Exceso de enjundia

POR: José Escamilla

POR: José Escamilla Como todos ustedes ya lo saben, nunca he ocultado mi amor hacía los colores Azul y Oro de mis Pumas. Hacerlo, (ocultarlo), sería un engaño a mis lectores, que deben de leerme bajo la perspectiva de mi situación futbolera. Mi deber como comunicólogo, es el ser imparcial, aunque esto sea humanamente imposible porque siempre tenemos un punto de vista que, querámoslo o no, nos influye. Es por ello que considero ético hacer pública mi preferencia por el equipo del pedregal. No sabría decirles si mi condición de Puma sea bueno o malo para el equipo, en el sentido de que cuando analizo partidos como el del domingo contra Tecos, lo hago con el corazón desgarrado en la mano. Esto provoca que mi juicio se vea influenciado por el dolor que me causa ver a un equipo de esa tradición, ser arrastrado en su casa y ante su afición. Faltando diez minutos para que terminara el encuentro me encontraba detrás de la portería del pulpo Zuñiga. Ahí, a escasos dos metros de donde se encontraba Horacio Sánchez y Pablo Caballero, fui testigo del dolor de la afición expresado en mentadas y rechifla, y de cómo se oía todo eso a nivel de cancha. A veces yo me preguntaba si todo lo que se gritaba en la tribuna, no se convertía en una especie de sonido sordo y e indescifrable.... Yo les puedo decir que el domingo se oía claro y fuerte el grito de ¡HUEVONES! Al momento del silbatazo final me dirigí a Joaquín Beltrán, quien se encontraba visiblemente molesto, y que, al parecer, era el único que entendía el porque de la actitud de su afición. Ni Ubaldi, ni Yegros, ni Mascorro, ni Caballero, ni Donoso, están obligados, (todavía), a entender el significado de la mística universitaria, pero Horacio Sánchez, y compañía deberían de callarse la boca, bajar la cabeza, y en vez de buscar excusas o culpables, ponerse a trabajar y jugar como hombrecitos... ¡Cómo extrañé a Sancho! Después de los “magníficos” movimientos de la directiva auriazul, (quienes trajeron a buenos jugadores, pero olvidaron que en Pumas pesa más la garra y la entrega histórica), al parecer, sólo quedaron, Beltrán, “Gonzo” y Torrado (si es que firma) para transmitir ese sentimiento. Era de espanto ver a Horacio Sánchez, quien debería de conocer perfectamente el compromiso de llevar bien puesta esa camiseta, preguntarse porque la tribuna le recriminaba, cuando se la pasó jugando como si fuera Cuauthémoc Blanco: gritó, hizo berrinches, se hizo el lesionado, y buscó más el lucimiento personal que el de su equipo. No puedo enjuiciar a los nuevos elementos Puma con la misma vara que medí a los que se supone son los encargados de transmitir el espíritu, y el significado universitario de la entrega y el coraje a sus nuevos compañeros, pero si se le puede exigir a Caballero, (sin duda un buen jugador), que cuando pierda un balón regrese a recuperarlo, así le dé un infarto. Esos desplantes de huevón, (como bien se lo gritaron), que se los deje a Berti o a ver quien más, porque en C.U. le van a dar muchos dolores de cabeza. Me dio gusto ver a la porra puma reconocer el esfuerzo puesto en la cancha de Beltrán, aunque el del domingo no fuera su mejor partido. A la gente que no le va a los Pumas, quisiera pedirles una disculpa por esta columna, pero de verdad era imposible dejar a un lado esto que duele, y duele bien. escamilla@mediotiempo.com

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