Surrealismo maradoniano

Mira la foto de Maradona tomada por Martín Palacio

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Era el medio tiempo entre Boca y Toluca en el Estadio de Vélez. Los xeneizes le estaban poniendo un baile a nuestros compatriotas y el complemento parecía destinado al suplicio.

Ya había sido expulsado José Manuel Cruzalta y no había manera de que surgiera nada bueno del tiempo que quedaba.

Para acabarla de amolar, empezó a llover a cántaros. Cuando los periodistas que fuimos a la cancha caminamos hacia la tribuna techada del estadio, descubrimos que cientos de aficionados boquenses habían ocupado nuestros lugares.

Pasé los cuarenta minutos del recital de Riquelme aguantando los gritos de tres gordos gigantescos que se levantaban cada vez que Boca se acercaba al marco toluqueño (es decir, todo el tiempo) y no me dejaban ver.

Por fin, cuando cayó el tercer tanto de los argentinos, decidí que era hora de irme. Llegué al túnel y estaba por irme cuando escuché un grito "¡Viene Maradona!", de la nada, apareció frente a mí el máximo ídolo en la historia del futbol argentino.

Nunca lo había visto en vivo y la primera impresión que me causó fue que estaba muy gordo. Después me llamaron la atención sus ojos: no veía para ningún lado, caminaba como si fuera sonámbulo.

De cualquier modo, me acerqué para tratarle de sacar una declaración. ¡Era una gran oportunidad periodística! pero pasó frente a mí como si no me hubiera visto, mientras sus dos guardaespaldas me sacaban del paso.

Un poco después llegó una cámara de televisión y le puso un micrófono enfrente. Con la mirada desorbitada y la voz exaltada, el Diego gritó, sin que viniera a cuento, "¡quiero mandarle un beso a la hinchada de Boca, los amo a todos, están en mi corazón!", un segundo más tarde fue imposible hacer nada porque cientos de aficionados llegaron quién sabe de dónde y empezaron a rodear a su ídolo.

Le dije al amigo con el que fui al estadio: "éste se nos muere en cualquier momento", y le sacamos una foto, que es la que ustedes pueden ver en la columna. Mi idea era, como lo escribí la semana pasada, contar lo que pasó sólo como una anécdota más dentro del surrealismo del futbol argentino.

Pero cuatro días después, Maradona fue internado y entonces las cosas cambiaron. La foto que ustedes pueden ver en la columna es, probablemente, la última imagen que alguien le sacó antes de que entrara al hospital y creo que muestra bien el estado del ídolo argentino, que lo llevó a donde está ahora.

Yo siempre he estado convencido de que a los grandes jugadores hay que juzgarlos por lo que hicieron dentro de la cancha y no por su actitud fuera de ella. Me molestan los comentarios moralinos sobre cómo todo lo que un genio queda borrado por sus excesos.

El propio Diego lo dijo: "la pelota no se mancha", y tiene razón. Sus extraordinarias jugadas quedarán para siempre.

Pero, por otro lado, el proceso de autodestrucción de Maradona es impresionante. Hablé con gente cercana a él después de enterarme de su internación y, por lo que me cuentan, nunca cambió sus hábitos. Come como desesperado, bebe sin medida y no ha dejado la cocaína. Se peleó con su ex esposa otra vez, tuvo más problemas familiares y estaba a punto de ser trasladado a Suiza a un centro de rehabilitación.

Ver esa foto y pensar que hace un poco más de un año estaba flaco y triunfaba en su programa de televisión muestra el nivel de exceso de alguien que, además, no puede engordar con facilidad por la operación gástrica a la que fue sometido. Y lo peor es que, con toda su pasión, los argentinos lo están matando.

Nadie lo critica, nadie le dice que está mal. En su afán por protegerlo, los medios se niegan a sacar la verdad y los aficionados le perdonan todo. El D10S se muere, y sus acólitos no se dan cuenta, o tal vez sí, pero, como avestruces, meten la cabeza en la tierra y piensan que así pasará el peligro.

(Nota final: Pido una disculpa por no poner las otras anécdotas del viaje, pero el caso Maradona merecía una columna aparte. El martes vuelvo a Europa, si no pasa nada importante, el próximo sábado contará más anécdotas argentinas. De otro modo, ya quedarán para otra ocasión.)

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