Nacionalismo recortado

En términos estrictamente geográficos y jurídicos, la idea de nación es una de las invenciones más eficaces de los políticos modernos. Y lo ha sido no sólo porque territorialmente hablando les ha...

En términos estrictamente geográficos y jurídicos, la idea de nación es una de las invenciones más eficaces de los políticos modernos. Y lo ha sido no sólo porque territorialmente hablando les ha permitido dotar de un hogar al Estado soberano a partir del cual han demarcado las fronteras donde inicia y termina su poder legal y administrativo, sino también porque desde el Siglo XVIII dicha idea les permitió edificar un techo ideológico y discursivo bajo el cual articular a distintas micro-comunidades de personas que antes no necesariamente se identificaban entre sí.

Morada indiscutible de los Estados modernos, además de aprovechar y explotar la humana necesidad de pertenencia a un grupo, para consolidarse en el plano simbólico todas las naciones del orbe han tenido que exaltar ciertos acontecimientos históricos, ciertos valores y objetos culturales (una bandera, un himno, etcétera) para cohesionar y despertar los sentimientos de identificación de sus ciudadanos.

Por su puesto, al paso del tiempo dichos sentimientos de pertenencia a una nación concreta se convirtieron en lo que hoy conocemos con el nombre de nacionalismo: ese discurso emocional que agrega identidad y que ofrece a las personas la agradable sensación de formar parte de algo mayor (una nación), pero que en ocasiones (por ejemplo en tiempos de guerra o confrontación) también abre espacio al despliegue de falsos esencialismos, genera borreguismos obtusos y despierta perniciosas sensaciones de superioridad/inferioridad.

Es un hecho que durante muchas décadas las principales estrategias para unificar culturalmente a una nación y despertar en ella los sentimientos nacionalistas se comandaron única y exclusivamente desde el Estado (esto es, a partir de la retórica populista de sus viejos políticos y militares).

Sin embargo hoy en día, en estos tiempos de modernidad líquida (donde ya prácticamente nadie confía en los políticos y donde las meta-narrativas como el progreso entraron en crisis); en tiempos de capitalismo neoliberal descarnado donde los Estados-Nación han cedido buena parte de su misión rectora a la iniciativa privada; en tiempos donde la globalización comercial y tecnológica han colocado a los medios de comunicación –en materia de políticas culturales- por encima de las instituciones culturales y educativas; en tiempos de alta migración, turismo, entretenimiento y ciudadanía global, está claro que la mayor parte de los  nacionalismos se atizan (en periodos de relativa paz) mucho más desde el horizonte mercantil-empresarial que desde los gobiernos y sus desacreditados tecnócratas.

El mejor ejemplo de este tipo de nacionalismos incentivados por cuestiones de mercado y competencia entre empresas que se disputan la preferencia de los consumidores, son los curiosos nacionalismos (y las odas a la nación) que en la actualidad despiertan las competiciones deportivas internacionales.

Se trata de nacionalismos hasta cierto punto recientes (pues no tienen más de un siglo) y que por distinguirse de otro tipo de nacionalismos (como el cultural, el étnico-cultural, el religioso o el económico) algunos autores como Michael Billig ya han calificado de banales: nacionalismos ligths que periódicamente resurgen de manera coyuntural y a partir de determinados rituales mediáticos pero sólo para alentar el consumo y como pretexto para elevar el raiting.

En las últimas semanas y gracias al planificado encadenamiento de distintas competiciones deportivas internacionales en las que distintas versiones de la Selección Mexicana de Futbol participó (Copa de Oro, Copa América, Mundial Juvenil Sub 20, Juegos Panamericanos), tuvimos la oportunidad de atestiguar el florecimiento de este paradójico tipo de nacionalismo que lo mismo sirve expresar el amor a la patria que para señalar la fidelidad hacia ciertas marcas y medios.

Hablamos de la emergencia de un tipo de nacionalismo cuya exaltación no proviene ya del Estado y Gobierno mexicanos (como sucedió con el nacionalismo cultural que desde la escuela, los museos, la radio y el cine la época de oro se edificó durante el periodo pos-revolucionario), sino que nos llegó por la vía de las industrias culturales y gracias a la "generosa" contribución de algunos anunciantes. 

Un extraño nacionalismo que periódicamente emerge gracias a la lucha televisiva por las audiencias y cuyo ámbito de acción, para bien o para mal, se constriñe sólo a los 55 y 65 millones de ciudadanos mexicanos que vivimos en la república de futbol (diversos estudios han mostrado que entre 55 por ciento y 65 por ciento de la población tiene al futbol como su deporte favorito). Hay que aceptarlo: "el TRI de mí corazón" no necesariamente tiene reservado un lugar en todos los pechos, como bien lo evidencia el hecho de que el "yo si creo en la Selección" no es el mantra de al menos la tercera parte de los mexicanos.

"El futbol nos une", es verdad, pero no a todos. Y por ello el suyo es un nacionalismo recortado. De ahí que sea tan importante no confundir los eslóganes de las campañas publicitarias con las complejas realidades sociales. Es cierto que en el contexto de la sociedad del entretenimiento en que vivimos los anunciantes son indispensables para que las competencias deportivas internacionales se lleven a cabo, pero cuando desde su trinchera atizan sin ton ni son el fervor nacionalista debemos ser cautelosos. No olvidemos que detrás del "jugamos 100 millones, no once" lo único que muchas veces se esconde es el deseo de que se vendan más botellas de agua azucarada.

A pesar de que es una instancia de gozo y una fuente de simbólica esperanza, la Selección Mexicana de Futbol no es un bien público. No le pertenece a la nación, ni al Estado, ni a los ciudadanos. Le pertenece a los anunciantes, a los medios, los federativos, los promotores y los dueños de los equipos y los jugadores. Como bien lo sabe la FMF, su ámbito natural es la iniciativa privada y desde ahí, nos guste o no, se construye su idea de nación: sólo basta con ponerse la verde. Sin embargo, la Selección es un bien privado que afortunadamente genera un goce público; es un bien privado que le otorga identidad y despierta sentimientos nacionalistas de pertenencia a un importante sector de la población; es un bien privado frente al cual, como todo consumidor, tenemos derecho de exigir cada vez más calidad en sus productos-espectáculo.

Hace tiempo Hugo Sánchez se quejó de que los aficionados abuchearán al Tri luego de una pésima actuación. Dijo que eso no era válido y casi los acusó de traición a la patria. Su crítica la hizo apelando a los mismos sentimientos nacionalistas que los viejos políticos populistas utilizan para resguardar los bienes de la nación que tanto han usurpado. ¿Alguien le puede decir a Hugo que los consumidores de futbol ya no visitan los estadios en calidad de ciudadanos y patriotas (en calidad de niños héroes) sino en su nuevo rol de consumidores ávidos de emociones y repletos de expectativas?

Para como están las cosas en nuestro futbol y como respuesta al nacionalismo light y recortado que desde la lógica del mercado están construyendo los medios y los anunciantes, no estamos muy lejos de que pronto los aficionados mexicanos (en su afán de que la Selección mejore y cumpla lo que cada competencia promete) empiecen a acudir en masa a la PROFECO.

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