Redención y caducidad

Los técnicos, como las medicinas o las comidas enlatadas, tienen fecha de caducidad: su efectividad sólo se mantiene durante un determinado plazo.

Los técnicos, como las medicinas o las comidas enlatadas, tienen fecha de caducidad: su efectividad sólo se mantiene durante un determinado plazo.Líderes a sueldo fijo, su despido, huida o retirada, sólo es cuestión de tiempo. Para ellos, el tic tac que marca la hora de su salida es un murmullo permanente. De hecho, uno de los pasatiempos favoritos de los demonios futbolísticos consiste en darle cuerda a su reloj (esa bomba de tiempo) en las orejas de estos personajes mientras se pasean nerviosos por la banda: es un espectáculo que forma parte de su contrato. Hay que aceptarlo: su estancia en el banquillo casi siempre depende de su capacidad para relacionarse con la tragedia, con la entropía que tarde o temprano inevitablemente los asalta Aunque hay técnicos que han tenido la suerte de salir o huir de sus equipos porque se cansaron de ganar, porque se aburrieron de la ciudad donde viven, por cuestiones meramente salariales o por algún asunto relacionado con las letras chiquitas de su contrato (como tener que anunciar algún determinado producto); dejando de lado la mala relación que pudieran tener con su Directiva o los dueños de sus equipos (por carecer de un publirrelacionista o un promotor poderoso), los motivos más comunes por los que se exige la salida de un estratega casi siempre han sido los fracasos deportivos (la incapacidad para sumar puntos), la desesperación de la afición (la capacidad para acumular mentadas de madre), la habilidad para decir estupideces (la capacidad para esgrimir declaraciones desafortunadas) y su carisma para atraer -cual imanes- las críticas de los periodistas deportivos (dicho de otra forma: su incapacidad para atrapar la atención del periodismo de espectáculos).  A pesar de los buenos salarios y primas e independientemente del protagonismo mediático y la fama que por instantes algunos llegan a ganar, hay que reconocer que por lo regular, en los actuales equipos profesionales de futbol, la posición de entrenador es complicada y ambigua: casi siempre tienen la boca suelta pero las manos amarradas.  No obstante que, en el plano espiritual, la mayoría de los estrategas reconocen como única autoridad a su conciencia y a la deidad a la que se encomiendan con tal de que la incertidumbre les favorezca, es un hecho que en el plano organizacional y material arriba de ellos hay muchos patrones y jefes: el Director Deportivo (antes conocido como Secretario Técnico), el Vicepresidente (sub-gerente), el Presidente del equipo (el moderno CEO del balón), los dueños de la empresa, los medios, los anunciantes, patrocinadores y por último, claro está, la afición.  Producto de la moderna división social del trabajo futbolístico (cada vez más especializado), el técnico de un equipo (esa esperanza encarnada al que muchas veces se le paga para que pague los platos rotos) solo es una pieza más entre muchas otras. Una pieza clave, eso si, pero no definitiva: ¿por qué entonces se le sigue vendiendo como si fuera una panacea, el líder cuya sapiencia nos enseñará el camino a la gloria, la verdadera pata de conejo que nos hacía falta o la maravillosa receta que una vez aplicada en automático resucitará equipos muertos?  El futbol es un misterio. Sin embargo, a contracorriente de la mitología periodística que nos ha hecho creer que la fama, la experiencia, el carisma, liderazgo e inteligencia de un técnico (de ese hombre cuya soledad en el campo refleja su precariedad laboral) alcanza para salvar o hundir a un equipo (o a una nación), hoy está más claro que nunca que su poder de acción, decisión e injerencia se limita a unos cuantos metros cuadrados y todos, si bien le va, a ras del campo.  Basta con verlos y seguirlos durante los partidos, incluso a la salida de los entrenamientos o durante las conferencias de prensa. Están acostumbrados a lucir como si tuvieran más poder del que realmente poseen. Quizá por ello son fuente permanente de noticias, objeto de múltiples preguntas y cuestionamientos, blancos de la crítica, material apto para chistes y burlas "bien intencionadas". Sentir la presión de miles o millones es parte de su karma.  