Dilemas de una fascinación esquizoide

Además de la buena conversación, viajar es sin duda una de las acciones con la cual podemos nutrir de cambio a nuestro cerebro. Viajando podemos cultivar el asombro, irrigar las neuronas de...

Además de la buena conversación, viajar es sin duda una de las acciones con la cual podemos nutrir de cambio a nuestro cerebro. Viajando podemos cultivar el asombro, irrigar las neuronas de novedad, ejercitar la capacidad de adaptación y sobrevivencia. Viajando podemos también romper con los prejuicios, inercias y taras mentales que nos invaden, podemos matizar nuestras sensaciones y poner en crisis nuestras certidumbres culturales, así como afianzar o transformar nuestras costumbres y valores. Todos los nómadas, exploradores, turistas e inmigrantes lo saben: cruzar culturas y territorios, habitar idiomas nuevos y entrar en contacto con paisajes extraños y personas diferentes es una de las actividades humanas más enriquecedoras que existen.

Según Jorge Wagensberg, los miembros de nuestra especie sólo conocemos dos formas de viajar: moviendo el cuerpo y manteniéndolo inmóvil. Por su puesto, la primera forma de viaje es la más común y energéticamente la más costosa y exigente, pues es la que implica el desplazamiento corporal (con ayuda de algún animal o tecnología: dígase bicicleta, auto, barco, tren, avión, etcétera) a través del espacio-tiempo. La segunda forma de viajar, estática y mucho más pasiva, es la más económica y sencilla: se presenta cuando sin desplazar el cuerpo pero utilizando mucho la imaginación y la percepción cruzamos de manera virtual mundos y "realidades" de la mano de alguna tecnología estimulante (como un buen libro, película, canción o relato).

En términos estrictamente culturales y pensando en el ciudadano promedio (esto es, sin tomar en cuenta a los miles de ricos que turistean por placer, ni a los asalariados que viajan por negocios o a los millones de pobres que emigran y huyen de su tierra buscando mejores condiciones), hay que reconocer que en México no somos muy afectos a salir de nuestra "zona cultural de confort". Esto es, el grueso de la población no cultiva el hábito de viajar voluntariamente fuera de nuestro territorio. De hecho, en nuestra historia adolecemos de viajeros mexicanos celebres y no tenemos tampoco en el imaginario popular alguna figura digna de adoración que se haya aventurado por el mundo. La nuestra es una tierra que más bien ha recibido viajeros, invasores, turistas, exiliados y conquistadores, no una tierra que los haya producido y exportado en demasía. ¿Esta carencia de una tradición de grandes viajes, esta falta de un linaje de viajeros mexicanos tendrá algo que ver con la falta de arrojo y la ausencia de un deseo transgresor que distintos filósofos y psicólogos de la cultura han vislumbrado en la mente de millones de mexicanos?

Hablamos de un extraño hábito que arrastramos desde hace siglos. Y aunque en las últimas décadas hemos abierto nuestro contacto con el mundo, tenemos que reconocer que los mexicanos en general no viajamos muy seguido fuera de la cortina de nopal ni en el sentido corporal ni por la vía estático-cerebral (ahí está como evidencia el bajo índice de lectura). 

Por su puesto, las razones de esta "inmovilidad" (de esta extraña pasividad y resistencia a salir de nuestro contexto geográfico) son muchas y complejas: la colonización (somos un país invadido, no una tierra de invasores), la pobreza (el 65 por ciento de la gente no tiene dinero para cubrir sus necesidades básicas), la falta de infraestructura (no tenemos tantos aeropuertos, carreteras, puertos y líneas ferroviarias como necesitamos) y sobre todo, la  paradójica y muchas veces ingenua fascinación-adoración-dependencia que aquí sentimos por los extranjeros, son algunas de las causas.

Uno de los ámbitos donde esta problemática se presenta de manera cotidiana (instaurando a su paso una especie de pedagogía malinchista), es en los torneos del futbol mexicano profesional, donde más que producir y exportar talentos para otras ligas del mundo, el negocio de los promotores y los equipos ha radicado en importarlos.

