Pequeña Final con algo de interés

Me quedé sin coraje para la traición. Cuando llegó el momento de decidir, me di cuenta de que no tenía las agallas para perderme uno de los dos partidos que quedaban del Mundial.

Me quedé sin coraje para la traición. Cuando llegó el momento de decidir, me di cuenta de que no tenía las agallas para perderme uno de los dos partidos que quedaban del Mundial. Estoy enojado con el Mundial, porque está a punto de abandonarme (cuando vuelva a mi vida, seré un hombre de 40 años), pero finalmente hice lo que en el fondo siempre supe que iba a hacer: organicé mi sábado alrededor del partido por el tercer puesto y volví a mi casa justo a tiempo para derramarme sobre el sofá, escuchar los himnos y analizar en la pantalla (¿no juega Podolski? ¿y Lahm?) las formaciones de los equipos. No me arrepiento, Alemania y Uruguay jugaron bajo la lluvia de Port Elizabeth (y encima de su césped infame) un partido abierto y emotivo, en el que pasaron muchísimas cosas y podrían haber pasado muchísimas otras más. Incluyendo, por supuesto, un último gol de Uruguay, en el cierre del partido. Enruló Forlán con la derecha un tiro libre en el borde del área y la bola hizo “¡Clonk!” contra la madera, que ya no es madera sino aluminio.

Para ver el partido tuve que volver rápido de Williamsburg, donde San Martín de Brooklyn jugó esta mañana su décimo partido de la temporada regular. Dudamos al principio, dudamos en el medio y sólo nos convencimos realmente cerca del final: le ganamos 2-0 a los “Águilas”, un grupo de veinteañeros mexicanos no muy rápidos ni peligrosos pero sí ordenados y pacientes. Metimos un gol en la mitad del segundo tiempo, otro cerca del final y nos sacamos un enorme peso psicológico de encima: los “Águilas” van últimos, con cero puntos y 39 goles en contra en diez jornadas, pero durante casi una hora fuimos incapaces de meterles uno. Nosotros somos un equipo más treintañero que veinteañero, con un digno funcionamiento colectivo pero bastante poca pólvora en el área rival. Contra los mejores equipos de la liga  jugamos bien y con orgullo, pero rara vez ganamos: somos Uruguay. Contra los equipos malos, sentimos la obligación moral de ganarles, nos dejamos masticar por la ansiedad y sólo a veces les ganamos: somos México.

El 2-0 fue entonces más un alivio que otra cosa (nuestro Capitán nos había arengado al principio: “¡Vamos a meterles muchos goles, la diferencia de gol es importante!”), porque por un momento creímos que íbamos a ser los primeros en concederles a los “Águilas”, que nunca parecieron el equipo pésimo que muestra la tabla, su primer punto. Venía pensando en esto, satisfecho también por haberle protestado poco al árbitro y haber terminado sin tarjeta amarilla (no es muy común), cuando me encontré en la pantalla de casa con un partido en el que los alemanes, como nosotros, tenían la presión psicológica de estar obligados a ganar y en el que Uruguay, como nuestros rivales, hicieron bastante más que defenderse cerca de su propio arquero. Por suerte, los “Águilas” no tenían una propia versión de Forlán.

Alemania volvió a gustarme, y me gustó más todavía a medida que avanzó el partido y aceptó despeinarse y ensuciarse y reconciliarse con el costado salvaje del futbol: Disfrutar bajo la lluvia del intercambio de golpes y entregarse a la mística única que dan los partidos con tormenta. Schweinsteiger, que para mí ha sido uno de los dos o tres mejores jugadores del Mundial, volvió a ser el emperador del mediocampo, hipnotizando a sus colegas uruguayos (normalmente demasiado tercos como para dejarse hipnotizar) y poniendo el fuego que a veces les falta a algunos de sus compañeros, notablemente Özil, que juega más como una libélula que como un león. Schweinsteiger generó el primer gol del partido y después confió tanto en sí mismo que, como casi todos los emperadores, se creyó incapaz de cometer un error: el áspero Ruso Pérez le robó la bola en un lugar donde no debía perderla y, dos pases después, Cavani le dio con la punta del botín para poner el 1-1.

Uruguay, por su parte, ha recibido una ola de amor tan grande en la última semana que es conmovedor verlos no sucumbir a ella y seguir sometiéndose a su rutina de trabajos forzados. Media América Latina ha pasado estos días elogiando la entrega y la dignidad de la Selección Uruguaya, y esta bien que haya sido así. Es ciertamente notable lo del equipo de Tabárez, que renovó el espíritu aguerrido histórico de Uruguay, lo hizo mucho menos matón y antipático y, además, le agregó algo de futbol. Pero no mucho. Uruguay no le jugó “de igual a igual” a Holanda en las Semifinales (lo esperó y lo esperó y lo esperó confiando en el milagro de un cañonazo de Forlán, que llegó) ni empezó jugándole hoy “de igual a igual” a Alemania.

Escribo estas líneas y tengo miedo de parecerme a mi amigo colombiano que se alegra con las derrotas y se entristece con las victorias de sus vecinos. Puede que haya algo de eso, no lo niego, pero también es cierto que el nuevo Uruguay, cada vez que le pusieron delante un rival europeo, se pareció mucho al viejo Uruguay: buscó y obtuvo el 0-0 con Francia y después buscó, pero no obtuvo, el 0-0 con Holanda. Esta tarde, con Forlán, Suárez y Cavani en la cancha, pareció asomarse un poco más a la intemperie del futbol, pero sus otros tres mediocampistas (Arévalo, Pérez, Pereira) eran perros de presa. Al final, el mejor partido de Uruguay (casi el único en el que tuvo una estrategia de ataque) fue contra México: aquella victoria fue la que le permitió jugar contra Corea del Sur y Ghana y mandar a México a jugar contra Argentina.

Nadie, de todas maneras, les quitará a los uruguayos el placer de ver a su equipo jugando el Mundial hasta el penúltimo día e hinchando por él mientras nosotros, los miles de millones de hinchas de equipos eliminados, lo mirábamos por televisión. Uruguay fue al Mundial con la mística de ser un país pequeñito pero aguerrido (sólo Eslovenia tenía menos habitantes), casi como la irreductible aldea gala de las aventuras de Asterix, y le fue suficiente, porque a eso deben ir las selecciones al Mundial, especialmente las de países medianos o pequeños: a usar sus mejores armas y a intentar llegar lo más lejos posible.

Podría seguir escribiendo párrafos y párrafos sobre Uruguay o sobre el partido de hoy, que al final estuvo a la altura de los últimos partidos por el tercer puesto, todos (o casi todos) goleadores, descontracturados y con una algo deprimente atmósfera de fin de fiesta. Pero no puedo, es tarde y sé que mi deber es ponerle fin a esta columna hablando de lo que no quiero hablar. Me cuesta muchísimo hablar de la Final, dedicarme a su burocracia y sus aspectos mundanos. Mencionar a Paul, ese pulpo maldito o bendito que se ha ganado los titulares de la semana, o hacer un pronóstico sobre quién será el campeón. Qué tarea más prosaica la de hacer pronósticos (y qué poco talento tengo para ella), lo único cierto es que mañana se acaba el Mundial. Como si no fuera ya certeza suficiente.

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