El beat y el futbol

La noche del 28 de junio de 2001, luego de un zurdazo fallido de Julio César Pinheiro, Boca Juniors se coronaba campeón de la Copa Libertadores de América. Ese día, esperando la hazaña azul y...

La noche del 28 de junio de 2001, luego de un zurdazo fallido de Julio César Pinheiro, Boca Juniors se coronaba campeón de la Copa Libertadores de América. Ese día, esperando la hazaña azul y resguardándome del calor infernal que azotaba las calles de Guaymas en el estado de Sonora, pude ver el juego en un televisor blanco y negro de no más de 14 pulgadas.Cuando Marcelo Hidalgo, árbitro peruano, pitó el final, no logré ver lo que había de venir ... es decir no quería ver cómo Juan Román Riquelme, justo antes de irse al Barcelona, cantaba y celebraaba su triunfo, o a Maradona desde su palco, sin camisa ya, gritaba y gritaba viva boo viva boo .. en fin, el dueño del bar apagó el televisor y dijo “señores ahora sí, ¿qué les sirvo?”. Recuerdo que esa noche tuve una interesantísima discusión con un amigo de toda la vida. Era mi compañero de aula Victor Gpe. González, amante de la música de todo tipo, desde Pixes hasta Madredeus pasando por U2, la Banda el Recodo o lo que fuera, “si hay melodía, hay alegría” me decía después de la cerveza pacífico número doce.La discusión se basó fundamentalmente en que yo decía que no existía espectáculo alguno que pudiese igualar la pasión que un partido de futbol levantaba. Víctor Gpe. objetaba mi punto de vista y sostenía que un concierto de música, de una banda rockera o de música clásica, cualquiera que fuera el caso podían igualar incluso superar en demasía el nivel de pasión que lograba levantar el futbol, juego, a fin de cuentas de veintidos personas, once contra once.Error, yo proponía que nada equiparaba la pasión futbolera e incluso que si tuviésemos algún artilugio fantástico para medir la energía y emoción generadas en ambos espectáculos, cuando se marcara un gol, el artiluguio fabricado para ese menester explotaría ya que la potencia de la pasión generada no atiende a ninguna fórmula matemática y es exponencialmente infinita. Creo que esa frase rimbombante y dominguera la dije cuando me disponía a abrir la cerveza no se cuántos y Juan Román Riquelme seguro celebraba la copa con tres güeras argentinas de increíbles dimensiones.Nada de lo dicho aquella noche causó concenso; yo me quedé con la idea de que el futbol eleva la pasión más que ningún otro evento y Victor Gpe. nunca pudo entender mi idea, se aferró a que la música es espectáculo orgásmico y nada se le compara. Listo.Casi un año después, cuando tuve la oportunidad de visitar la ciudad japonesa de Sapporo, la plática de borrachos que tuve con mi entrañable amigo en el puerto de Guaymas encontró entero sentido. El 8 de junio del 2002 se enfrentaron Inglaterra y Argentina en uno de los duelos más prometedores de la primera fase mundialista. Volé de Tokyo a Sapporo con la firme intención de ver cómo, el equipo de ensueño de la Argentina (Batistuta, Crespo, Caballero, Orteguita, Simeone, Killy y el Piojo) derrotaba a Barbie-Beckham y sus secuaces. Para ese entonces yo sabía que el DJ inglés de mayor renombre estaba siguiendo a su escuadra y ofrecía conciertos en las ciudades en las que Inglaterra jugaba. Y fue entonces que el 9 de junio asistí al concierto de Fat Boy Slim en el Sapporo Activities Center.Cuatro DJ’s locales abrieron el concierto ante un público efusivo y dispuesto a vibrar toda la noche. El auditorio era amplio y estaba repleto; recuerdo que la gente cantaba y bailaba al son del más puro beat progresivo. Algunos no pudieron aguantar a que saliera Fat Boy Slim y antes las dos de la mañana se habían indigestado de cualquier sustancia que les hiciera volar; se habían comido el beat. El preludio para escuchar al DJ del momento fue amplio pero la espera valió la pena.Justo cuando mi reloj marcaba las 4:33 de la mañana se apagaron las luces del auditorio y un beat enteramente distinto se apoderó de nuestros oídos. Luces tenues y estroboscópicas fueron iluminando el escenario principal; la imagen que puedo compartir es de mucha euforia. Sin haber ingerido ninguna sustancia química recuerdo perfectamente que la gente enloquecía al descubrir que ese beat era conocido y que el autor era nada más ni nada menos que Fat Boy Slim. Locura total, gritos, llanto de las japonesas por ver a su estrella. Delirio. Chaaa en ese instante las palabras de Víctor Guadalupe González tuvieron mucho sentido y pensé, por un momento, que la pasión de la que estaba siendo testigo era superior a la del futbol.El DJ inglés salió de una plataforma que de a poco lo dejaba ver. Era como un elevador, primero vimos sus brazos en alto, sus manos, su rubia cabellera, luego su cara y finalmente, cuando más energía se derramó en toda la noche fue cuando pude ver que salía al escenario portando la player número 7 de la Selección Japonesa. Los gritos delirantes ya no eran tanto por Fat Boy sino por las seis letras que enmarcaban su espalda. Decía claramente N-A-K-A-T-A  y entonces se reafirmaba toda mi teoría y se opacaba la de mi fiel amigo. El futbol es el espectáculo generador de más pasión. ¿A poco no?

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