Vaya paradoja: mientras por un lado nuestro futbol-espectáculo es económicamente el más rico y "confortable" de toda América Latina, por otro lado es de los más pobres (a pesar de los que hoy brillan en Europa) en cuanto a la producción y exportación de talento humano. Con la excepción de algunas generaciones de Pumas y Atlas, a la fecha no existe entre la mayoría de los equipos articulados bajo la FMF una política ni una filosofía clara que permita engendrar de manera masiva y sistemática jugadores-viajeros, jugadores-cosmopolitas, jugadores templados en su contacto con otras lenguas y culturas.

¿Nuestro futbol es entonces un futbol "colonizado", un futbol víctima de su propio confort? Tal vez. Por lo menos así lo demuestran las estadísticas globales de los múltiples encuentros internacionales en los que han participado tanto los equipos locales como la Selección. Sobre todo en los últimos años, donde a pesar de las innegables mejorías y avances, los empates y los juegos perdidos o muy cerrados superan a los buenos cotejos (sobre todo cuando se llevan acabo en el extranjero). Los recientes encuentros de la Selección dirigida por Hugo contra Cuba, Honduras, Paraguay y Guadalupe son una buena prueba de ello: la gol-balización del espectáculo y los saberes futbolísticos ha hecho que en el plano físico y táctico ya prácticamente no existan diferencias entre los jugadores aztecas y sus vecinos del sur. Hay que aceptarlo: aunque el mercado mexicano de futbol es el más poderoso, en la cancha las cosas están muy parejas (dicho poder no se refleja).

Si no se han conquistado muchos títulos a nivel internacional y ahora resulta que equipos antes débiles nos hacen dudar, tropezar y sufrir, ¿qué es lo que distingue entonces al poderoso mercado del futbol mexicano? ¿Tendrán estos resultados (estos partidos tan pobres y cerrados) algo que ver con el hecho de que buena parte de los directivos se sigan resistiendo a producir y exportar jugadores-viajeros, mientras presumen con fervor la pasiva dependencia de "figuras" traídas de afuera? ¿O será que los equipos mexicanos se sienten cómodos en su función de "mamás-gallinas" que de tanto proteger y cuidar a sus hijos retrasan su madurez y obstaculizan su desarrollo?

Se trata de algo que evidentemente ha creado con los años un torneo local por momentos intenso pero triste por contradictorio. Porque si bien es cierto que por un lado los técnicos y jugadores extranjeros que han llegado a nuestro país han dejado aquí sus múltiples sabores y saberes futbolísticos (que sin lugar a dudas nos han ayudado a enriquecer el show, pulir el carácter y la técnica), también es cierto que la fatídica e histórica dependencia que algunos directivos mexicanos y la mayoría de los promotores han instaurado, han colocado al futbol mexicano (en tanto fabrica de jugadores) en una posición condescendiente en lo psicológico y hasta sumisa en lo deportivo. Si no, ¿cómo podríamos explicar el hecho de hoy E.U. esté simbólicamente ubicado como favorito al mismo tiempo que millones de aficionados nacionales (a pesar del coraje vengador y el deseo de triunfo) expresan sin tapujos sus dudas respecto a la Selección?

Para comprender esta paradójica y compleja presencia/dependencia frente a los futbolistas extranjeros (y estos temores cruzados que respiran en las entrañas de quien se pone la verde), lo primero que tenemos que hacer es identificar el tipo de esquema que regula las relaciones de los mexicanos con los jugadores y técnicos provenientes de otras zonas geográficas. ¿Qué tipo de relación y vínculo a nivel psicológico y comunicativo se establece con los jugadores y técnicos foráneos que -de la mano de algún promotor- llegan a México? ¿Es un vínculo respetuoso y simétrico donde los nacionales y los extranjeros dialogan y se retroalimentan dentro y fuera de la cancha?, ¿es un vínculo en el que a ambos se les ofrece el mismo trato económico y atención mediática? ¿o es un vínculo que de entrada se manifiesta lleno de asimetrías y falsas expectativas y adoraciones por los que llegan de lejos en detrimento por los que aquí nacen? ¿Bajo qué tipo de modelo de relación entre culturas se regulan las relaciones entre mexicanos y extranjeros en el futbol?, ¿es un modelo basado en la equidad y el diálogo intercultural o es un modelo basado en la mecánica fascinación por lo extranjero y el constante desprecio por lo local? ¿Los directivos, empresarios, promotores, jugadores y técnicos que viven del futbol mexicano estarán conscientes de estos modelos que subyacen a sus vínculos?, ¿estarán conscientes de cómo esto impacta en el imaginario de los millones de aficionados? ¿Les importará acaso?

