Teoría de los mundos subyacentes

En nuestra lucha por liberarnos (y huir, aunque sea momentáneamente) de las pesadas coacciones de la realidad, desde que caminamos por la tierra, los seres humanos nos la hemos pasado inventado y...

En nuestra lucha por liberarnos (y huir, aunque sea momentáneamente) de las pesadas coacciones de la realidad, desde que caminamos por la tierra, los seres humanos nos la hemos pasado inventado y construyendo mundos alternos. Por lo menos así ha sido sistemáticamente desde hace 150 mil años, periodo en que se calcula estuvimos ya en condiciones físicas para empezar a hablar y producir cultura de manera elemental pero muy parecida a como hoy lo hacemos.

A pesar de que se trata de mundos producidos todos a partir de las fuerzas creadoras de la imaginación, es importante recordar que estos mundos alternos o subyacentes tienen sus propias reglas, generan consecuencias y coexisten de forma paralela, por decirlo así, dentro del único mundo que existe: el real y tangible al que reconocemos como planeta tierra y que habitamos desde nuestro cuerpo todos los días.

Muy bien, pero ¿cuál es la función de estos mundos alternos? De manera voluntaria e insistente y siempre desde el horizonte de la libertad, los primates sociales inteligentes (deseosos de romper con las ataduras de lo real-material y sus reglas) creamos los mundos subyacentes para huir del dolor, para olvidar la inevitabilidad de la muerte, para extirpar el miedo que nos provoca lo misterioso-desconocido, para mitigar la angustia que nos causa lo incierto-ignorado, para hacer más soportable el terror que nos provoca la nada o simplemente para pasar el tiempo, para no aburrirnos ni deprimirnos. Esas son algunas de las razones psico-antropológicas por las que, nos guste o no, nacieron los mitos, las religiones, pero también el arte, la literatura, los cuentos para niños, y sobre todo, los juegos.

Como todo mundo sabe, el de los juegos es un mundo a partir del cual suspendemos provisionalmente las reglas del mundo real, trágico y serio de las obligaciones y las necesidades. Es un mundo lúdico y liberador al que desde nuestro libre albedrío siempre ingresamos de manera voluntaria para di-vertirnos (del latín di que quiere decir aparte y de vertere que indica el acto de voltearse), es decir, para separarnos de los "asuntos serios" con miras a aproximarnos a diferentes estados de placer y felicidad.

Para disfrutar de ellos a fondo, los juegos, todos conformados por reglas, nos exigen fuertes dosis de energía, imaginación, deseo, concentración absoluta, olvido momentáneo de lo que nos rodea e inocencia, mucha inocencia (de ahí que la práctica de todo juego necesariamente puerilice). Su naturaleza, sin embargo, es totalmente subversiva, pues los juegos además de que nos permiten desligarnos de las tragedias de la existencia cotidiana, nos ayudan estirar el tiempo (a experimentar con intensidad el presente que escapa) y nos permiten aligerar el peso de las encajonadotas normas, instituciones y roles que nos oprimen y encadenan.

Debido a que los deportes en su mayoría provienen de algún tipo de juego o actividad lúdica, resulta evidente que éstos también instauran mundos alternos que momentáneamente nos liberan y permiten escapar de la gravedad de lo real. De hecho, la raíz etimológica de la palabra de-porte (del latín deportare que quiere decir transportar, desterrar, expulsar) nos habla por sí misma de lo que esta dimensión de la vida humana nos permite: desplazarnos de manera intencional (de-portarnos) a "otro mundo" sin salirnos, claro, de este mundo.

Entre las múltiples opciones de periódica auto-liberación y fuga provisional que hoy tenemos a la mano los aficionados al llamado futbol-espectáculo (esa maquinaria de paradójicos mundos subyacentes al que con gusto nos de-portamos), no cabe duda de que hay dos interesantes competiciones que a pesar de no implicar confrontaciones rimbombantes entre distintas selecciones nacionales (como sucede en los mundiales o copas regionales o continentales), semana a semana atraen la atención de millones de personas (al menos, mucho más de lo que logran hacerlo los encuentros dentro de los torneos locales). Hablamos por su puesto de los torneos de clubes de la Champions League y de la Copa Toyota Libertadores.

