La decisión de prescindir de los servicios de Raúl Arias no es más que la aceptación de un error que jamás debió cometerse. Hay parecer, requisito nunca cumplido por un timonel que ni siquiera bajo sus propia filosofía pudo cobijar con resultados positivos a los jaliscienses. Ocho partidos después del inicio de una etapa absurda e incomprensible, la congruencia, al menos en un pequeño grado, ha sido restaurada, aunque con el peso del tiempo perdido y la desconfianza incrementada. Dentro de las peculiares ideas de Jorge Vergara, una parecía muy clara: la de entender que un técnico tan defensivo y calculador como su hoy ex timonel no reunía las cualidades para asumir las riendas del Guadalajara. Más dubitativo que nunca, el propietario del Rebaño echó para atrás sus propios ideales, que hasta ese entonces mantenía, al menos en la retórica, y contrató a un estratega tan frío como antipático para una afición que desea entrega absoluta y espectáculo sobre la cancha. Un personaje orgulloso y egocéntrico como Vergara decidió echar por tierra la escasa credibilidad de la que gozaba y terminó perdiendo por todos los flancos. La desesperación, combinada con los inquietantes problemas legales en torno a la tenencia del equipo, construyeron escenarios desordenados, en los que primero se contrató al Director Técnico y después al Presidente Deportivo de la entidad. Guadalajara vivió durante unos cuantos días en el mundo del revés. Las voces conservadoras apuntan como carente de sentido que se tome una decisión en plena recta final del torneo. Sin embargo, una de las instituciones más importantes de nuestro balompié no debe prolongar su estancia en un sendero equivocado. El tiempo vale más de lo que muchos piensan, sobre todo para efectos de alimentar la esperanza de una parcialidad dolida por los acontecimientos y la falta de títulos. La irrupción de Rafael Lebrija en el organigrama del Guadalajara fungió como el primer soporte para que los seguidores del Rebaño recobraran la compostura. El ex directivo de los Diablos Rojos goza de un consenso atípica en lo que respecta a la figura de los hombres de pantalón largo. Su carácter y personalidad, en ocasiones demasiado narcisistas, lo convierten en un símbolo de certeza en medio de la inquietud. Las palabras de Lebrija anunciando el cese de Raúl Arias muestran autoridad, pero también una obsesión de Rafael por demostrar que él posee la altura suficiente para decidir quién llega y quién no a la Dirección Técnica del Guadalajara. El mensaje se presta al análisis, pues a mayor insistencia, mayor la sensación de que ni él mismo tiene la certeza de hasta dónde puede llegar su intromisión en la toma de decisiones. Chivas dio un par de pasos importantes hacia la luz. El primero, la presencia de un hombre experimentado y ganador como Lebrija; el segundo, la destitución de Raúl Arias. La interrogante es si esto será suficiente para que Rafael trabaje con la libertad indicada y si será posible, después de muchos años, respirar tranquilidad y cordura en la atmósfera del Rebaño.
El error Arias
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