Cuatro lágrimas

Se nos pasaban las horas frente a esa cama de hospital. Ahí, en la esquina de la habitación, mi padre entregaba los últimos esfuerzos por seguir con vida.

Nos consumían las horas frente a esa cama de hospital. Ahí, en la esquina de la habitación, mi padre entregaba los últimos esfuerzos por seguir con vida.

Fueron los momentos más difíciles de este 2011, y quizá de los que tenga memoria.

Mi padre, quien nunca tuvo una afición por la bebida, enfrentaba la etapa final de la cirrosis, enfermedad que yo equivocadamente solía ligar con el alcoholismo. Hoy sé que ese mal es mucho más que un simple dolor de estómago, y que tiene orígenes mayores a la cerveza. Reparar en ese aprendizaje fue tan profundo como doloroso.

Don Ricardo ya no comía. A duras penas estaba despierto. Los procesos naturales del hígado lo envenenaban. La paradoja era que con cada medicamento que le suministraban, aumentaba, junto con la esperanza de salvarlo, un potencial riesgo de apagar totalmente la función hepática. Los pronósticos eran devastadores. Le daban unos meses, quizá algunas semanas.

Y ahí estábamos nosotros tratando de animarlo, aferrados a un milagro. El cuidado era permanente, aunque no siempre estuviera cuerdo. A veces no sabíamos si nos escuchaba, o en su debilidad prefería ignorarnos. Eran diálogos en la oscuridad.

Agotados, en vela, a media luz, desesperados, era fácil pensar que ni el cielo nos escuchaba.

-¿Papá, cómo te sientes? -Era el saludo a cada llegada.- ¿Estás despierto? ¿Te traigo algo? Yo aquí me quedo contigo.

-Papá, tienes que comer, échale ganas para que nos vayamos de aquí. Comiendo nos van a dejar llevarte a la casa. Si te quieres ir, nos vamos, sólo pon de tu parte unos días y te sacamos.

Las palabras llevaban una súplica, pero disfrazada de negocio. Tratábamos de mostrarle interés, pero sin ser aprensivos para no sumirlo más en su depresión.

-Papá, ¿Te acuerdas de tu compadre Miguel, el de Estados Unidos? ¿Te daría gusto que lo encontráramos? Hace mucho que no hablan ¿Te acuerdas de esos viajes a Roma? Vas a ver que si sales vamos a ir a Tamaulipas con tus amigos de la compañía. ¿Quieres?

Y el silencio era lo único que respondía.

Tenía que comer. Si no lo hacía, los doctores volverían a entubarlo. Verlo sufrir con ese mecanismo había sido desgarrador. La necesidad de evitarle ese dolor y la urgencia de despertarlo me hacían esforzarme.

-Papá ¿Te acuerdas de la primera vez que me llevaste al futbol? ¿Qué serán, 20, 22 años? Pediste vacaciones en el trabajo para poder llevarme. ¿Te acuerdas?  Dejaste el carro en la casa, y caminamos bastante para tomar el Ruta 1. Me fuiste contando una por una las calles que pasábamos. Me admiré al ver que te sabes todas las avenidas del Centro. ¿Todavía te las sabes?

-Papá, ¿Me escuchas? Yo me acuerdo todo de ese sábado. Me presumiste con todo mundo. Les dijiste a los vecinos que yo era el que te llevaba al estadio. Me compraste una bandera. Pasamos todo el día juntos. Me hiciste prometer que ganaran o perdieran iba a estar contento. Y así fue. El estadio se veía enorme. El grito de la gente jamás se me va a olvidar. Ahora que lo pienso papá, nunca disfruté más otro partido como ése.

-Papá, nunca te había agradecido, pero cambiaste mi vida. Ese día, por primera vez en un juego me nació el sueño de trabajar en el futbol, de estar siempre en esto. Gritando los goles en el estadio me interesé por contar lo que pasaba en los partidos. Saliendo, emocionado con la experiencia, te dije que quería ser narrador, y me dijiste  ‘¿Y por qué no, hijo? Un día...’.

-De tu mano, siendo niño, me sembraste la inquietud en una carrera en la que estoy. ¡Mírame en los medios! Todo lo que he hecho, papá, poco o mucho, es tuyo, y nunca te lo había agradecido.

-Papá, cuando salgas de aquí te voy a llevar a un estadio, al que quieras, de verdad. Es más, te voy a acreditar como reportero, no sé cómo le haré, pero estarás conmigo en mi trabajo, un día, como tú me llevaste de niño. Sólo recupérate, y vamos a ir. Pero reacciona, papá, por favor, come algo.

Con un nudo en la garganta tardé en reparar que el recuerdo había captado su atención. Mi padre estaba despierto, aunque me daba la espalda. No hubo respuesta. De pronto, sólo se giró en la cama. Sin mediar palabra lo dijo todo. Por su cara, en la penumbra, dos lágrimas brillaron, haciéndome ver que me escuchaba. Era claro que recordaba. También él revivía ese sábado, nuestro primer sábado en el estadio.

Me derrumbé en la silla sin poder decir nada más. Era demasiado. Tomó mi mano y me vio a los ojos. La gratitud tenía tintes de orgullo. No pude responder.

Sólo dos lágrimas corrieron por mi cara.

Y se fundieron con las suyas antes de partir.

NAVIDAD

Todo el año he hablado de temas deportivos, pero hoy hago un paréntesis. Esta columna va como un mensaje de apoyo a todos los que en estas fechas atienden a un ser querido en el hospital, ajenos a las campañas comerciales y las fiestas habituales.

Y aún más, vaya una especial dedicatoria a todos los que en esta cena de Noche Buena tendremos una silla vacía por primera vez en casa.

A todos con un abrazo cálido, y el sincero convencimiento de que las personas que nos han dejado seguirán siempre a nuestra mesa. La fe es lo único que puede sostenernos en los ratos más complicados.

No hablaré de religión. Pero sé que el verdadero espíritu de la Navidad estará en el aire. Te invito a que lo dejes entrar a tu hogar.

Y especialmente, estas líneas van con cariño y admiración para mi madre y mis hermanos, quienes afrontaron estos momentos de un adiós doloroso, pero en paz.

Gracias por todo, papá.

Esta columna va para ti.

mail: oscar.mediotiempo@gmail.com

twitter: @oscaradrian_vzz

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