Hay una zona geográfica del mundo de donde especialmente provienen la mayoría de extranjeros que hoy en día llegan (en vísperas del draft) al futbol mexicano. Adivinó usted muy bien: provienen de  de Centro y sobre todo de Sudamérica. Quizá por la cercanía, porque comparten nuestro idioma, por su costo en el mercado o tal vez porque es la principal área de influencia de la mayoría de los invisibles promotores, el caso es que a los equipos profesionales mexicanos han llegado prácticamente jugadores de casi todas las naciones de este subcontinente: hondureños, ticos, salvadoreños, paraguayos, guatemaltecos, panameños, uruguayos, ecuatorianos, colombianos, chilenos, brasileños y sobre todo argentinos han sido contratados para perseguir la pelota en nuestros estadios (¿por qué no traer más africanos, asiáticos y europeos?).

Siendo México en la actualidad el mercado de compra-venta de jugadores más rico (y por lo mismo quizá el más despótico) de América Latina, no cabe duda de que de mediados de los años setentas a la fecha, la industria mexicana del futbol se convirtió en una especie de paraíso o trampolín para muchos jugadores de esta zona del mundo.

Muchos de ellos han sido grandes jugadores (rentables y espectaculares), muchos también han sido un rotundo fracaso. Como sea, lo importante a destacar aquí es que ellos ven al futbol mexicano como algo aspiracional pero también como algo relativamente fácil de conquistar. ¿Por qué? Porque la fascinación que en el plano deportivo los promotores y directivos le han brindado a estos jugadores, ha impedido a la mayoría de los nacionales ofrecerles la suficiente resistencia en el plano psicológico.

Hay que dejarlo claro: la calidad de juego de los extranjeros no es el verdadero problema. El problema ha sido que la contratación permanente de jugadores centro y sudamericanos, a nivel psicológico les ha garantizado cierta supremacía y poder sobre un buen número de los jugadores mexicanos. A tal punto que bien se podría visualizar al mercado mexicano de futbol como un gigante enorme y generoso pero torpe; un gigante que los distintos clubes y seleccionados latinoamericanos adoran y disfrutan derrotar. Un gigante que por su puesto ellos conocen desde adentro y al cual (por malinchismo y negocio) arriban incluso en calidad de estrellas o promesas.

Ahora, ¿qué pasaría si de pronto los directivos mexicanos (arriesgando en lo económico, pero apostándole a futuro) tomaran la iniciativa de empezar a enviar a jugadores mexicanos jóvenes a foguearse al futbol sudamericano?, ¿qué sucedería si un número grande de futbolistas mexicanos fueran sistemáticamente contratados para participar por varias temporadas en el futbol argentino o brasileño?, ¿qué pasaría si también se acostumbraran a llegar a esos países hermanos en calidad de estrellas o promesas?, ¿qué pasaría si aprendieran a combatir la presión de las aficiones y la crítica de los periodistas a partir de vestir los colores de sus clubes locales?; ¿tendríamos acaso mejores jugadores o por lo menos temperamentos más acostumbrados a vencer a los equipos sudamericanos en su propio terreno?, ¿tendríamos más oportunidad de conquistar la Copa Libertadores o la Copa América?

Difícil saberlo. Por lo pronto lo importante será saber si algún día los aficionados mexicanos ejercerán la fuerza que como consumidores poseen para exigir a directivos y empresarios que poco a poco dejen de sudamericanizar al futbol mexicano a costa mejor de globalizarlo; lo importante será saber si los promotores y dueños están dispuestos a buscar que la diversidad y multiculturalidad se hagan efectivas dentro y fuera de nuestras canchas; lo importante será conocer si los dirigentes pueden ver más allá de los torneos cortos e imaginar a largo plazo un campeonato local más globalizado donde sea habitual exportar más talentos (produciendo jugadores-viajeros) al mismo tiempo que se puedan importar jugadores de múltiples latitudes-nacionalidades y variados estilos futbolísticos. ¿Cuándo se romperá por fin con la fascinación esquizoide?

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