mundial. Mi bola de cristal, "made in" Argentina y, por lo tanto, sesgada en sus pronósticos albicelestes, ve a Messi recibiendo la bola sobre el costado derecho, cortando la cancha hacia adentro con la tijera de su piecito izquierdo y lanzando un rulo hacia el poste lejano: "¡Clonk!", vibra el palo, pero la deja pasar. Es el minuto 76. En el 89, Heinze salva sobre la línea un cabezazo de Klose. España. Paraguay podría ser la nueva Suiza de España: otro equipo que teje abigarrada su defensa y frota el puñal, listo para hacer daño. Pero esta España de los Cuartos de Final también es una nueva España, que se quemó con las lecciones de Suiza y ahora se toma cada partido como un enigma y un obstáculo. Esta España tiene una visión de sí misma más acorde con su realidad (aterrizaron en Sudáfrica creyendo, o eso pareció, que sus seis primeros partidos serían una preparación para la Final contra Brasil) y ha recuperado humildad, condición sin la cual es imposible ganar la Copa del Mundo, un torneo arisco y que castiga con dureza a quienes proclaman haberlo decodificado. Creo que España volverá a jugar bien y que poco a poco vencerá la resistencia de los paraguayos. Pero todo esto, como diría el pronosticador cobarde que soy, puede fallar en cualquier momento.

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