El Jugador Número Doce

Por: Julio César Lira

Por: Julio César Lira El comentarista de Televisa, Juan Pablo Romero, fue muy certero al decir que el Pachuca en el triunfo ante el Guadalajara por dos goles a cero, lo había hecho con doce jugadores. No se refería, claro, al usado cliché del apoyo del público, se refería al malogrado ídolo recién ido y es que el espíritu de Pablo Hernán estuvo presente en el Jalisco, cuando Pachuca jugó casi perfecto, con futbol de toque, con escasos errores en defensa y con una determinación a toda prueba, esa determinación de guerrero que siempre exhibía Pablo Hernán. ¿Cómo no recordar aquel momento en el estadio Morelos cuando Pachuca perdía por dos goles a cero en el partido de repechaje?, entonces Pablo, Caballero indómito, en jugada personal de habilidad combinada con tamaños, penetró entre dos defensas rivales se plantó ante Comizzo y disparó al lado izquierdo, poniendo en el marcador a los Tuzos, reanimando la esperanza, esa esperanza que creció de su mano hasta convertirse en un inesperado campeonato. Y es que Pablo Hernán, como nadie, entendió lo que era ponerse la piel de tuzo, por eso cuando muchos capitalinos azorados no entendían cómo se celebraba la salvación del equipo en el propio Estadio Azteca, Pablo enarbolaba su camiseta en lo alto, daba la vuelta olímpica en hombros de los aficionados pachuqueños, porque Pablo, tardó poco en entender del sentimiento que habían causado los descensos y una historia blanquiazul plagada del sufrimiento de sus aficionados, incluyendo la celebración de siete finales de ascenso, de las cuales perdió cuatro. Así las cosas, cuando Pachuca en siguiente temporada, logró el inusitado campeonato, con un gol que anoto Glaría con algo que sintetizó la historia del Pachuca, Pablo fue el primero en encaramarse en la alambrada del Azul, y agitando la playera, cantaba con la barra ultratuza, como uno más de sus integrantes y entonces entendimos que a este argentino-hidalguense se le había tatuado el escudo tuzo en el alma. Por eso, no resulta sorprendente que en el momento lacerante de su entrega al creador, el pueblo, ese pueblo que tanto le adoró, le acompañara a pie, con niños en los brazos, por ejemplo, y le cantara, como hizo en el estadio, con algo que más que una porra, fue una promesa con tintes de oración, “Gracias Pablo, que esta barra jamás te olvidará”. Sí, como dice Javier Aguirre, Pablo fue un torbellino, un torbellino que se casó a los dieciocho años, que volaba como un rayo por las bandas, que amó y vivió intensamente, y así se fue, en una tarde cualquiera, cuando a la afición tuza le dieron un mazazo en la cabeza al enterarse de su ida, dejándola desprotegida, y parafraseando a Mario Benedetti, quedaron consternados rabiosos, porque el más grande de sus míticos héroes, no estaría más cortando cabezas de dragones rivales, pero Pablo, nos sigue sorprendiendo, porque como el Cid Campeador, el domingo nos demostró, que sigue ganando batallas después de muerto.

Newsletter MT
Suscríbete a nuestro boletín de noticias deportivas.
No te pierdas