Los futbolistas, ¿sienten el escudo de su camiseta?

No sé ustedes, dilectos lectores, pero el que firma estas palabras observa cada vez menos romanticismo en el orbe futbolístico. Ello, no sólo referido al inadmisible mercantilismo que se ha...

No sé ustedes, dilectos lectores, pero el que firma estas palabras observa cada vez menos romanticismo en el orbe futbolístico. Ello, no sólo referido al inadmisible mercantilismo que se ha apoderado de este encantador deporte, sino también a la bochornosa compostura de mercenarios balompédicos que presentan la mayoría de los futbolistas. Alguno de ustedes tomará a este humilde articulista por un espécimen obsolescente, atrasado (que no retrasado), anticuado y caduco. Puede ser, no les llevaré la contraria del todo, pues quien garabatea estas líneas siempre sintió inclinación singular por aquel movimiento de la primera mitad del siglo XIX y por lo que, hoy día, se entiende también como propio de un romántico, esto es, las cualidades de sentimental, generoso y soñador. Ahora bien, antes de llamarme “viejo en cuerpo de joven”, déjenme que les explique. Uno, sin que ello revele que simpatiza con tendencias políticas extremistas (hay que señalarlo claramente, pues los “progres” están a la que salta), se siente español. Me parieron en España y amo las cosas de este país. Igual creo yo que les sucede a ustedes, mayoritarios lectores mexicanos, con su nación, con México. Es un sentimiento particular, íntimo, semejante al que se experimenta hacia el distrito, la ciudad o región natal. El fútbol, estimados internautas, si de algo se alimenta en nuestra época es, precisamente, de sentimientos. Todos los aficionados sienten mayor o menor cariño por uno u otro equipo. El seguidor más imparcial sentirá, cuando menos, predilección por el conjunto de su barrio o localidad. Si alguno de ustedes no experimenta ese sentir, amablemente le invito a buscar en la derecha de la pantalla otra columna porque, de aquí hacia abajo, no va a comprender nada de lo que lea. Cada vez que nuestro equipo juega, sentimos a los futbolistas que en él lo hacen como depositarios de nuestro afecto al club, como prolongaciones de nosotros mismos, como representantes de un amor personal y colectivo hacia unos colores, hacia un escudo, hacia una población... Si nuestro equipo gana, nosotros ganamos. Y nos sentimos orgullosos de los jugadores que lo han hecho. Ojalá fuéramos ellos... Ocurre igualmente que creemos que esos futbolistas sienten lo mismo que nosotros. Es más, pensamos que entienden nuestra pasión, que su ilusión es la de hacer felices con sus actuaciones a los aficionados. Y eso, lamentablemente, no es así. Sólo les mueve el dinero y su interés personal. Pero, si esto puede llegar a ser comprensible, lo incomprensible (al menos para este modesto cibercolumnista) es lo que sucede con los jugadores que representan a un país. Vestir la camiseta nacional debería significar para cualquier futbolista la mayor satisfacción de su “carrera”. Uno podría ser un simple profesional ajeno a sentimientos en el equipo que le pagara, pero, la selección nacional, el equipo del país, debería suponer un orgullo para los seleccionados. Y ello, lamentablemente, no es así. En España por lo menos. Desde niño (dejé de serlo, creo), este que les habla por escrito admiró a aquellos futbolistas que, alineados, escuchaban hieráticos y respetuosos el himno de su país durante los instantes previos a los partidos internacionales. Esos jugadores parecían haber recogido con acierto el sentimiento que sus compatriotas les había transmitido. Parecían sentir la camiseta, el escudo que lucían. Sin embargo, los futbolistas españoles, excepto alguna honrosa excepción, en tanto sonaba el himno, se movían, miraban a un sitio y a otro, hablaban (no cantaban la letra, pues el himno español carece de ella) y, lo más penoso, mascaban chicle y escupían algún gargajo al césped. Y esto, por desgracia, sigue ocurriendo. El romanticismo en el fútbol sólo reside en el interior de los aficionados, los verdaderos y auténticos sostenedores de este espectáculo. Los actores, los jugadores, no son más que eso, actores que representan un papel, y que consiguen hacer creer al espectador que lo sienten ciertamente. Es una pena, pero, salvo que alguno de ustedes me convenza de lo contrario, es así. Tal vez todos lo sepamos y lo consintamos como parte del tinglado. Quizás la ausencia de ese sentimiento sea lo que causa que España jamás haya llegado a la final del Campeonato del Mundo, pese a que siempre se nos haga creer que es el combinado favorito. Acaso, un futbolista elegido por el seleccionador nacional, antes de enfundarse la zamarra de su país, debería contestar a la preguntas siguientes: ¿Siente usted el escudo de esa camiseta? ¿Sabe lo que los aficionados esperan de usted? Yo, vendería mi alma al diablo por jugar en la selección de mi país. Otros, parecen estar en ella a disgusto. La vida, una vez más, es injusta.

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