Maradona y Pelé

Gracias a la televisión tuvimos  la oportunidad de ver juntos a dos de los mejores futbolistas que hayan existido en la historia en un programa que, a pesar de resultar un poco cursi, sirvió para...

Gracias a la televisión tuvimos  la oportunidad de ver juntos a dos de los mejores futbolistas que hayan existido en la historia en un programa que, a pesar de resultar un poco cursi, sirvió para ver como un rejuvenecido Diego hacía las paces con un eterno Edson, con quien lo habían enfrentado algunas opiniones y ciertos “amarra navajas” que nunca faltan. Lo cierto es que dio gusto ver la sincera alegría con que ambos se abrazaban y hasta dominaban la pelota, más allá de comprobar que como cantantes se hubiesen muerto de hambre, y confirmar el que a pesar de su fama y de sus ya flacas fortunas, los dos son ante todo tan humanos como usted y como yo. Por cierto, me encantaría verlos juntos en un reportaje en la cancha del Estadio Azteca, donde ambos vivieron, curiosamente, la cúspide de sus carreras.

Pero eso de señalar tan tajantemente que fulano o mengano son o fueron los mejores del mundo, en un deporte que es fundamentalmente de conjunto, siempre me ha sonado como una exageración de los medios que tienden a magnificar las cosas y a simplificar por otra parte cualquier análisis mediante el culto a la personalidad del supuesto “astro”. Si las comparaciones son odiosas, en el fútbol son poco congruentes debido a la enorme diferencia entre los tiempos en que ambos jugaron, casi comparables a la distancia que hay entre Fangio y Schumacher en el automovilismo, por ejemplo. Si en el ’70 Pelé y compañía jugaban a 60 Km por hora, en el ’86 Maradona y sus comparsas lo hacían a 120, aunque no cabe duda que un buen jugador lo podría haber sido en cualquier época, salvando las diferencias con una preparación física similar.

Hay mucha gente en Brasil que dice que Zizinho ( jugador de los años ’40 y ‘50) fue quizás mejor que Pelé, y otros señalan a Leonidas Da Silva ( de los años ‘30) como el máximo astro brasileño de la historia. En Argentina todavía viven aquellos que suspiran al recordar a figuras como Moreno y Labruna, a quienes señalan como los verdaderos astros del fútbol rioplatense, más allá de Di Stéfano, a quien los europeos prefieren a la hora de escoger el mejor de todos los tiempos, delante de Cruyff y Beckenbahuer, o de Stanley Mathews, inclusive, los mismos ingleses.

No cabe duda que es seductora la tentación de dar nombres y recordar figuras, aún a riesgo de olvidar a otros grandes exponentes del deporte más atrayente del orbe, pero debemos recordar que este juego será siempre de conjunto y que ningún  jugador por sí solo hubiera podido ganar nunca ningún partido de fútbol en ninguna época.

Lo que sí me queda claro es que, si mañana se murieran todos los directivos, entrenadores, árbitros y periodistas del mundo, y solo sobrevivieran los jugadores y los aficionados, el fútbol se seguiría jugando al día siguiente; eso se los aseguro.

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