Chelsea y una forma de ganar

En el futbol como en la vida, se puede ganar de muchas formas.

En el futbol como en la vida, se puede ganar de muchas formas. Es válido hacerlo con la pelota o sin ella, buscando con ahínco y persistencia el arco rival o haciéndolo sólo en esporádicos contragolpes; privilegiando dones ofensivos propios o neutralizando los recursos ajenos. Teniendo como argumento el toque o el rechace. Creyendo en tu fuerza o reconociendo tus debilidades. Haciendo del futbol un juego en el que se goza con responsabilidad o arrebatándole todo sentido lúdico al deporte para convertirlo apenas en un trabajo arduo y solidario. Apostando a la fuerza y la destrucción, o al ingenio y la inventiva. Dándole más importancia al orden o al talento. Todos esos caminos son perfectamente válidos, y no hay un sistema táctico único e infalible por naturaleza. Y es que también se debe entender al azar, aunque muchos lo crean controlable, como parte a veces decisiva de este deporte. En cierto que en muchas ocasiones el triunfo llega como consecuencia de un mejor hacer respecto a tu rival, pero no siempre. A veces la victoria se entrega a quien menos la pretende. Tomar más o menos riesgos no implica estar más cerca o lejos del objetivo. Este deporte es tan maravilloso que no siempre se impone el que se equivoca menos, tampoco lo hace el que se atreve más. Sé que en esta sociedad resultadista criticar a un campeón siempre resulta censurable y de mal gusto, casi un síntoma o de ignorancia o de amargura. Sin embargo, creo que un verdadero periodista no debe ser apegar sus opiniones al peso de un resultado, que por más irreversible que sea, no puede ser el único sustento de un análisis. Creer que en el futbol el fin justifica los medios es menospreciar lo que ha hecho de este deporte un entretenimiento mundial. El futbol tiene estas cosas. Hoy Chelsea, con un futbol poco vistoso, con mucha entrega, mucho músculo y mucha suerte, ha conquistado el trofeo más importante de toda su historia. Y es que aún siendo un equipo que hoy está de moda, se trata de un club de mucha tradición, pero de tamaño mediano que no ganó relieve internacional sino a partir de la llegada de Roman Abramovich y sus millones en el 2003, este Chelsea está lejos de ser el mejor de la historia, aunque haya accedido al trofeo más anhelado. Este mismo equipo londinense tuvo mejores futbolistas, mejores técnicos y mejores colectivos que nunca ganaron la deseada Orejona. O alguno de verdad piensa que, por ejemplo, Roberto di Matteo sabe más o es más inteligente o es mejor entrenador que José Mourinho o Guss Hiddink, por citar a dos estrategas prestigiados que con un montón de millones a su disposición no fueron capaces de darle al Chelsea lo que el sábado pasado consiguió. Soy un convencido de que el Chelsea no sólo eligió un estilo gris y opaco para ganar; incluso apegados a un discurso futbolístico excesivamente defensivo, no acabó haciendo bien esa tarea y aún así logró el éxito. Prueba de ello es que durante esta Champions fue el equipo al que más remates le hicieron, con 245 tiros en total para una media de 19 por partido, sólo inferior a la de dos escuadras de rango menor como el Apoel (23 tiros por juego) y el Bate Borisov (21). Incluso entre los dos partidos ante el FC Barcelona y el Bayern, la defensa de los “Blues” permitió 81 disparos a su meta, de los cuales 18 iban con dirección a gol, siendo la mayoría de ellos contenidos por el fabuloso Petr Cech y por los postes que le salvaron en al menos seis ocasiones. Algunos dirán que el campeón siempre tiene a la diosa fortuna alineando de su lado. Seguramente así es, pero pocas veces ésta fue tan determinante y llevó tan lejos a un equipo que hizo tan poco. Me cuesta valorar lo visto al equipo de Di Matteo como un pulcro o impecable trabajo defensivo, cuando además de las valiosas intervenciones de su extraordinario guardameta se agregaron tremendas pifias de los atacantes en turno. Cierto, los errores ajenos son parte del juego, pero jamás pueden planearse o presupuestarse como consecuencias de un planteamiento táctico, porque como la suerte, son situaciones incontrolables, y apostar a ellos es quedar expuesto aún más al azar. Las consecuencias del triunfo del Chelsea este año valen en principio lo mismo que el del Barcelona el año pasado. En realidad, hay grandes distancias entre ambas conquistas. La del 2011 nos enseña que no hay que renunciar al espectáculo para alcanzar la gloria, que se puede ser efectivo sin renunciar a la belleza. La del Chelsea, en cambio, nos recuerda que el futbol es muy generoso y tan maravillosamente impredecible, que entrega alegrías incluso a quienes hacen poco por ellas. Tal vez haya que hacer una diferencia más. Aquel Barcelona  fue un gran campeón que entregó felicidad incluso a observadores imparciales, este Chelsea es igualmente campeón y le dio una inmensa alegría sólo a sus fieles y orgullosos seguidores. Ambos enseñan que a la gloria en el futbol se puede llegar de distintos caminos, aunque en la verdadera eternidad no acceden todos los que alzan un trofeo, aunque sea la prestigiada “Orejona”.

Newsletter MT
Suscríbete a nuestro boletín de noticias deportivas.
No te pierdas