Pero la caducidad de los técnicos actuales que viajan y cambian de equipo como nunca antes, se combina con la tristeza que siempre ha perseguido a estos trabajadores del campo. Hoy ya casi no hay espacio para que figuras míticas como Vittorio Pozo, Santley Matthews o César Luis Menotti aparezcan al frente de un once. En lugar de líderes al estilo Alex Ferguson, el espíritu de nuestra época es más apto para técnicos mediáticos y eficientes que además de anunciar con evidente rigidez productos de consumo cotidiano (refrescos, pastas de dientes, jabones, desodorantes, pomadas, antimicóticos y pastillas de colores para luchar contra la disfunción eréctil), viven de jugar (tal como lo hacen los publicistas que los contratan) con el deseo de triunfo y las expectativas. Ese es el deporte favorito de los técnicos modernos (amantes del empate y el aburrimiento): prometer la conquista de campeonatos.  A sabiendas de que tarde o temprano la entropía terminará por abrazarlo, en estos momentos de ruidosa alharaca mediática y de jugosa expectativa económica, como parte de un sano ejercicio de des-fascinación bien vale la pena preguntarse: ¿cómo será el final del dentista (artífice de chilenas memorables) que ahora dirige los "destinos nacionales" desde el rectángulo de pasto?  En Noviembre del 2006 y por acuerdo mercadológico y táctico de las televisoras y la FMF, todos fuimos testigos de su presentación como técnico del Tri, pero tomando en cuenta que se trata de un trabajador que como pocos tiene el privilegio de mantener en secreto su salario (¿cuántos millones de dólares cobra Hugo?); un trabajador que por cierto vive de todas las acciones que como audiencias y consumidores realizamos, no está por demás cuestionarnos: ¿cuándo y cómo concluirá su ciclo?, ¿cómo será su despedida?, ¿se tratará de una heroica salida en hombros o de una vergonzosa fuga?, ¿cuáles serán las razones por las que él se retirará de la selección o por las que se le pedirá su salida?, ¿será por su incontinencia verbal; será por su decisiones tácticas; por su éxitos y fracasos deportivos; será por sus declaraciones y sus arrebatos frente a la prensa; será porque los anunciantes consideraran que su imagen ya no vende ni atrae a las audiencias; será por desacuerdos con su cuerpo técnico; será porque sus jugadores no tendrán paciencia para soportarlo? Hugo ya está en el banquillo que tanto quiso (¿qué sentirá La Volpe cada vez que lo mira y escucha?). Y aunque no guste a sus seguidores, tarde o temprano se irá. Su estancia, como la de todos sus colegas, tiene limites y fecha de caducidad. La pregunta es: ¿de qué manera lo hará?  En el mundo de las utopías futboleras, lo ideal sería que el "Macho" se despidiera de la selección (luego de varios mundiales) aburrido de victorias; fastidiado de haber transformado la psicología de sus muchachos; cansado de sembrar mentalidades ganadoras; harto de atizar con satisfacción la hoguera del orgullo nacional. Lo soñado sería que se fuera dejando detrás de si una estela de triunfos memorables luego de haber brindado gozo y felicidad a millones. Sin embargo, en el marco de la industria de espectáculo todo parece indicar que mientras el Pentapichichi siga atrayendo a la prensa; mientras su personalidad (en términos de entretenimiento) siga polarizando las opiniones a la par que unifica los consumos; mientras los anunciantes sigan confiando en su imagen y lo sigan invitando a filmar comerciales; mientras los directivos y dueños no sientan amenazado el negocio, los políticos no se sientan aludidos y las televisoras no sientan una disminución de los ratings, él permanecerá incólume en el banquillo, por lo menos hasta el 2010 (como de seguro lo especifica su contrato). En este ciclo no importarán demasiado los fracasos deportivos ni la insatisfacción o denuesto de millones de aficionados. Mientras haya justificaciones a la mano (el campo, el árbitro, el sorteo, las lesiones, etcétera), como siempre, el futbol y su público será lo de menos. La ausencia de nuevos abucheos y algunas victorias estruendosas (como frente a Brasil) y esporádicas (combinadas con juegos regulares) que alimenten la expectativa le bastarán para cruzar el arduo camino que como técnico le queda.  Una cosa si es segura: cuando se vaya entristecido y resignado de la selección,  además de recuerdos buenos o malos y a costa de lo que suceda en el corazón de millones de mexicanos, el "Macho" sentirá consuelo cada vez que acaricie y verifique sus bolsillos: esa fuente de redención en tiempos de alta caducidad. Opina de esta columna aquí

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