Argentinos...

Me  hace muchísima gracia cuando alguno de los cultos y amables lectores de esta y otras columnas se toma la molestia de emitir su opinión y se ocupa de calificar a un servidor como “xenófobo”, es...

Me  hace muchísima gracia cuando alguno de los cultos y amables lectores de esta y otras columnas se toma la molestia de emitir su opinión y se ocupa de calificar a un servidor como “xenófobo”, es decir, que le tiene fobia a lo extranjero. Nada más lejano a la realidad.  Por supuesto que presumo de ser mexicano, y estoy orgulloso de todo lo bueno que implica el nacionalismo bien entendido, pero en lo que respecta al ámbito futbolístico me he declarado siempre un gran admirador de lo que se hace en otros países, con la esperanza de poder igualarlo en él nuestro y, por qué no, mejorarlo incluso.

Siempre fui acérrimo hincha de Uruguay, a pesar de que no me tocaron sus epopeyas históricas, en oposición a muchos de mis compatriotas que admiraban incondicionalmente, y lo siguen haciendo por supuesto, a unos colores con los que siempre se han identificado ( y a veces confundido) la mayoría de los mexicanos: los verdes y amarillos de Brasil. Pero desde que empecé a ver fútbol me llamó mucho la atención el que un país como Argentina no hubiese, por aquellos años, conseguido algún triunfo resonante en el ámbito de selecciones, y me volví admirador de los triunfos de Rácing y Estudiantes de la Plata en los años 60. Sufrí en carne propia la eliminación albiceleste del Mundial de ’70 y me aprendí de memoria las alineaciones de los mejores equipos de esa década, desde Huracán a Independiente, pasando de las tragedias deportivas del Mundial ’74 a la felicidad de ver a Argentina campeón en ’78 y luego en el ’86 con el mejor jugador que vi en mi vida: Diego Maradona.

Los que me conocen saben que lo festejé casi como si se tratara de un triunfo de nuestra selección, a la cual me hubiera gustado ver triunfar, a pesar de reconocer que aún nos faltaba mucho para alcanzar niveles realmente competitivos que nos permitieran acceder a la posibilidad de ser mejores. Un buen día, con el paso del tiempo y con mayor objetividad, ya dentro del medio futbolístico, me empecé a percatar de que el jugador mexicano tiene las condiciones suficientes como para competir con cualquiera en prácticamente todos los aspectos que implica el ser un jugador exitoso. Todos excepto uno, el aspecto mental. Me di cuenta, y lo he seguido corroborando con la excepción confirmatoria de Hugo Sánchez, que la solución sería la de conseguir, empezando con cambiar la opinión pública nacional, que desde jóvenes nuestros talentos pudieran adquirir una confianza en sí mismos y en sus propias posibilidades, que les permitieran dejar de admirar simplemente a los jugadores de otros lados y convencerse de poder llegar a ser los mejores. Ese aspecto fue quizás el que más admiré siempre de los rioplatenses, el de sentirse siempre mejores que los demás y conseguir, como  diría un dramaturgo español de principios del siglo pasado, que “. el mejor negocio del mundo sea el de comprar a los argentinos por lo que valen y venderlos por lo que ellos se creen que valen” .

Muchos de mis mejores amigos, casi todos llegados a México gracias al fútbol, son precisamente argentinos, y reconozco que nuestro fútbol le debe mucho a gentes venidas de ese hermano país y de otros del cono sur, que han aportado su calidad deportiva y humana a favor del desarrollo de este deporte entre nosotros. No en balde México ocupa el 2º lugar, después de España, como el mayor importador de futbolistas argentinos en el mundo en la actualidad. Sin embargo, ya en los tiempos que corren, no dejo de preguntarme si a una empresa eminentemente exportadora como resulta ser el fútbol argentino, le convendría realmente que el mercado mexicano se llegase a convertir, como le sucedió a Colombia en su momento, en un país autosuficiente en cuanto a la producción de talentos futbolísticos y dejara por lo menos de importar la gran cantidad y, a veces, calidad que viene de fuera, en detrimento directo o indirecto de la producción nacional. Obviamente que no le conviene a Argentina que se le cierre un mercado tan importante como el nuestro, y por eso uno se explica la aparentemente absurda ingerencia que tiene en ciertas decisiones que toman nuestros dirigentes la omnipresencia de algunos personajes venidos de esas latitudes que, lejos de aportar algo como en su época hicieron gentes ejemplares como Valdatti, Cesarini o Scopelli, por nombrar sólo algunos, se dedican por ineptitud o mala fe a obstaculizar el desarrollo de nuestros posibles talentos y a perpetuar la idea, tan conveniente para ellos,  de que los mexicanos somos incapaces de ser triunfadores, mientras nos llenamos de importados de dudosa

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