El auténtico protagonista del juego

Por: Morpheus

Por: Morpheus

En alguna ocasión, el escritor Adolfo Bioy Casares dijo que “La mejor forma de adquirir temple ante la adversidad es ser hincha de un club perdedor”. Y no le falta razón. En Guadalajara es conocida la frase, acuñada quizá por algún aficionado a punto del suicidio, que dice: “¡Con el Atlas, aunque gane!”.

Esto que parece la toma de conciencia de un destino fatal no es, sin embargo, un obstáculo para que el aficionado viva todos los días la pasión por el futbol. Porque un hincha no necesita de explicaciones ni de estadísticas para justificar sus sentimientos, su equipo puede ser un perdedor consumado, pero siempre quedan los recuerdos del torneo ganado hace treinta años y la expectativa de que en el próximo –ahora sí- serán campeones.

En esencia, hay dos componentes básicos en el futbol: los jugadores y el público. De los primeros depende el gozo, de los segundos la crónica puntual de las proezas que llevan a cabos sus jugadores y del ridículo hecho por los contrarios en el terreno de juego. Crónica que se profiere, una y otra vez, a quien quiera escucharla.

En esta comunión nada tienen que hacer los directivos, empresarios y burócratas del futbol. Estos, desde las alturas de sus palcos, observan sin mirar los partidos, más preocupados por conocer el estado de sus finanzas y, junto con su pandilla, elucubrando sobre cómo manejar los hilos del poder de la gran “familia” futbolística. Queda claro que si los dueños o los directivos de un equipo no asisten a sus partidos, el futbol pese a todo sigue viviendo. Pero no hay nada más desolador que un estadio vacío, es la pasión en agonía, el anticipo de la muerte que se avecina. Dice el escritor uruguayo Eduardo Galeano que el jugador número doce sabe “que es él quien sopla los vientos de fervor que empujan la pelota cuando ella se duerme, como bien saben los otros once jugadores que jugar sin hinchada es como bailar sin música”.

El mismo Galeano hace una distinción que considero importante: en el futbol hay hinchas y hay fanáticos. Los hinchas “susurran plegarias y maldiciones y de pronto se rompen la garganta en una ovación y saltan abrazando al desconocido que grita el gol a su lado. Con miles de devotos comparte la certeza de que somos los mejores, todos los árbitros están vendidos, todos los rivales son tramposos”. Por el contrario, “el fanático es el hincha en el manicomio. Nunca viene solo. Metido en la barra brava, peligroso ciempiés, el humillado se hace humillante y da miedo el miedoso. Lo suyo es la tribuna. Ahí está su campo de batalla. La sola existencia del hincha del otro club constituye una provocación inadmisible. El fanático no puede distraerse, porque el enemigo acecha por todas partes”.

Con todo, para algunos el futbol es una religión donde ofician no uno, sino once sacerdotes. Para otros, es un espacio casi literario, porque el futbol no es un espectáculo que se da por evasión, es una metáfora de la vida misma. Pero también, como expresa el escritor nicaragüense Sergio Ramírez, el futbol se puede convertir en una droga dura, una especie de fundamentalismo donde se utiliza la violencia y se destruye en nombre de esta religión. O se es capaz de asesinar a alguien porque le mete un gol a su propia selección. Como quiera que sea, el futbol sería una ficción si no hubiera público. Éste es el personaje principal. El futbolista podrá hacer una y mil maravillas en el terreno de juego: un túnel al criminal defensa, un gol de chilena, un dribling imposible; no obstante, cualquier prodigio futbolístico pierde sentido sin no hay aficionado que lo aplauda.

Los jugadores y sus portentos futbolísticos son el reflejo de nuestros sueños, de lo que nosotros hubiéramos sido capaces de hacer en la cancha si la oportunidad se nos hubiera presentado. Yo, por lo pronto, confieso que al igual que el caricaturista Roberto Fontanarrosa, puedo decir que dos razones truncaron mi carrera futbolística: mi pierna derecha y mi pierna izquierda. Sin embargo, como aficionado, cada que veo un juego de mi equipo, en mi interior sé que el verdadero protagonista del partido soy yo.

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