Fundada en 1955/56, los encuentros de la (así denominada en 1992) UEFA Champions League han conformado ya un fascinante mundo alterno que es hoy uno de los negocios más redituables y una de las experiencias mediáticas más dinámicas, consolidadas y emocionantes del orbe. De hecho, excluyendo al Mundial, con sus ya cinco décadas de historia (en una Europa que ha experimentado muchas transformaciones políticas, económicas y culturales) este torneo de clubes (el más prestigioso del mundo) es hoy el hijo predilecto de la FIFA cuya calidad organizativa lo ha convertido en el modelo de los shows deportivos internacionales.

Por su parte la Copa Toyota Libertadores (originalmente denominada con mucho tino político: Copa Libertadores de América, en honor al sueño bolivariano), siendo uno de los mejores escaparates para la enjundia latina, es el torneo inter-clubes más importante -tanto en lo cultural y lo mediático- de nuestro continente. Instituida en 1960 pero re-bautizada publicitariamente en 1998 por la empresa japonesa de automóviles que presume de hacer el auto más vendido del orbe, al paso de los años la Toyota Libertadores se ha edificado ya en un legítimo e interesante mundo alterno (ciertamente exuberante y aguerrido) en el que buena parte de los jugadores y técnicos además de esforzarse por levantar la Copa, partido a partido aspiran a concretar el sueño económico predilecto de los latinoamericanos: la emigración.

Pero aunque geográficamente impliquen competiciones a nivel continental, mercadológicamente tengan el mismo propósito (generar ganancias), formen parte de la misma industria del entretenimiento (la FIFA) y sean difundidos bajo el mismo código mediático y patrón estético-narrativo, es un hecho que la Champions y la Libertadores, a pesar de ser mundos subyacentes paralelos y cuasi-sincrónicos (ambos edificadores de pasiones y alegrías), son estructuralmente distintos.

Sus diferencias por su puesto no sólo radican en las fechas de fundación, ni en los estilos de juego, ni en la nacionalidad de la mayor parte de sus jugadores y consumidores, ni tampoco en sus horarios de transmisión-recepción, ni mucho menos en sus costos de producción. En lo fundamental sus diferencias provienen de las distintas historias económicas y las distintas culturas políticas (los mundos reales) en las que cada uno de estos torneos, para bien o para mal, tienen hundidas sus raíces.

Y es que mientras el torneo de la Champions se lleva acabo en el contexto de una Europa desigual pero cuyos países (bajo el paraguas jurídico de la Unión Europea) se han comprometido a trabajar juntos en aras de la paz y la prosperidad de sus más de 450 millones de habitantes, la Copa Libertadores se realiza en medio de una América Latina que asolada por la pobreza, la fragmentación política, la corrupción y el crimen organizado. Está muy claro: cultural y políticamente, la Champions se realiza en el marco de una Europa con grandes problemas pero con metas claras y planes incluyentes construidos bajo acuerdos previos; mientras que la Libertadores se despliega en el marco de una América diversa con más de 750 millones de personas, pero sin rumbo claro; una América endeudada y ultrajada en su recursos, productora de un sinnúmero de migrantes y en la que a pesar de la instauración de cada vez más regímenes democráticos, los políticos populistas tanto de derecha como de izquierda (guiados por sus propios intereses y desde sus respectivos cacicazgos) no logran ponerse de acuerdo.

¿Tienen que ver los marcos económicos, políticos, jurídicos y culturales (los mundos concretos) en los que se llevan a cabo los torneos continentales inter-clubes (esos mundos subyacentes) con la calidad del espectáculo que brindan sus equipos?, ¿tienen que ver las formas en que en cada zona geográfica los ciudadanos se apegan y relacionan con la ley con la manera en que contienden futbolísticamente sus clubes?, ¿tienen que ver las culturas políticas de las regiones y continentes con la eficacia organizativa de las competiciones? Por su puesto que sí. Ejemplos que confirmen esta teoría hay muchos (Platini y Leoz son las dos caras de esta moneda). Sin embargo la "Ley Bosman" y el "Efecto Shakira" son dos buenas evidencias de ello: Bosman sintetiza el espíritu de una UEFA legalista y Shakira la discrecionalidad caciquil de una Libertadores/CONMEBOL víctima del capricho.

