Los mejores días mundialistas

Quiero empezar esta columna con una afirmación probablemente exagerada y difícil de justificar pero que refleja bastante bien mi estado de ánimo con respecto a este Mundial.

Quiero empezar esta columna con una afirmación probablemente exagerada y difícil de justificar pero que refleja bastante bien –en el sentido de que no estoy exagerando para obtener beneficios literarios– mi estado de ánimo con respecto a este Mundial que se nos termina ahorita mismo dentro de un par de días: estos últimos días del torneo, más o menos desde la mitad de los Octavos de Final hasta la Semifinal de ayer (miércoles), han sido los mejores días de Copa del Mundo que recuerdo, con decenas de partidos emocionantes, eliminaciones conmovedoras (la de Ghana, por encima de todas las demás) y, sobre todo, equipos que han jugado al futbol con relativa convicción y frescura, ordenados en el campo pero lo suficientemente flexibles como para permitir el brillo de algunas de sus estrellas.

Lo repito en menos palabras, para que quede bien nítido (hoy no quiero disimular nada ni cubrir mis sentimientos u opiniones debajo de una pila de adjetivos y frases subordinadas): estos últimos diez días de Mundial han sido los mejores días consecutivos de Mundial que he visto en mi vida, consistentemente brillantes y sin casi agujeros de aburrimiento o racanería o faltas de deportividad. Termino de escribir esta frase y ya empiezo a arrepentirme, porque uno nunca debería soltar este tipo de frases contundentes en público. Sí puede hacerlo entre amigos y cervezas, pasada la medianoche, para ganar una discusión o ponerle picante a una conversación desabrida. Ahora, en público, queda no sólo grabado en las mentes de los lectores sino en Google: si cambio de opinión en el futuro (algo que perfectamente puede ocurrir e incluso es lo más probable), ya vendrán mis enemigos y comentaristas anónimos a morderme el trasero con una copia de esta columna.

Hoy creo esto: esta seguidilla de los últimos días me ha hecho disfrutar del futbol, pese a la eliminación de Argentina, como pocas veces (o nunca) recuerdo haber disfrutado con tanta consistencia y acumulación. No ha sido un Mundial de grandes estrellas (con Villa, Schweinsteiger, Sneijder y Forlán por encima de los demás), pero sí un Mundial con una enorme cantidad de equipos bien musculados y bien alimentados psicológicamente, desde la nueva Alemania que ayer se quedó sin aliento hasta la nueva Holanda que aceptó trocar su tradicional firulete de brillantez por esta nueva (y recién ganada) simetría y robustez que la han llevado a la Final.

Creo que habrá varios partidos de esta Copa del Mundo que serán recordados por mucho tiempo, y cuyas imágenes veremos los futboleros serios (los que no sólo se entusiasman con la pelota un mes cada cuatro años) en incontables repeticiones y compilaciones de madrugada en canales de cable: Ghana-Uruguay, Alemania-Argentina, Ghana-Estados Unidos, España-Alemania, Brasil-Holanda, Alemania-Inglaterra y Holanda-Uruguay han sido todos partidazos, en la mejor tradición espectacular y futbolística de lo que tiene que ser un buen partido de segunda o tercera o cuarta ronda de la Copa del Mundo: buenos jugadores, equipos con ideas claras y razonablemente generosas, entrenadores interesados en ganar el partido en los 90 y esa mística de nervios y sensación de “momento histórico” que los hace irresistibles. Uno de los pocos partidos de Octavos de Final que no entra en esta lista es, curiosamente, México-Argentina, que estuvo a la altura de su destino histórico durante media hora –fue un partido competitivo, parejo, jugado al límite– pero que después perdió todo su gas por culpa del árbitro y de un gol de liga amateur.

Cuando era chico, grabé en un VHS la Final de México 86 entre Alemania y Argentina y volví a verla al menos una docena de veces. Llegó un momento en el que no sólo me había aprendido el partido prácticamente de memoria, sino que había logrado sintonizar mi respiración con sus cadencias y sus quiebres, como si fuera una melodía o una obra de arte. Creo que algunos de los partidos de los últimos días han hecho méritos para recibir un tratamiento similar: probablemente no en VHS, que ya ni los dinosaurios usamos, pero sí en You Tube o algún otro sitio de videos, donde los nostálgicos calmaremos nuestra abstinencia de Mundial con estos clips de dos o tres minutos y revivir (ay) el penal fallado por Gyan en el último instante del partido contra Uruguay o el bombazo en línea recta y sin efecto de Gio van Bronckhorst el otro día, también contra Uruguay.

Sé que todavía es temprano para hacer este tipo de afirmaciones: solamente el tiempo nos va a decir si el interés por estos partidos resistirá, literalmente, el paso del tiempo. Estoy de acuerdo: el tiempo lo cura todo, pero también lo borra todo. Aun así, me puse a pensar hace un rato en los Mundiales recientes y me di cuenta de que hay en ellos muchísimos partidos importantes de los que nadie recuerda nada y que no parecen haber hecho ninguna contribución relevante a la la leyenda del futbol.

Pienso, por ejemplo, en las Semifinales del Mundial de 2002: Alemania le ganó 1-0 a Corea del Sur; Brasil le ganó 1-0 a Turquía. ¿Alguien recuerda algo de esos partidos? ¿Quizás el gol de Ballack? ¿O el de Ronaldo? Googleo: Ballack recibe un centro de Neuville, que miran pasar dos defensores coreanos, y la mete de derecha después de un rebote en el arquero. Busco en el disco rígido de mi memoria por algún rastro: nada. El gol de Ronaldo: recibe en el pico del área entre seis camisetas rojas y, encerrado, pega un puntinazo un poco infantil que el arquero turco debió sacar. Vuelvo a intentarlo: mi cerebro me dice que recuerda el peinado horrible de Ronaldo (todo rapado menos una cucaracha negra encima de la frente), pero que la jugada del gol ha generado cero coincidencias.

Qué extraño, me digo. Ojalá no vuelva a pasar lo mismo. Ojalá el gol de Puyol o el de Van Bronckhorst dejen una huella más profunda (una huella cualquiera) en el imaginario colectivo futbolero. Por un lado, “creo” que lo merecen: tengo la sensación, la cual he intentado tartamudear ya media docena de veces en esta columna, de que estos partidos de estos días tienen algo (un misterio, una esencia mundialista) que les permitirá sobrevivir. Por el otro, también “quiero” que lo merezcan: quiero que esta experiencia apasionante y esforzada de pasarme un mes frente a un televisor y una computadora, esta experiencia a la que le he entregado casi completo un mes de mi vida, sirva para algo. Sería muy deprimente que todo quede olvidado dentro de dos o tres semanas, cuando empiecen los malditos torneos Apertura o Clausura o la maldita (pero que sin duda usaremos como reemplazo) Champions League.

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