Podar la doxa y pulir la episteme

Aunque la antigua Grecia dista de ser la única "cuna" de la civilización occidental y a pesar de que no es por su puesto el idealizado pueblo al cual le debemos los más "puro" y "verdadero" que...

Aunque la antigua Grecia dista de ser la única "cuna" de la civilización occidental y a pesar de que no es por su puesto el idealizado pueblo al cual le debemos los más "puro" y "verdadero" que hoy política y culturalmente tenemos (como falsa y románticamente han querido hacernos creer -durante siglos- muchos pensadores anglosajones que, para justificar la supremacía geo-económica y militar de algunas naciones occidentales, han construido relatos míticos en torno a esta cultura en la que sin duda se produjeron grandes cambios y avances), es un hecho que además de los ideales democráticos, los sistemas de justicia, los Juegos Olímpicos, la arquitectura y las grandes obras filosóficas y literarias, uno de los legados más ricos que nos dejaron los habitantes de este fascinante y contradictorio pueblo (donde se practicaba el sacrificio de animales, la esclavitud de los no-griegos y el desprecio sistemático por las mujeres) fueron el alfabeto y un maravilloso caudal de palabras eficaces y precisas (que a pesar de sus más de 2, 500 años de antigüedad todavía usamos).

Pensando en el terrible desequilibrio existente entre los dos principales tipos de conocimiento que campean dentro y alrededor de nuestra paradójica industria del futbol (que vive de producir espacios de goce), hay dos palabras que particularmente ilustran el tino lingüístico de los viejos adoradores de Zeus: esas palabras son la doxa y la episteme.

Derivada del verbo griego "dokeîn" (δοκεῖν: que significa "creer" o "parecer"), la palabra "doxa" es un término con el cual además de referirse al sentido y la "opinión común" construida a partir de fantasías y falsas creencias, en filosofía se alude a aquel tipo de conocimiento "aparencial" que no nos ofrece certeza absoluta de las cosas.

Hablamos pues de un tipo de conocimiento eficaz para lo práctico pero que no profundiza ni se construye por indagación, reflexión o cuestionamientos sistemáticos; un tipo de conocimiento ingenuo y a-crítico que se construye meramente por la vía de la experiencia personal y la repetición de fórmulas y clichés heredados. La doxa es el conocimiento que aplicamos y usamos día a día sin cuestionar, sin preguntar de dónde provino o qué significa. Un conocimiento que más que ayudarnos, muchas veces nos impide pensar y ver. Eso es la doxa: el conocimiento no comprobado, impreciso que se edifica sólo a partir de repetir dogmáticamente (sin poner en duda) la opinión de quienes nos rodean. Ubicada por Platón en el grado inferior del conocimiento, es importante decir que la doxa a pesar de sus limites es la forma más común de conocimiento, la más extendida y masificada; con ella se construyen los falsos estereotipos, las aburridas respuestas comunes/automáticas y los prejuicios culturales.

La palabra "episteme" por su parte alude a una forma más desarrollada, precisa, crítica y exacta de conocimiento. Proveniente también del mundo griego, desde Platón por episteme se entiende aquella forma de conocimiento construida a partir de un método al cual hoy conocemos como científico: un tipo de conocimiento que busca la objetividad y se construye a partir del diálogo argumental y la crítica racional. Es la forma de  conocimiento más exacta, eficaz y precisa que hasta ahora se ha inventado. "Episteme" es pues el tipo de conocimiento que se configura a partir del cuestionamiento y la demostración, a partir de evidencias empíricas y argumentos lógicos, a partir de búsquedas profundas y exploraciones sistemáticas. Es el conocimiento que se produce a partir de la filosofía y la ciencia.

Pensando en ello, cuando hablamos de conocimientos sobre futbol en México, las preguntas que inevitablemente tenemos que hacernos son: ¿qué lugar ocupan entre nosotros –los entusiastas amantes del futbol- la doxa y la episteme?, ¿cuál de estas dos formas de conocimiento tiene más peso a la hora de las pláticas cotidianas, las discusiones mediáticas y las conversaciones laborales de los aficionados, y sobre todo, cuál tiene más peso a la hora de las decisiones estratégicas que toman los empresarios, directivos, técnicos, jugadores, periodistas y narradores? En otras palabras: ¿cuánto del conocimiento sobre futbol que circula en los medios, en las calles, en los campos, en los espacios públicos y privados donde se habla-piensa sobre este fascinante espectáculo (en cualquiera de sus aspectos: deportivos, jurídicos, económico-comerciales, culturales, mediáticos, etcétera) es pura doxa y cuánto proviene de la episteme?

La respuesta a las preguntas arriba esbozadas es relativamente simple: en nuestro mediatizado futbol hay mucha doxa y poca, muy poca episteme. Hay mucha adoración y poca reflexión. Hay mucha simplona repetición y poca creación. Hay mucha opinión mecánica y superficial pero poca investigación científica. Mucho rumor y poca argumentación. Hay mucha comunicación de estereotipos y poca generación de análisis. En pocas  palabras, en nuestro entorno hay más información-opinión que conocimiento.

Revisemos la pléyade de publicaciones deportivas especializadas, miremos con cuidado lo que se dice en los partidos y los programas radiofónicos y televisivos, analicemos las declaraciones de los técnicos y jugadores (dentro y fuera de la cancha, en relación al futbol y a otros temas de la vida social), examinemos los discursos de los directivos, empresarios y federativos. Nos daremos cuenta de una cosa: por todos lados florece exuberante la doxa.

