De Kuno Becker a Cine-dine Zidane

Desde hace miles de años los seres humanos aprendimos que una de las herramientas más eficaces que tenemos para navegar en el inmenso océano de sensaciones al que llamamos "realidad", es la...

Desde hace miles de años los seres humanos aprendimos que una de las herramientas más eficaces que tenemos para navegar en el inmenso océano de sensaciones al que llamamos "realidad", es la imagen. Tabla de salvación y catapulta, la imagen ha funcionado para nosotros como una especie de balsa sobre la cual hemos aprendido a deslizarnos para expresar de manera sintética ideas, pero sobre todo sentimientos.

Animales icónicos por excelencia, nuestro vínculo con el mundo de la imagen, además de ancestral es totalmente visceral. No lo podemos negar: habitamos las imágenes y ellas nos habitan. Todo inició cuando nuestro cerebro, particularmente el inconsciente (ese trabajador infatigable), comenzó a fabricar imágenes oníricas sin pedirnos permiso. Posteriormente, y una vez que se fueron inventando signos y se empezaron a usar de forma consciente para comunicarnos y otorgarle sentido a nuestro entorno y a lo que nos sucedía, se instauró la religión con su producción de imágenes sagradas y luego el arte nos enseñó a disfrutar de lo visual haciendo de las imágenes poéticas verdaderas experiencias estéticas.

Infatigables productores de signos (al mismo tiempo que hijos de los signos), es un hecho que los ciudadanos/consumidores de hoy vivimos rodeados, invadidos, cruzados por este tipo particular de "textos" a los llamamos imágenes. Condenados al régimen de lo visual, habrá que aceptar que hoy coexistimos anegados de imágenes (oníricas, estéticas, sagradas, publicitarias y mediáticas) que lo mismo nos muestran que ocultan mundos; que lo mismo nos revelan o encubren ideas, experiencias o verdades.

El mejor ejemplo de una industria cultural en la que se palpa a fondo esta paradoja (de mostrar y ocultar a partir de la imagen) es el cine. Tal como nos muestran perfectamente dos filmes que se han exhibido recientemente en nuestro país y cuya temática gira alrededor del deporte-espectáculo más seguido en todo el planeta. Hablamos por supuesto de la película de Gol II (un largometraje de ficción con Kuno Becker a la cabeza) y del interesante documental de origen francés titulado: Zidane: un retrato de siglo XXI.

Como se sabe, en el horizonte simbólico contemporáneo el cine ocupa un lugar privilegiado. Sin embargo, a pesar de que la industria fílmica genera textos, mensajes y narraciones que hoy circulan de manera global, en su acepción más primitiva asistir a una sala de exhibición a ver una película sigue consistiendo en observar luces en una pantalla y escuchar sonidos grabados. Eso es lo que socialmente llamamos cine: al acto de ver una serie de manchas lumínicas que nos suscitan experiencias plásticas e icónicas que nos comunican ideas sobre el mundo.

Según Edgar Morin (en su libro El hombre imaginario), es tanto industria cultural que por un lado es concebida como arte y por otro es entendida como negocio, en el territorio del cine contemporáneo existen dos grandes zonas: la zona central, compuesta por aquellas películas que siguiendo la lógica estandarizadora del sistema se producen para ser consumidas por las mayorías; y la zona marginal, conformada por aquellas películas estética e ideológicamente transgresoras de los códigos reinantes realizadas para un público mucho más reducido y selectivo.

Aunque es un hecho que ambas zonas coexisten felizmente (al fin al cabo hay público, festivales y salas para todo), más allá del maniqueísmo que opone de manera falsa el cine llamado "comercial" al cine independiente (rotulado como de "autor"), resulta importante recordar que como espectadores somos lo que vemos, lo cual es otra manera de decir que, nos guste o no, las imágenes educan y hasta cierto punto construyen nuestra mirada. Es un hecho, lo que vemos nos adiestra (de manera irremediable) estética y cognitivamente.

Y por ello, es una lástima que en nuestro país una película tan ridículamente convencional como Gol II se exhiba en tantas salas y circule en tantos puestos de películas piratas (educando a su paso la mirada de miles de personas), mientras que un maravilloso documental como el de Zidane (marginal en el sentido de Morín) sólo tuvo oportunidad de presentarse en un par de ocasiones (en el Zócalo y en el FICCO).

¿Cine palomero contra cine de culto?;¿Kuno Becker contra Cine-dine Zidane?; ¿futbol-comercial contra futbol-arte?; ¿imágenes repletas de clichés e historias típicas de futbol contra imágenes y discursos visuales transgresores?; ¿cine para el olvido que refuerza los discursos dominantes sobre el futbol-espectáculo contra cine poético que exige y sorprende al espectador? Dime cuál has visto y te diré quién eres. Ahí está el dilema.

Y es que mientras que Gol II es una película de ficción muy previsible (con la estética de un comercial de televisión) en la que se nos narra la historia de Santiago Muñez, un típico jugador de futbol (de origen humilde pero de destino heroico); Zidane: un retrato de siglo XXI es un documental filmado en "tiempo real" donde las imágenes curiosamente nos transportan a un mundo onírico que durante 90 minutos exactos nos muestra las tribulaciones del personaje que remató de un celebre cabezazo a Materazzi.

Además de la búsqueda de la gloria deportiva, en el film de Gol II hay por supuesto mujeres bellas, una historia falsamente romántica, autos deportivos, la recuperación de un hermano y el reencuentro con la madre perdida, pero sobre todo, hay entrenamientos y juegos ficticios con figuras visiblemente acartonadas del Real Madrid. En cambio en la película sobre Zidane, filmada por completo el 25 de abril del 2005, lo que hay es "realismo mágico".

A diferencia de la actuación por algunos momentos creíble y abigarrada de Kuno Becker (sobre todo cuando está fuera de la cancha), la "actuación del Zizou (el memorable franco-argelino) dentro de la cancha en ese juego del Real Madrid contra el Villarreal se puede describir de una manera muy simple: sólo se puso a jugar futbol. Ahí no importan los 21 jugadores restantes, lo único que interesó a los directores-artistas fue mostrar a Zidane de un modo en el que no habíamos tenido oportunidad de verlo, de disfrutarlo. La respiración de Zizou expresaba un dialecto perfectamente claro, su botín izquierdo, siempre arrastrándolo a ras de pasto, se encontraba inmerso en un tic de ansiedad pidiendo a cada rato el balón. Fondeado con ritmos de un chillout fantástico, la voz de Zizou, paciente, firme, tímida, sin expresar conceptos comunicaba todo: "¡Allá!…¡Hey, hey!".

El trabajo de Tom Jonson (director de audio) en esta película es magistral, porque aunque parezca increíble el sonido es el eje temático de la película. Un sonido que huele a sudor y que convierte la pantalla del Bernabéu en el monstruo de mil voces y exclamaciones que nos mete de lleno al arte de jugar al futbol. Hablamos de una estética sonora que deja claro que el marsellés además de un artista de lo impensable, es una fábrica de ruidos y murmullos mágicos.

Con esta película, Philippe Parreno y Douglas Gordon, directores y realizadores del film, nos muestran que existen otras maneras de narrar y acercarse visualmente al futbol-espectáculo. Un futbol cuya riqueza nos provee de películas de buena factura pero de mala ficción como Gol II (donde Santiago Nuñez no es más que un jugador claramente ficticio que fracasa en su intento por reproducir lo real), al mismo tiempo que por fortuna, permite la existencia de grandes obras como esta donde Cine-dine Zidane, un jugador real, produce para beneficio nuestro mundos repletos de fantasía.

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