El final del futbol (como lo conocíamos)

Para quienes teníamos consciencia antes de la Ley Bosman, el futbol que conocíamos está muerto.

Para quienes teníamos consciencia antes de la Ley Bosman, el futbol que conocíamos está muerto. A los demás, déjenme que les cuente algunas cosas que sucedían en el pasado, que sin duda les van a asombrar. Les juro que todo lo que diré es cierto, aunque ahora parezca increíble. En los ochenta, el mejor jugador del mundo podía firmar con un equipo de media tabla en Italia y, casi sin ayuda, llevarlo a ganar dos veces la liga más competitiva del planeta. En ese entonces, la Champions League se jugaba a eliminación directa, y se llamaba Copa de Clubes Campeones de Europa (y, debo reconocer, tuve que googlear para recordar el nombre, se me había borrado por completo). En esa década, 9 clubes distintos ganaron el trofeo de clubes más importante del Viejo Continente. Ninguno de ellos fue el Manchester United, Barcelona o Real Madrid. El Hamburgo y el Steaua de Bucarest, que ahora nadie los escoge siquiera en el FIFA, dieron la vuelta olímpica en 1983 y 1986, el Estrella Roja de Belgrado lo hizo en 1991 y el Marsella en 1993. Hablando de videojuegos, antes ni soñar en manejar a tu jugador favorito, de hecho, si los palitos y bolitas parecían futbolistas, era por mera coincidencia. En Inglaterra (cuya liga no se llamaba la Premier), el Chelsea y el Manchester City estaban en segunda división. En España, la Real Sociedad y el Athletic de Bilbao ganaron cuatro ligas entre ellos y el Barcelona una, aunque, para ser justos, valga decir que el Madrid de Hugo Sánchez se llevó cinco. Pese a ello, los merengues nunca pudieron ganar la Champions. Y nadie le decía “Liga de las Estrellas” a España, simplemente porque no lo era. La religión futbolera implicaba levantarse rigurosamente a las 7 de la mañana para ver el calcio de Maradona, Platini, Laudrup, Mattheus, Gullit y Van Basten. Quitando esas transmisiones de Italia por Imevisión y el imprescindible partido del Real Madrid por Televisa, había que tener mucha suerte para pescar un partido de Europa en un fin de semana. Cuando llegaban los Mundiales y la Eurocopa de Naciones (no Euro), los jugadores eran un verdadero descubrimiento. Como no había Internet, lo que decían los comentaristas era ley, y en ese entonces había algunos que sí sabían de futbol o, por lo menos, eso nos parecía, porque no había como confirmar o desmentir lo que decían. Otro mundo, uno que ya se terminó. ¿Nostalgia? Un poco sí. En aquel entonces, Samuel Eto’o nunca hubiera podido firmar por un club desconocido ruso sólo por un cañonazo de millones. La camiseta contaba mucho más, y no sólo el número de unidades vendidas de la del Madrid, Manchester o Barcelona. ¡Vamos! Hasta era complicado conseguir una original. Los aficionados de los clubes más chicos tenían más esperanzas que las de evitar una goleada cada vez que enfrentaban a un grande. El futbol se ha masificado en estos años. Antes, los intelectuales lo despreciaban, ahora escriben sobre él. Y el dinero es rey, incluso si no lo tienes. Se pueden levantar imperios en un año con una avalancha de petrodólares. De hecho, esa es la única manera de modificar un poco el orden establecido. Gastar y gastar. Si un día Barça y Madrid no ganan la liga española, será el Málaga quien los suceda. Así le funcionó al Chelsky, y parece hacerlo con el Manchester City. De nuevo, el color que vale es el verde y no los demás. El Arsenal se derrumba por no poder competir económicamente con los nuevos tiempos. Ya nadie quiere jugar en el Emirates. Pero tampoco se trata de darse golpes de pecho y ser el viejito molesto que dice “en mis tiempos todo era mejor”. El futbol de ahora nos permite tener a este Barcelona de ensueño y poderlo ver en vivo cada semana. El internet ha aumentado enormemente la discusión futbolera. En el pasado, era casi imposible ver partidos entre los mejores de cada liga, ahora los tenemos cada tres semanas en la Champions. Recuerdo, cuando era niño, que un día me llegó de Europa una caja con tres camisetas originales: la de la URSS, la del Paris Saint Germain y la de la selección francesa. Fui la envidia de mi salón por semanas. Ahora, para conseguir una, sólo hace falta ir a la tienda deportiva de la esquina. Y, como lo dije en la columna pasada, en México la cosa está bastante bien. A diferencia de lo que sucede en otras partes del mundo, la liga local sigue siendo muy importante para los aficionados, y la puede ganar cualquiera. Han llegado los éxitos internacionales, aunque sea sólo a nivel juvenil, por el momento, y para ver a un mexicano en Europa no hace falta esperar a la transmisión  de Hugo Sánchez de cada domingo. El futbol como lo conocíamos se ha acabado, pero es lo que hay. Los recuerdos son sólo eso. Para olvidarlos, es momento de echarse un buen juego de FIFA, leer la prensa mundial en Internet y buscar un stream de los partidos del fin de semana. Uno hace lo que puede con lo que tiene. Como siempre, si quieren hablar de este y otros temas, pueden hacerlo al mail de arriba o a www.twitter.com/martindelp. Y si quieren leer textos de otros asuntos, háganlo en www.martindelpalacio.com. Una disculpa si no he podido contestar los correos como de costumbre. Estaba de vacaciones en una zona con poco Internet (sí, aún existen), pero ya estoy de regreso.

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