Lo político florece también en el césped

Como todos los ámbitos y espacios del mundo social, el mundo del futbol también es una zona de disputas entre distinto tipo de fuerzas políticas. Por ser el deporte-espectáculo más consumido del...

Como todos los ámbitos y espacios del mundo social, el mundo del futbol también es una zona de disputas entre distinto tipo de fuerzas políticas. Por ser el deporte-espectáculo más consumido del orbe y por haberse constituido en una de las más importantes fuentes del goce masivo contemporáneo, históricamente el futbol jamás ha podido sustraerse a las luchas de poder entre grupos, individuos y gobiernos antagónicos, así como tampoco ha podido escapar a los demonios de la propaganda, ni mucho menos ha podido evadir el uso que de él han hecho los políticos-  empresarios oportunistas.

Nos guste o no, el balompié profesional siempre ha sido correteado y pateado por y desde el poder. Y a pesar de que no existen evidencias empíricas de una relación causa-efecto entre los acontecimientos políticos y los deportivos (como falsamente creen los seguidores de las viejas teorías conspiracionistas), lo que sí está claro es que el mundo del futbol-espectáculo nunca ha sido ni será un mundo aparte o aislado: las canchas, los jugadores, los aficionados, los torneos y los pelotazos forman parte de la vida social e histórica, y como tales, afectan y a su modo son afectados por el curso de las cosas (nada escapa a las tormentas de las historia). De hecho, como bien lo demuestran un sinnúmero de sucesos en los que el poder ha marcado sus goles, el futbol ha demostrado ser un espacio privilegiado y eficaz para la escenificación de innumerables batallas políticas (simbólicas y materiales).

Sin embargo, para comprender mejor el modo en que la persecución del balón se ha relacionado con las luchas de orden económico, cultural o político, lo primero que debemos aceptar es que una cosa es el mundo de "la política" y otra muy distinta el mundo de "lo político". En sentido estricto, el mundo de "la política" es aquel que sólo tiene que ver con la manera en que los grupos formalmente se organizan para conquistar el poder gubernamental de una localidad, región o nación; mientras que el mundo de "lo político" (de naturaleza más ancha y profunda) abarca todas las dimensiones de la vida social (como la familia, la escuela, el trabajo, etcétera) en las que se presentan y escenifican relaciones y luchas de poder/contra-poder.

Aunque en diferente medida y proporción, el futbol por supuesto tiene que ver con ambos mundos. Por ejemplo, el futbol se relaciona con el "estrecho" mundo de la política cuando futbolistas, directivos o técnicos participan o son usados en campañas políticas, pero también cuando se vuelven símbolos de algún régimen o gobierno e incluso cuando son usados como escudos en las batallas simbólicas entre dueños o gobiernos antagónicos. ¿Por qué? Muy sencillo: por su alto poder de visibilidad, por las identidades que siempre activa y pone en juego, y por los orgullos que enaltece.

Además del caso Argentina 78, de lo que sucede con el nacionalismo vasco y de las anécdotas sobre Mussolini en los 30';s o de los múltiples juegos de la paz promovidos por la UNESCO, a nivel mundial son muchos los ejemplos que nos hablan del modo en que el futbol se ha vinculado a la política. Ahí está el paradigmático caso de George Weah (ex jugador del Milan y mejor futbolista del mundo en 1996) quien se lanzó como candidato independiente a la presidencia de su natal Liberia. Ahí están las declaraciones de un Pelé que se sintió utilizado por la Junta Militar brasileña en los 70s. Ahí está también el caso de ese mítico encuentro entre Maradona y Hugo Chávez en marzo del 2005. Ahí están el caso del incidente diplomático que se presentó entre Italia y Turquía por los hechos violentos presentados al final del juego de la Champions entre el Roma y el Galatasaray. Y muchos ejemplos más.

En México, ejemplos del vínculo entre el futbol y el mundo de la política, tenemos de sobra. Ahí están por ejemplo las oportunistas llamadas de los presidentes felicitando al seleccionador nacional por haber pasado a la siguiente ronda de algún torneo internacional. Ahí está también los rituales que cada año, torneo tras torneo, se escenifican en Los Pinos cuando el presidente en turno (para recuperar algunas simpatías) invita al equipo campeón a tomarse la obligada foto. Salinas, Zedillo y Fox lo hicieron sistemáticamente; Calderón lo hará en cuanto la ocasión se lo exija. Y las escenas de la política siguen. ¿Recuerdan a Campos en aquel spot donde arengaba a favor de Francisco Labastida?; ¿recuerdan Luis García pidiendo en otro spot el voto para Fox?; ¿recuerdan al "Kikín" Fonseca pidiendo la emisión del voto por Calderón hace un año?; ¿recuerdan cuando Jorge Campos se dejó anotar un gol por el "orejón mayor" en 1994 (en vísperas del Mundial gringo y con el problema zapatista encima)?; ¿recuerdan la recepción de Fox (ese político de ideas cortas y lengua larga) al Cruz Azul luego de su segundo lugar en la Libertadores del 2001?, ¿recuerdan la invitación del Sup Marcos para que los zapatistas pudieran enfrentar al Inter con Maradona de árbitro? Y ¿cómo olvidar aquella victoria política del grupo Atlacomulco (Nemesio y Valentín Diez, Rafael Lebrija, César Camacho, Carlos Hank,  Ramón Beteta, Alfredo del Mazo y Emilio Chuayffet) sobre Los Pinos y el grupo de Zedillo cuando Toluca venció al Necaxa con un marcador global de 6 a 4?

