Un ídolo escondido

Siempre he creído que lo que hace grande a un hombre es la forma en la que vive y no necesariamente el recuento de sus logros (incluso en el deporte en donde los resultados son hechos consumados).

Siempre he creído que lo que hace grande a un hombre es la forma en la que vive y no necesariamente el recuento de sus logros (incluso en el deporte en donde los resultados son hechos consumados). En otras colaboraciones he destacado la gran alegría que me representa haber conocido a uno que de niño admiré como ídolo, y con quien hoy me une una sincera amistad . El Sábado anterior, terminamos juntos de transmitir por la Radio el juego del Chicago Fire en la MLS y al salir lo invité a visitar la concentración de la Selección Mexicana ya instalada en un hotel del centro de Chicago. Él tenía 27 años de no saludar al hoy Director Técnico tricolor, con quien convivió y compartió una época dorada como figuras americanistas en la década de los años ochenta. Batata, es un apodo que continúa vivo entre la afición futbolera de México, aunque casi nadie sepa dónde vive y qué hace en la actualidad. Muy probablemente 9 de cada10 aficionados que lo admiraron hoy no lo reconocerían al toparlo por la calle. Nilton Pinheiro da Silva, estaba ahí entrando al hotel de concentración estrictamente custodiado por elementos de seguridad. Y en la puerta, el primero del grato “tour “ sabatino. El hoy Director de la Comisión de Selecciones Nacionales y ex jugador del Rebaño Sabrado: “Mira Néstor, él es Batata, ¿lo recuerdas?”, yo le dije:  La  cara de sorpresa fue reveladora del que en su momento era un joven prospecto Chiva (cuando Batata jugaba en el América). “Como no, si éste nos fregaba a cada rato”, contestó bromeando Néstor de la Torre. El saludo fue efusivo y respetuoso, invitando a mantenerse en contacto. De pronto, se abrió la puerta e ingresó el que desde mi particular punto de vista, ha sido uno de los cinco máximos ídolos en la historia del balompié azteca (junto a Casarín, Borja, Hugo y Cuauhtémoc): Jorge Campos, arquero tres veces mundialista y dueño de una fama cada vez más creciente (también ahora dentro de los medios de comunicación). “Mira Jorge, es Batata”, le dije, y su respuesta fue todavía más impactante: “¿Tú eres Batata? Por fin te encuentro, siempre fuiste mi ídolo. Llevo años buscando encontrarte” fueron sus primeras palabras, lo que  emocionó visiblemente al ex delantero brasileño. “Yo nunca fui americanista, pero admiré siempre a Outes y a Batata (pareja goleadora de las Águilas de los años ochenta)… Mi papá no me lo va a creer (su padre sí es americanista)… Tómame una foto con él, por favor”, me pidió. “Ahora entiendo lo que muchos aficionados me dicen cuando se toman una foto conmigo, en serio que estoy muy emocionado”. Entonces salió Javier Aguirre, apurado, concentrado, con la mirada fija, haciendo evidente el ambiente previo a cuatro semanas de una Copa del Mundo, y Campos le grito: “Javier, ven un momento”, pero el técnico nacional se negó sonriente, caminando cada vez más apurado al autobús que transportaría al equipo rumbo a la práctica vespertina. “Es Batata y te quiere saludar muy rápido”, le dijimos. La cara del entrenador nacional se transformó en un instante, del rostro adusto a la emoción hermanable, para regresar rápidamente a donde nos encontrábamos: “¿Cab… dónde te metes?” y emocionados se fundieron en un abrazo. Al intercambiar un rápido saludo, el Vasco le dijo de golpe “hablabas mejor español antes, hijo de… este si era figura… me tengo que ir sino me multo yo solito pero regresa quiero que platiquemos hay mucho que contarnos”, le dijo uniéndose disciplinado al resto del equipo tricolor. Batata no quiso volver porque prefirió respetar la intimidad de la Selección Mexicana, “tiene a todos observando, yo no lo quiero importunar, pero así fue excelente, tenía muchas ganas de saludarlo y ya me di cuenta que no ha cambiado, Javier siempre ha sido igual sincero, brusco y buen amigo”. Fue todo lo que dijo el “intruso” de la concentración tricolor que regresó a casa con emociones vibrantes que hacía tiempo no experimentaba.  Sus ojos lo denotaban y el silencio posterior, me lo decía. Creo que toda figura forja su camino. Sobre la cancha brilla lo que tiene que brillar y después cada quien decide como continuar su futuro. Eso sí, aunque pasen los años, los ídolos no requieren de reflectores para seguir siendo ídolos, para seguir emocionando igual. P.D. Aprovecho esta oportunidad para unirme a la pena que embarga a nuestro deporte nacional por la muerte de Don Joaquín Capilla, esperando que hasta el último día haya recibido el cariño de los que durante muchos años lo admiramos como ganador histórico y como un hombre limpio que hizo grande a nuestro país en el escaparate internacional. Un ídolo escondido.

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