Las razones de esta dañina y sintomática exhuberancia son muy variadas. Vivimos en un país endeudado y con más de 50 millones de personas que viven en pobreza extrema; un país que en lo económico vive de un petróleo en plena disminución y de las remesas de millones de mexicanos expulsados por la falta de oportunidades. Vivimos en un país injusto donde a pesar de los innegables avances en materia de educación, sólo el 20 por ciento de los jóvenes en edad de estudiar lo hacen. Un país en el que a pesar de que la UNESCO recomienda invertir al menos 1 por ciento del PIB en investigación y ciencia (como se recomienda para cualquier nación en vías de desarrollo), sólo se dedica el .35 por ciento a la investigación científica (es decir, la tercera parte). Un país donde sólo hay 25 mil científicos para más de 100 milones de habitantes. Un país donde por todas estas razones la gente cree más en los psíquicos que en los científicos. Como bien lo demostró una encuesta del CONACYT (sobre actitudes y percepción sobre la ciencia),  en la que se evidenció que 6 de cada 10 ciudadanos mexicanos erróneamente aseguraron que la Parasicología es una disciplina científica y donde por lo tanto se considera que Carlos Trejo (el "caza fantasmas" de "cañitas") y Madame Sasu son investigadores.

En un país con bajo nivel educativo por cuestiones de desigualdad, corrupción y pobreza lo que gobierna es la doxa. La fórmula es fatídicamente sencilla: entre menos ciencia más doxa, entre menos ciencia menos desarrollo, entre menos ciencia más incertidumbre.

En la millonaria industria mexicana del futbol-espectáculo las cosas no son tan distintas. Ahí están como un buen ejemplo las acciones que los federativos han tomado para mitigar la floreciente violencia en nuestros estadios: en vez de dedicar recursos para realizar investigación científica que les permita intervenir y tomar decisiones adecuadas y empíricamente fundamentadas (como lo hicieron los ingleses), prefirieron buscar ideas con "expertos" de afuera y decidieron restringir autoritaria y policialmente los espacios y privilegios de las porras y barras. En lugar de recurrir a la comprensiva episteme recurrieron a la comodidad de la doxa y sus respuestas prejuiciadas y automáticas. Por su puesto, si consideramos el contexto nacional arriba presentado, estas decisiones aunque no gusten a pocos sorprenden. Se dirá: al fin y al cabo sucede lo mismo en otras áreas y ámbitos como la política, la economía o la cultura. Sin embargo, lo que si debería sorprendernos es saber que una industria cuyo valor total se estima en más de tres mil millones de dólares, como no sea para hacer encuestas o estudios mercadológicos, no invierte prácticamente nada en la producción de  conocimiento científico. ¿Cómo se conduce entonces el futbol-espectáculo y a partir de que se toman decisiones deportivas, jurídicas o periodísticas? Adivinó usted muy bien: en buena medida a partir del conocimiento frágil y apariencial de la santa doxa.

Afortunadamente en últimos años la dictadura de la doxa ha experimentado en nuestro país algunos pequeños cambios y modificaciones. Cambios silenciosos pero relevantes y dignos de atención. Nos referimos por supuesto a la esporádica inmersión de algunas inteligencias literarias en el mundo del futbol (caso Juan Villoro), a la apertura de espacios de discusión más críticos y diversos (como los que ha hecho posible la TV restringida, Internet o la radio); a la emergencia de algunas instituciones educativas débiles pero con intenciones legítimas de profesionalizar a los trabajadores de la industria del futbol; y sobre todo al considerable aumento de trabajos académicos y proyectos de investigación científica que desde hace unos años se vienen realizando en  distintos rincones de la república.

Entre las distintos esfuerzos de la episteme mexicana que se están llevando, hay un par de actividades sobre las cuales quiero llamar la atención: el Diplomado "Futbol-espectáculo, cultura y sociedad" que (por segundo año consecutivo) se está llevando a cabo en la Universidad Iberoamericana Ciudad de México y el Primer Congreso Nacional sobre "Deporte, Cultura y Sociedad" que del 24 al 26 de mayo se llevará a cabo en la Ciudad de San Cristóbal de las Casas. Ambos sintetizan los esfuerzos que están realizando algunos académicos y cientistas sociales mexicanos por tratar de comprender mejor lo que culturalmente sucede en nuestro país. Claro, a partir del futbol.

En el caso del Diplomado "Futbol-espectáculo, cultura y sociedad" hablamos de un innovador espacio (único en América Latina) pues se trata de un curso especializado de 6 meses de duración donde con el apoyo de distintos investigadores (nacionales y extranjeros), escritores, académicos, publicistas, periodistas, jugadores, técnicos, empresarios y federativos, se busca ofrecer herramientas teóricas y reflexivas que permitan mejorar (desde las Ciencias Sociales y Humanidades) la comprensión de todo lo que implica el fenómeno del futbol.

En el caso del Primer Congreso Nacional sobre "Deporte, Cultura y Sociedad", se trata de la primer actividad académica en la que se darán cita distintos especialistas e investigadores (sociólogos, antropólogos, comunicólogos, historiadores, psicólogos, etcétera) para exponer sus preguntas y hallazgos científicos e intercambiar distintos puntos de vista.

En ambos casos se trata de la emergencia aún débil pero importante de esfuerzos que ojalá pronto empiecen a rendir frutos. La producción y difusión de conocimiento científico sobre futbol nos ayudará al menos a limpiarnos la mirada sobre lo que acontece. Dada la inercia reinante, la tarea por supuesto es grande pero indispensable. El primer reto consiste en podar necesariamente la frondosa doxa que nos circunda y enceguece, a cambio de pulir las armas de la episteme.

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