Muy bien, pero ¿y qué hay de la presencia de lo político en el mundo del futbol? Sin duda es mucho más compleja y constante. Cada vez que se usa al futbol como escenario para demostrar el poder desde arriba o bien para ejercer el contra-poder desde abajo, lo político florece en el césped. Lo que ha sucedió en los últimos días en relación a la restricción por parte de la FIFA para que ya no se sigan llevando a cabo más juegos en las alturas empobrecidas del planeta, es un buen ejemplo de esto.

No se trata de la política, se trata de una decisión deportiva (tomada desde Europa) que en pocos días activó ya los resortes de lo político y sus fuerzas (sobre todo en América Latina). Hablamos de una lucha simbólica: de la fuerza de los muchos pobres y sus problemas, contra los pocos ricos de la FIFA y sus ventajas.

Vivir en las montañas (casi en las nubes) no es nada fácil. En América Latina casi siempre se trata de zonas pobres, de lugares con escasa agua, con pocos servicios de luz, educación y salud. Bogotá, Quito, La Paz, Cusco (Perú) y –en mucho menor medida-Toluca (México) son una buena prueba de ello. No se trata de paraísos donde la gente viva cómoda y feliz por la aparente falta de oxigeno que afecta a los extranjeros (en los sueños, los paraísos casi siempre aparecen a nivel del mar). Tampoco son el infierno que retóricamente pinta la FIFA. Se trata de lugares altos y problemáticos en los que gente vive porque muchas veces no tiene de otra o simplemente porque le gusta estar más cerquita del cielo. Espacios geográficos válidos tan legítimos como cualquiera. Y ahora la FIFA les quiere quitar uno de los pocos espacios de gozo que aún conservan: el placer de tener futbol en competiciones internacionales.

¿Qué acaso la FIFA no se ha dado cuenta de que en un mundo liberal y tan revolucionado tecnológicamente como el que vivimos, decisiones como esa no hacen sino poner al desnudo la visión arcaica (casi prehistórica) de la gerontocracia que tan lucrativamente lo gobierna?; ¿qué no se supone que la FIFA es un representante moderno de las luchas laicas en contra de el racismo, el clasicismo, la xenofobia o la discriminación sexual?; ¿qué no se supone que el máximo organismo del futbol-espctáculo aboga desde el plano deportivo por la igualdad, la democracia, la paz y la justicia de sus agremiados?

¿Por qué tomar entonces una decisión tan injusta, poco fundamentada y racional como esta? Las respuestas son variadas: porque tienen el omni-poder que les permite hacerlo (articulan a más gente que la misma ONU); porque no le tienen que rendir cuentas a nadie (en tanto supra-organización, nadie ni nada los vigila); porque saben que a pesar de las protestas su palabra es la única que cuenta (su poder es despótico). Y aunque en este momento los Presidentes de Bolivia, Ecuador y Perú  estén considerando la posibilidad de cancelar la participación de sus respectivo seleccionados en la Copa América (de esa Venezuela tan convulsionada por Chávez y sus contra-efectos populistas), casi es un hecho que los gritos de los millones de amantes al futbol que viven a más de 2, 500 no tengan los decibeles suficientes como para escucharse en las alturas divinas en las que se encuentran colocadas hoy las orejas de la FIFA.

¿Reconsiderarán los nuevos dioses del olimpo sus erróneas decisiones? Si nos atenemos a las lecciones que nos ha dado la mitología, más nos vale resignarnos: los dioses pocas veces rectifican y cuando lo han hecho, exigen demasiada sangre. Si al contrario revisamos la historia de las luchas políticas, más nos vale conservar aunque sea un gramito de esperanza. ¿Será la Copa América una Copa con una televisión local manca, jugada entre marchas de protesta, en medio de policías y militares, amenazas de bomba y fervientes deseos de golazos?; ¿será una Copa parca en lo deportivo pero explosiva en lo político?; ¿será la Copa América del 2007 (aderezada por las rencillas desatadas tras la prohibición de la FIFA) la Copa en la que seremos testigos de un futbol cuya espectacularidad dependa más de lo que pase con los ciudadanos en las calles y con los políticos en los medios que de lo que suceda con los jugadores en las canchas?

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