La tomada de pelo del Madrid-Barcelona

Rondaban las once menos cuarto de la noche cuando me di cuenta de que acababa de tener una experiencia increíble. Yo sabía perfectamente que era tres de marzo y que estaba en el año 2001, pero aún...

Rondaban las once menos cuarto de la noche cuando me di cuenta de que acababa de tener una experiencia increíble. Yo sabía perfectamente que era tres de marzo y que estaba en el año 2001, pero aún así lo que aquella noche había vivido me había transportado varias décadas atrás. Entre gotas de sudor que bajaban serpenteantes por mi frente intentaba poner en orden mis pensamientos. Yo aquello no lo había vivido antes. Sin embargo, me era familiar, tan familiar como si hubiese estado presente en mis años de niñez, de aprendizaje, de adolescencia... Sentía que lo sucedido era inherente a la sociedad que me había tocado vivir, aún así dudaba que fuera lo correcto. Y es que quizás en otra cosa no, pero en ir contracorriente soy una especialista consumado. Como había pruebas de lo acontecido me decidí minutos después a revisarlas en profundidad. No quería emitir un juicio atolondrado y fuera de contexto. Quería ser subjetivo, aunque eso era una utopía. Lacónicamente busqué el mando del vídeo entre un mar de palomitas y latas de aquel refresco burbujeante y negro (no digo Coca-Cola para no hacer publicidad gratuita). Al final lo encontré agazapado entre una revista de arqueología y otra del corazón. Con el vientre vacío después de darle suavemente contra la mesa en aquel fatídico minuto tuve que ponerle de nuevo las tres pilas pequeñas que le daban vida. Me costó un poco encontrar el botón de play, porque se había quedado incrustado ligeramente junto al de stop. Un palillo de los dientes solucionó el problema y accioné el botoncito. La pantalla tomó una tonalidad blanca durante unas milésimas de segundo y como reacción habitual me tapé la cara con las dos manos. Cuando comenzaron a escucharse unas vocecillas, que casualmente provenían del receptor televisivo, instintivamente mis ojos se abrieron. Todo estaba lleno de personas gritando, agitando papeles e improperios a la misma vez. Uno no podía captar todo, pero sin remediarlo mis pupilas se clavaron en aquel bulto negro y amarillo macilento. Un sinfín de imágenes incoherentes se agolparon en mi cerebro y un leve silbido taladró mis pabellones auditivos. Eso había sido el causante de mi actual desazón y ahora lo volvía a tener ante mí. Sin dudarlo, aparté todos los objetos que podrían perecer bajo mi ira como anteriormente y me volví a concentrar en aquel punto. Todo volvía a suceder igual. Apreté atrás y adelante en el mando del vídeo, pero no me sirvió de nada. Yo seguía viendo lo mismo y nada me hacía cambiar de opinión. No sé que haré a partir de ahora, pero desde luego la próxima vez que vea un Madrid-Barcelona y pase lo mismo que este último... no pienso grabármelo en vídeo. Es toda una agonía ver el pase de Alfonso a Rivaldo. El tiro seco del crack brasileño que rasante toca la pierna del madridista Iván Helguera y que inexorablemente perfora una y otra vez la portería defendida por Iker Casillas. No pienso volver a quitar la alegría de mi cara al celebrar el gol y mucho menos pienso poner una mueca estilo Forrest Gump (por no decir de gilipollas) cuando el árbitro auxiliar De los Santos Omar anule incomprensiblemente la victoria azulgrana en el último minuto en el Santiago Bernabéu. Ya sé que para muchos el destino está escrito, que lo que tiene que pasar ya se conoce. Pero uno lucha por no creerlo. Uno piensa que debe ganar el mejor, pero claro... uno también cree que juegan 11 contra 11 y visto lo visto... ahí las matemáticas fallan.

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