Futbolistas incomprensiblemente endiosados

Los futbolistas cotizados y renombrados gozan actualmente de una mayoritaria admiración popular, rayana a veces en la idolatría, en la veneración, que, quien esto escribe, estima absurda y...

Los futbolistas cotizados y renombrados gozan actualmente de una mayoritaria admiración popular, rayana a veces en la idolatría, en la veneración, que, quien esto escribe, estima absurda y disparatada. Quienes amamos el fútbol y nos deleitamos observando el talento balompédico de esos jugadores sobresalientes a los que la naturaleza les dotó de tan preciado y apreciado don, debemos valorar a esos deportistas privilegiados únicamente en la parcela en que (exceptuando casos honrosos) destacan. De un futbolista descollante debe considerarse su calidad técnica, su capacidad física, su plasticidad en la ejecución de las jugadas, su eficiencia y su seriedad profesional. Todo ello evaluado y admirado en su actuación sobre el terreno de juego. Poco más. Fuera del césped, nuestros ídolos deben ser otros. Soslayando las bochornosas e incluso inmorales cantidades de dinero que perciben, los jugadores ilustres se han convertido en millonarios en adoración. Y los periodistas han contribuido a ello. Cualquier palabra, cualquier gesto suyo, es noticia. Pese a que casi siempre dicen y hacen lo mismo. En los medios de comunicación disfrutan de mayor atención de la que se dedica a asuntos más relevantes. Los niños los reverencian e idolatran vastamente. Hasta llegan a pelearse con otros críos si su favorito es censurado. Son los dioses de nuestro tiempo. Son jóvenes, ricos, elegantes, de cuerpos atléticos... Cada vez se les critica menos en los medios de difusión, quizás por temor a que el futbolista examinado deje de hablar para el medio que lo analiza (eso, cuando hablan, pues en ocasiones ni lo hacen, o lo hacen con desgana), quizás por miedo a que la legión de seguidores incondicionales del jugador no vuelvan a leer, escuchar o mirar el medio en que su tótem balompédico ha sido reprochado. Quien arriba firma este artículo ha idolatrado e idolatrará a Diego Armando Maradona pisando un campo de fútbol. Sobre la hierba, el número uno en los últimos veinte años. Acaso fue la mano de Dios la que, juzgando que ese fenómeno era lo más parecido a un Dios futbolístico en la tierra, le marcó el recordado gol a Inglaterra en el Mundial de México ’86. Sin embargo, este virtuoso del balón, por lo que todos conocemos, jamás puede servir de modelo para nadie fuera del rectángulo yerboso. Como él, en lo relativo a su proceder más allá del terreno de juego, muchos otros. A los jugadores se les ensalza tanto que acaban creyéndose lo que no son. Son caprichosos, consentidos (salvo, entiéndase, algún ejemplo de lo contrario); opinan sentando cátedra acerca de lo que se les pregunte, y, los aficionados, embobados por el halo divino que les acompaña, modelan su opinión en función de lo manifestado por el futbolista. A quien esto redacta, sinceramente, poco le interesa el parecer de un jugador sobre un tema ajeno al fútbol. Ahora bien, si su comentario versa sobre este maravilloso deporte, servidor le presta la máxima atención. Nos hemos confundido de deidades. Un futbolista extraordinario sólo puede ser prototipo de algo dentro de la cancha. Fuera de ella, nuestros superhombres, nuestros semidioses, deben ser otros. Un científico que trabaja en pro de la humanidad, un padre o una madre que brega hasta la extenuación para sacar a su familia adelante, una persona que dedica su vida a ayudar a los desfavorecidos, alguien que antepone el interés ajeno al particular... Estos y otros muchos ejemplos que usted, respetado lector, tendrá en la mente, han de significar hoy día nuestros héroes, nuestras divinidades terrenales. Si un excepcional futbolista es, además de ello, un individuo intachable y cabal en su vida extradeportiva, entonces, quien esto subscribe, se quita el sombrero que no lleva puesto. Alguno debe de haber. Servidor, de momento, no sabe de ninguno. ¿Y usted?

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