El futbol bonito

Para Avellaneda y Farfalle, con mucho cariño.

Para Avellaneda y Farfalle, con mucho cariño.

La semana pasada zarparon con rumbo al Pireo nuestras dos selecciones de futbol olímpicas: la varonil y la femenil. Fueron partidas diametralmente opuestas, y no en cuanto a las expectativas, me parece que ambas tienen más o menos las mismas posibilidades de figurar, y a ambas les será muy difícil regresar con una medalla. Las contraposiciones son en otros sentidos: mientras unos hablaban de dinero, las otras de ilusión; ellos de obligación, ellas de orgullo; ellos negociando, ellas agradeciendo. Mientras en el seno de nuestra selección varonil se intuye presión, se habla con seguridad hueca y su preocupación máxima es negociar las primas que exigen a cambio de traerse una medalla que no van a ganar, en la selección femenil se agradece el sueño cumplido de estar en una olimpiada, de defender los colores de su bandera y de, además, hacer una reivindicación de género en el ámbito machista de un deporte que históricamente les había sido negado.

De unos pocos años para acá, el futbol femenil ha venido ganando terreno en México. Hace 15 ó 20 años era muy extraño ver a una mujer jugando futbol, y hubo algunas pioneras que tuvieron que abrir brecha. Chavas que tuvieron que aguantar burlas, piropos de mal gusto y risotadas cuando decidieron tomar una cancha con el balón en las manos, formar un equipo y jugar contra otras chavas. Hoy, afortunadamente, es ya parte del devenir cotidiano ver a niñas, jóvenes y hasta a mujeres ya con hijos, pateando la pelota y defendiendo el legítimo derecho de jugar un juego por el simple gusto de jugarlo. Hay ya ligas de futbol rápido, de cancha grande, escuelas para niñas, incluso algunas en las que hasta ciertas edades se permite la competencia mixta. Como en todos los ámbitos de la sociedad, las mujeres han ganado terreno con lucha, con empuje y con mucho corazón.

Ver un partido femenil le recuerda a uno los principios básicos del deporte. Porque casi nunca se va a ver una pelea, o una entrada de mala intención, o una falta fingida, o un reclamo injustificado al árbitro, o insultos, escupitajos y todas las demás muestras de antideportivismo, que es moneda común en el ‘juego del hombre’ en todos los niveles. Se ve normalmente en cambio compañerismo, risas, disculpas tras un choque, abrazos al final del partido y la mano tendida a una jugadora del otro equipo ayudándola a levantarse. Al ver jugar a las mujeres no puede uno sino suponer que en un inicio este juego tuvo que ser así, con espíritu deportivo y ganas de divertirse dentro del campo, un juego en el que ganar es importante, pero más importante aún es la forma de hacerlo. Cabe también preguntarse dónde nos desviamos, en qué momento el futbol se convirtió en lo que es hoy, siendo muestra inequívoca de ello la actitud de nuestra soberbia selección olímpica varonil (que no ha ganado nada y seguramente no lo hará).

Sería bueno que a todos los que nos gusta el futbol (jugarlo, comentarlo, ir a los estadios o seguir a nuestros equipos por televisión) se nos ocurriera de vez en cuando ir a ver un partido femenil, mirarlas abrazarse emocionadas después de un triunfo logrado después de algunos tropiezos, mucho esfuerzo y mucha perseverancia, recordar el espíritu de este juego y contagiarnos un poquito de alegría, de risas y de ilusión. Tenemos mucho qué aprenderles y admirarles.

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