Miedo escénico

Desasosiego, ansiedad, miedo al fracaso, pánico,... En los años 80 se forjó una leyenda, un sentimiento de lucha, una capacidad de esfuerzo que Jorge Valdano acuñó bajo el término de "miedo...

Desasosiego, ansiedad, miedo al fracaso, pánico,... En los años 80 se forjó una leyenda, un sentimiento de lucha, una capacidad de esfuerzo que Jorge Valdano acuñó bajo el término de "miedo escénico", y que se encarnó en un espíritu de remontada que superó adversidades a través de una simbiosis entre el equipo (el Real Madrid) y la grada, que empujaba a su equipo a remontar marcadores de hasta 3 goles en contra. Y lo conseguían siempre. La táctica era salir a jugar como si fuera la última vez, tirar lo antes posible a puerta aunque fuera desviado, pero como decía Camacho, con la condición de que la pelota golpeara fuerte la chapa de las vallas publicitarias para que el sonido acabara de destemplar al portero y para que la grada enloqueciera aún más con su equipo. Era el principio del fin para el rival. Con una grada enloquecida entregada y un equipo decidido a la victoria, el Madrid ha ganado 9 copas de Europa, o el Barcelona ha vapuleado al Real durante los últimos 20 años en su estadio, sin necesidad en ambos casos de lanzar botellas, encender bengalas, o detenerse en las alineaciones al nombrar a Figo para que la gente le insultara a su gusto. El fútbol actual mucho ha cambiado en los últimos años en Europa, y la seguridad en los campos (asientos, tornos, accesos, vigilancia,...) ha aumentado tanto como los sueldos de las estrellas. Pero podríamos decir que esa seguridad ha enfriado muchos ambientes en estadios que antaño eran conocidos como "olla a presión", "caldera" o "infierno"; sin embargo, cuando llegan las máximas rivalidades -el ´derby´ inglés, la ´sfida´ italiana o el ´clásico´ argentino-, se despiertan los sentimientos primarios en la grada, que reserva su fogosidad para las grandes ocasiones. El Camp Nou de Barcelona durante el choque con el Real Madrid fue el claro ejemplo de que la personalidad de la grada está viva, pero ejemplifica a su vez que la pasión se rebasa con la misma facilidad con la que un jugador cambia de equipo por unos millones. Los mismos millones que en su día hicieron tomar el vuelo Madrid-Barcelona a jugadores como Luis Enrique. La prensa ha saltado de la hipocresía de decir que “esto sólo es un juego”, a llamar “Judas” a un jugador y justificar el lanzamiento de botellas desde la grada. Ni lo uno ni lo otro. El fútbol es tan grande porque no es sólo un “juego”, no es sólo un deporte, no es sólo un espectáculo, ni una religión. Es grande porque el aficionado se involucra con una idea, un club, unos colores y una historia. El hincha de fútbol no va al estadio como el que va a la ópera; sufre, se levanta, ríe, llora, recrimina, anima y en el peor de los casos paga el estrés de la semana gritándole algo al árbitro. Exacto, en ninguna de estas opciones tiene cabida la violencia. ¿Qué americanista se alegraría de que su ídolo se convirtiera a los pumas? ¿Pero qué americanista rompería los cristales del bus de los pumas? Ninguno en ambos casos, porque el fútbol como tal no tiene cabida para la “ópera”, pero menos para los ‘hooligans’. La delgada línea que separa el “miedo escénico” de los incidentes del Camp Nou pende de una cuerda tan floja que la ineptitud de la prensa o los directivos pueden desbordar los sentimientos hasta de un campo que nunca en su historia había sido clausurado.

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