El caso del jugador belga Jean-Marc Bosman es muy conocido, pues a pesar de la modestia de su talento futbolístico, auxiliado por la justicia de las leyes laborales europeas logró en 1995 (y no sin pasar por los tribunales) conquistar para cientos de jugadores comunitarios la libertad frente a sus equipos. Con lo cual se demostró hasta qué punto en la "nueva" Europa los futbolistas profesionales en tanto ciudadanos miembros de la CE y las federaciones en tanto entidades públicas deben hacer valer de manera irrestricta todos los reglamentos que buscan proteger y otorgar justicia a los trabajadores. En las condiciones actuales de nuestra empobrecida América Latina una conquista laboral como esta por parte de los futbolistas es inimaginable. Sobre todo en tiempos neoliberales y de adelgazamiento estatal donde por revanchas consulares los países de nuestro continente, fragmentando paulatinamente a los habitantes, limitan hasta el absurdo la libertad de tránsito y de paso nos obligan al uso de caros y burocráticos pasaportes.

El caso del cambio de última hora en el estadio Víctoria de Aguascalientes (el "Efecto Skakira"), donde por un concierto de las caderas más globalizadas de Colombia el Gobernador del Estado obligó al Necaxa a regresar el pasado jueves al Estadio Azteca, no podía ser más sintomático. Se trató de un cambio quizá menor acontecido en etapa de Octavos, pero de que todas formas es una gran muestra del surrealismo (a lo García Márquez) que todos los días palpita al interior de la Libertadores. Una Copa en donde la dupla entre una cantante pop y un Gobernador no sólo pueden modificar sobre la marcha un plan de trabajo, sino donde la falta de respeto al público aficionado es una rutina de dueños y directivos. Una Copa donde los equipos mexicanos para fortuna del espectáculo han aceptado participar a costa de la injusticia y la inequidad en las condiciones de juego: con sorteos traicioneros, calendarios suicidas, grandes viajes aéreos, equipos que a falta del don de la ubicuidad periódicamente se tienen que clonar, directivos que practican el deporte de inventar obstáculos o árbitros que debajo de la máscara de la neutralidad esconden sus fieles adscripciones nacionalistas.

No cabe duda: la Champions y la Libertadores son mundos sbyacentes cuya singularidad no depende sólo de que ambos se erigen entre martes y jueves. En la Champions, con la majestuosidad de su estructura organizacional, con la verticalidad de su juego, el empuje de sus estrellas, la pasión de sus aficionados, la historia de sus clubes, el apego irrestricto a sus reglas, su maravillosa página web y los estadios iluminados hasta el éxtasis, asistimos a la confección de un show comercial de factura global que no sólo cumple funciones de entretenimiento sino también funciones cívicas coincidentes con las metas políticas, culturales y económicas de la Comunidad Europea. En cambio en la Libertadores, con la garra inocultable de sus encuentro, con la pericia de muchos de sus jugadores, con el encono nacionalista de sus enfrentamientos históricos, con el coraje verbal de sus narradores y la exigencia martirológica de sus periodistas, con sus disparejos estadios, con el canto apasionado de sus barras, con la desigualdad económica de sus equipos, con la conducta anti-bolivariana de sus federativos y directivos, con la comercialización y secuestro automovilístico de su bello nombre, asistimos a un show espectacular, alegre y atractivo que de-porta, libera y por momentos ayuda a millones de personas que viven al sur de Río Bravo a olvidar la trágica situación económica y política en la que estamos entrampados la mayoría de los latinoamericanos. Un mundo subyacente éste que alivia en el plano psíquico y que hace florecer la fiebre de las identidades pero que no instruye cívicamente ni empuja a nuestro sub continente a edificarse un horizonte mejor. Un mundo raro.

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