El barco sale a las doce de la noche...

El puerto de Veracruz lo he visitado siempre por motivos de trabajo. Reuniones con reporteros de la zona, partidos de primera o de primera “a” y la búsqueda de corresponsales han sido motivo y...

El puerto de Veracruz lo he visitado siempre por motivos de trabajo. Reuniones con reporteros de la zona, partidos de primera o de primera “a” y la búsqueda de corresponsales han sido motivo y pretexto suficiente para tomar un avión y visitar el puerto. Aprovecho estos viajes para platicar con la gente, conocer su trabajo, su manera de ver el futbol y la vida. Me llama la atención la picardía jarocha y su increíble creatividad para componer décimas a la mismo instante en que las van cantando, “querreque, querreque”. Y luego están las pláticas futboleras en las que invariablemente, luego de la cuarta cerveza Superior, se habla del “futbol de entonces” y se cuentan anécdotas que nos hacen revivir los momentos que nos hicieron en algún momento felices.

De todas las anécdotas recopiladas en estos viajes hay una a la que le tengo particular cariño y que, a pesar de que no puedo confirmar si es del todo real, guardo en un privilegiado rincón de mi memoria. A continuación detallo al pie de la letra lo que me contó un viejo reportero veracruzano una tarde lluviosa de otoño porteño:

“... luego de una exitosa gira por Centroamérica y Colombia, el Club Atlético Corrales de Paraguay lo despidió y le deseó buena suerte en su aventura por Argentina. Corría el año de 1940 cuando el Velez Sarsfield presumía gustoso la flamante contratación de Luis de la Fuente, ni más ni menos que el “Pirata”. Jugó como el crack que era. Nunca fue banca y demostró que los goles en el Marte, América y Racing de Santander no eran obra de la casualidad. Gol, el Pirata siempre la firmaba.

En Buenos Aires había tiempo para jugar futbol pero tambien había tiempo para disfrutar de la bohemia bonaerense. El “Pirata”, siempre galán gustaba de vestirse bien, visitaba los bares e invariablemente arrancaba suspiros de las comensales o de las niñas bonitas que morían por un piropo de aquel veracruzano nacido veintiseis años antes en el mero puerto de Veracruz. No había que cotorrearlas, les decía la pura verdad ... que sus ojos estaban bonitos y verdad de Dios que caían redonditas, así era el Pirata, certero en la grama y certero en la barra.”

Para diciembre de 1941 la situación del Vélez era paupérrima; la pésima administración del equipo no permitía pagar los sueldos de los jugadores, y el Pirata, siendo extranjero, quedaba relegado hasta el final de la lista. Pero esto no era algo pasajero, el Pirata sabía que la situación económica, no sólo de Argentina sino del mundo, pendía de un hilo.

Cuando en Norteamérica es invierno, en Sudamérica es verano. La noche del 7 de diciembre fue la noche más calurosa que se hubiese presentado en Buenos Aires en la última década. Esa noche el Pirata salió de un merendero perturbado con la noticia de que cientos de bombarderos japoneses arrasaban con la isla estadounidense de Perl Harbor; “esto no puede ser así”, pensó el Pirata y se resguardó de la noticia en un pequeño bar del que nunca había escuchado hablar.

Un pianista de mirada esquiva tocaba el piano, eran tangos y se antojaba acompañarlos con uno o dos tragos.... tal vez tres. El Pirata quedó fascinado con la música cuando se le acercó un mesero, que al reconocerlo le comentó que el pianista era su paisano, “es más, la misma provincia los vio nacer, a vos y a él”, dijo aquel mozo. Asombrado, el Pirata esperó a que el pianista hiciera una pausa y lo llamó a la barra. Le dijo, “siéntese le invito este trago, me dicen que es usted mexicano --- Sí soy de Veraceruz, nací en Orizaba --- Ahhh, oiga pues qué bien toca el piano, me agrada --- Gracias, gracias en verdad --- Y cómo le va por acá ---  Pues no muy bien, contestó el pianista con su mirada esquiva, -- El gerente me trata mal, me quita la mitad de las propinas que dejan en el sombrero y apenas me alcanza --- Pero cómo que te quitan lo que tu ganas con tu talento, eso no puede ser. 

Y pasaron veinte minutos y entró el dueño del Bar, entonces el pirata le dijo que era un tal por cual, que eso no se hacía con la gente y menos con sus paisanos. Zúmbale que le mete un madrazo en la cara y sale del bar tan elegante como entró. Así nomás, con la seguridad que gozan aquellos que no le tienen que ofrecer cuentas a nadie.

Al día siguiente, el Pirata pidió ayuda a los chavales que vivían por su casa. La oferta era certera. Irían a las oficinas del Club Velez Sarsfield ese día por la noche y tomarían todo aquel utensilio que les sirviera para cambiarlo por dos pasajes en el puerto de Buenos Aires. Luis de la Fuente ya tenía claro que ese día regresaba a casa. Entraron y robaron máquinas de escribir, rollos de papel contable, lápices, plumas y otros objetos de oficina de los cuarentas. Al salir del Club, en la penumbra le dio las gracias a los chavales y los despidió con un abrazo. Antes de llegar al puerto pasó por el bar de la noche anterior y le dijo a su paisano, el pianista, que si quería se podía regresar a México en ese momento; que agarrara su sombrero con toda la propina y que ni adios dijera. “Apúrele que el barco sale a las doce de la noche.”

Salieron corriendo, el cielo estaba totalmente cerrado. Tronaba. Cambiaron tres máquinas de escribir y no sé cuántas cosas más por dos boletos y ambos regresaron a México. Tierra suya. Al subir, Luis de la Fuente le preguntó al pianista que cuál era su nombre pero el barullo de la gente que presurosa subía al buque no le permitió escuchar la respuesta. Poco antes de la una de la mañana se soltó un torrencial aguacero que escondió las lejanas luces de Buenos Aires y apenas dejó escuchar a aquel pianista de mirada esquiva y de gran talento cuando respondía: me llamo Francisco Gabilondo Soler.

Newsletter MT
Suscríbete a nuestro boletín de noticias deportivas.
No te pierdas