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Un ídolo escondido
Martes 11 de Mayo del 2010
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Siempre he creído que lo que hace grande a un hombre es la forma en la
que vive y no necesariamente el recuento de sus logros (incluso en el
deporte en donde los resultados son hechos consumados).
En otras colaboraciones he destacado la gran alegría que me representa
haber conocido a uno que de niño admiré como ídolo, y con quien hoy me
une una sincera amistad .
El Sábado anterior, terminamos juntos de transmitir por la Radio el
juego del Chicago Fire en la MLS y al salir lo invité a visitar la
concentración de la Selección Mexicana ya instalada en un hotel del
centro de Chicago. Él tenía 27 años de no saludar al hoy Director
Técnico tricolor, con quien convivió y compartió una época dorada como
figuras americanistas en la década de los años ochenta.
Batata, es un apodo que continúa vivo entre la afición futbolera de
México, aunque casi nadie sepa dónde vive y qué hace en la actualidad.
Muy probablemente 9 de cada10 aficionados que lo admiraron hoy no lo
reconocerían al toparlo por la calle.
Nilton Pinheiro da Silva, estaba ahí entrando al hotel de concentración
estrictamente custodiado por elementos de seguridad. Y en la puerta, el
primero del grato “tour “ sabatino. El hoy Director de la Comisión de
Selecciones Nacionales y ex jugador del Rebaño Sabrado:
“Mira Néstor, él es Batata, ¿lo recuerdas?”, yo le dije: La cara de
sorpresa fue reveladora del que en su momento era un joven prospecto
Chiva (cuando Batata jugaba en el América). “Como no, si éste nos
fregaba a cada rato”, contestó bromeando Néstor de la Torre. El saludo
fue efusivo y respetuoso, invitando a mantenerse en contacto.
De pronto, se abrió la puerta e ingresó el que desde mi particular
punto de vista, ha sido uno de los cinco máximos ídolos en la historia
del balompié azteca (junto a Casarín, Borja, Hugo y Cuauhtémoc): Jorge
Campos, arquero tres veces mundialista y dueño de una fama cada vez más
creciente (también ahora dentro de los medios de comunicación). “Mira
Jorge, es Batata”, le dije, y su respuesta fue todavía más impactante:
“¿Tú eres Batata? Por fin te encuentro, siempre fuiste mi ídolo. Llevo
años buscando encontrarte” fueron sus primeras palabras, lo que
emocionó visiblemente al ex delantero brasileño. “Yo nunca fui
americanista, pero admiré siempre a Outes y a Batata (pareja goleadora
de las Águilas de los años ochenta)… Mi papá no me lo va a creer (su
padre sí es americanista)… Tómame una foto con él, por favor”, me pidió.
“Ahora entiendo lo que muchos aficionados me dicen cuando se toman una
foto conmigo, en serio que estoy muy emocionado”.
Entonces salió Javier Aguirre, apurado, concentrado, con la mirada
fija, haciendo evidente el ambiente previo a cuatro semanas de una Copa
del Mundo, y Campos le grito: “Javier, ven un momento”, pero el técnico
nacional se negó sonriente, caminando cada vez más apurado al autobús
que transportaría al equipo rumbo a la práctica vespertina. “Es Batata
y te quiere saludar muy rápido”, le dijimos.
La cara del entrenador nacional se transformó en un instante, del
rostro adusto a la emoción hermanable, para regresar rápidamente a
donde nos encontrábamos:
“¿Cab… dónde te metes?” y emocionados se fundieron en un abrazo. Al
intercambiar un rápido saludo, el Vasco le dijo de golpe “hablabas
mejor español antes, hijo de… este si era figura… me tengo que ir sino
me multo yo solito pero regresa quiero que platiquemos hay mucho que
contarnos”, le dijo uniéndose disciplinado al resto del equipo tricolor.
Batata no quiso volver porque prefirió respetar la intimidad de la
Selección Mexicana, “tiene a todos observando, yo no lo quiero
importunar, pero así fue excelente, tenía muchas ganas de saludarlo y
ya me di cuenta que no ha cambiado, Javier siempre ha sido igual
sincero, brusco y buen amigo”. Fue todo lo que dijo el “intruso” de la
concentración tricolor que regresó a casa con emociones vibrantes que
hacía tiempo no experimentaba. Sus ojos lo denotaban y el silencio
posterior, me lo decía.
Creo que toda figura forja su camino. Sobre la cancha brilla lo que
tiene que brillar y después cada quien decide como continuar su futuro.
Eso sí, aunque pasen los años, los ídolos no requieren de reflectores
para seguir siendo ídolos, para seguir emocionando igual.
P.D. Aprovecho esta oportunidad para unirme a la pena que embarga a
nuestro deporte nacional por la muerte de Don Joaquín Capilla,
esperando que hasta el último día haya recibido el cariño de los que
durante muchos años lo admiramos como ganador histórico y como un
hombre limpio que hizo grande a nuestro país en el escaparate
internacional. Un ídolo escondido.