Cuatro años en la sala de espera

Estas últimas dos o tres semanas se han hecho interminables para quienes ajustamos nuestros calendarios al ritmo de las temporadas de futbol. Desde principios de mayo hemos estado...

Estas últimas dos o tres semanas se han hecho interminables para quienes ajustamos nuestros calendarios al ritmo de las temporadas de futbol. Desde principios de mayo hemos estado borrando de nuestras vidas las interrupciones no-esenciales, concentrándonos como budas en un punto fijo (Sudáfrica: 11 de junio) y después, ya desconectados del mundo exterior, nos dimos cuenta de que habíamos quedado atrapados en un limbo: lejano el recuerdo de la Final de la Champions League –borrosos los goles de Milito, secas las lágrimas de Mourinho y Materazzi– y lejano todavía el puntapié inicial de Giovani dos Santos o Steven Pienaar para el México-Sudáfrica, nos preguntamos, como disfrazados para una fiesta de disfraces para la que todavía faltan dos semanas, cómo nos pudo ocurrir algo así, como fue que caímos en este hueco existencial. Y, sobre todo, cuánto tiempo nos queda en esta sala de espera aburridísima y sin ventanas en la que se ha convertido nuestra vida mientras imploramos por la llegada del Mundial.

Nunca se me había hecho tan larga la espera. En casi todos los Mundiales anteriores sólo había logrado desembarazarme de mi vida justo al final, tropezándome con los últimos detalles de realidad minutos antes del partido inaugural y aterrizando en el sofá –cerveza, papitas, control remoto– con el último aliento, sin apenas haber tenido tiempo para la ansiedad o la impaciencia. Este año, en cambio, la ansiedad y la impaciencia han sido tremendas, y la única explicación que encuentro es que este año me preparé tan bien para el Mundial, tan bien organicé mi vida para no sufrir interrupciones ni interferencias que llegó un momento en el que no tuve otra cosa que hacer que sentarme en mi casa a esperar, sin poder hacer otra cosa que obsesionarme con las infinitas alternativas posibles ("Si Honduras le gana a Suiza... y España empata con Chile..."). El tiempo pasaba muy despacio. El Mundial ha sido siempre para mí un retiro espiritual, un viaje hacia las profundidades de mí mismo y de mi conexión con el mundo y mi pasado. Nací y vivi los primeros seis Mundiales de mi vida en Argentina, donde todos aprendemos de chiquitos a narrar la historia de nuestras vidas en períodos de cuatro años. Si alguien, por ejemplo, me pregunta quién era mi novia en 1994, yo rebobino mi mente hasta el Argentina-Nigeria jugado en Boston, me detengo en el famoso gol de Caniggia –brazos abiertos, exigiendo bola: "¡Diego, Diego!"– y veo un departamento en el centro de Buenos Aires con una docena de personas sentadas frente a un televisor y una flaquita de pelo corto sentada a mi lado. Para mí, como para el Nick Hornby de Fiebre en las gradas, los Mundiales de futbol han sido mojones entre eras históricas, pasos fronterizos útiles para posponer el inicio de etapas nuevas –"¿Cuándo vas a buscar trabajo?”, “Después del Mundial, madre"– o clausurar con optimismo períodos de mala racha.

Nosotros, aquí en Medio Tiempo, vamos a aprovechar este mes de carnaval para inundarnos de futbol y empaparnos de Mundial, desde las grandes gestas y los momentos de mayor drama y simbolismo hasta los detalle más mínimos e innecesarios. Mi retiro espiritual de este año será entonces menos monacal y más interconectado, me zambulliré en el Mundial cada mañana, con arpón y tanque de oxígeno, y volveré a la superficie cada tarde, en esta columna, con la esperanza de haber encontrado material fresco y jugoso. El nombre de la columna, Eclipse de Gol, que se me apareció de la nada en una noche insomne de la semana pasada, me gusta porque refleja este espíritu de parálisis planetaria y embobamiento general pero también porque el juego de palabras –moderadamente ingenioso, algo infantil, un poco cursi– refleja bastante bien cómo tratamos, los hinchas y los escritores, al futbol, que puede ser hermoso pero también horrible, que intenta ser adulto pero siempre será juvenil e inmaduro (como los hinchas y los escritores), y que puede ser sofisticado y lírico pero también gloriosamente cursi y melodramático. Haré todo esto desde mi casa, en el barrio de Brooklyn, en Nueva York, donde vivo desde hace un puñado de años, sentado en mi sofá, intentando domesticar mi acento argentino pero también dejándolo vivir si me entusiasmo con alguna gambeta fabulosa de Messi o un taco invisible de Xavi. A veces estaré solo, a veces estaré acompañado por uno o dos amigos selectos (adiestrados y advertidos para hablar lo menos posible: hay que respetar la importancia del sacramento) y a veces veré los partidos con mi mujer, una santa que ya ha comprendido que puede obtener de mí lo que quiera durante tres años y once meses, pero que en junio de los años pares (sin Juegos Olímpicos) sólo obtendrá gruñidos, indiferencia y besos ocasionales, si gana Argentina o pierde Brasil, pero no mucho más que eso. En estos días antes del Mundial, como ha ocurrido en las semanas anteriores a los últimos cuatro o cinco Mundiales, los diarios, los sitios de noticias y los columnistas (no sólo los deportivos) han empezado a publicar historias sobre cuánto dinero mueve el torneo, cuántos millones de dólares han puesto Nike o Adidas para patrocinar a sus estrellas, cuánto millones de litros de cerveza se venderán en los alrededores de los estadios o en cuántos gigamillones han asegurado sus piernas tal o cual jugador. La sensación que intentan generar estas historias, explícitamente o implícitamente, es que el Mundial se está convertido o ya se ha convertido en un gran negocio y que la pureza del juego ha sido contaminada (¡infectada!) por la lluvia de dólares, que lo corrompen y lo transforman en un circo pagano y globalizado sin identidad genuina ni sentido deportivo. Quiero decir que no estoy para nada de acuerdo con estas opiniones; es más, a mí lo que me sorprende del futbol es, justamente, su talento para aprovechar la parafernalia del mercadeo y la televisión y los auspiciantes, y no dejarla entrar al campo de juego. El campo de juego sigue siendo sagrado, entran 22 tipos y un árbitro y durante noventa minutos no existe para ellos nada más en todo el planeta que ese mágico y salvaje rectángulo verde de (más o menos) cien metros por setenta y cinco. Hace doce años, Juan Villoro escribió para La Jornada un diario sobre el Mundial de Francia ’98. En una de sus primeras crónicas decía, con más literatura y mejor ojo que yo, algo parecido a lo que intenté expresar en el párrafo anterior. "En todo gran partido", decía Villoro, "la cancha vuelve a ser un terregal, una calle de barrio, un patio de la escuela". Me parece una imagen extraordinaria, porque nos recuerda la magia que tiene el futbol cada vez que el árbitro pita el inicio de un partido, es como si el mundo empezara otra vez de cero, como si las posibilidades fueran infinitas, como si fácilmente pudiésemos volver a ser, si lo intentáramos, aquellos niños pateando balones en el terregal. Nos vemos mañana.

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Hernán Iglesias Illa. Escritor argentino. Vive en Nueva York. Su último libro es "Miami: turistas, colonos y aventureros en la última frontera de América Latina" y su página web es hernanii.net".

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