Historias negras

Pocas cosas son tan hilarantes y placenteras como descubrir y luego exhibir públicamente a quien hace trampa. Y a pesar de que descubrir a quien hace trampa es algo que mucha gente por miedo,...

Pocas cosas son tan hilarantes y placenteras como descubrir y luego exhibir públicamente a quien hace trampa. Y a pesar de que descubrir a quien hace trampa es algo que mucha gente por miedo, pudor o franca complicidad prefiere no hacer, no cabe duda de que asistir al streptease de cualquier verdad (sobre todo cuando es la ajena) siempre es estimulante y divertido: su desnudez es un espectáculo que cura el alma.  El desengaño no sólo es maravilloso porque cognitivamente ayuda a ver lo que antes no percibíamos, sino porque también estéticamente otorga a quien lo experimenta un extraño tipo de gozo: el de ver caer una mentira. La historia de los embusteros, bribones y tramposos que son descubiertos in fraganti o a posteriori, casi siempre es la misma: se trata de caballeros o insignes damas que por la gravedad de sus errores y estupideces, por pruebas irrefutables que se les comunican o por sus propias confesiones, de la noche a la mañana saltan de la probidad al ridículo, de la honradez a la bajeza moral, de la admiración al escarnio.  De historias negras o perversas está lleno el mundo y no hay sociedad, cultura o etapa histórica que haya escapado a la contaminación de la inteligencia bribona y usurpadora (por que para engañar y construir realidades paralelas hay que usar muchas neuronas) de los tramposos, oportunistas, gandallas y corruptos. De hecho y aunque la corrupción y el engaño no son patrimonio de alguna raza, clase social, sexo o pueblo en particular, todo parece indicar que entre más cerca se está del poder político y económico, entre más contacto se tenga con el universo de las grandes tentaciones, hay más probabilidades de que allí se encuentre a los rufianes y granujas más insignes y despiadados.  Por su puesto el mundo de la política o las grandes empresas son el terreno que más ha visto y verá florecer atropellos, corruptelas y abusos de poder. Pero en la medida en que la mentira, el engaño, la sed de poder, el ahorro de esfuerzos y la búsqueda del camino fácil son debilidades que forman parte de la compleja condición humana, evidentemente no son los únicos territorios donde la bajeza moral se despliega puercamente a sus anchas. Como bien lo demuestra el hecho de que instancias e instituciones que se supone deberían estar exentas de cualquier tropelía porque su razón de ser consiste precisamente en erradicarlas, históricamente han sido espacios donde ininterrumpidamente ha prosperado el engaño y la doble moral: la religión, la educación, las instancias judiciales, el arte y la ciencia son esos espacios donde también se ha visto crecer a muchos mentirosos, ladrones y embusteros. El camino al infierno está lleno de buenas intenciones.  El deporte, terreno privilegiado de lo humano, desde luego no podría ser la excepción (¿existe acaso un lugar libre del virus de la corrupción, la malicia y la patraña?). Ahí están el COI y la FIFA, con toda su arrogancia, opacidad, doble moral, su enorme poder y sus escándalos para constatarlo. Ahí, como en las ligas y competencias profesionales más importantes que existen, nos guste o no, todos los días florece (difícil saber en qué porcentaje) la mentira y el engaño. Y aunque todavía hay mucha gente que de manera nostálgica e ingenua (¿cómplice?) considera al deporte moderno como un paraíso de integridad moral por su origen caballeresco y por los valores e ideales que enarbola, cuando no por las pulcras atribuciones éticas, pedagógicas y filosóficas que en su momento ideológicamente le colgó el Barón Pierre de Coubertin, la verdad es que si juntáramos todas las tropelías y corruptelas que en los últimos cien años se han cometido en nombre del espíritu olímpico, el fair play, la igualdad o la armonía deportiva y universal de los pueblos tendríamos suficiente material para escribir una obra monumental, pesimista, desfascinadora pero indispensable para abrir los ojos de los incrédulos u olvidadizos: hablamos de la HISTORIA NEGRA DEL DEPORTE, la enciclopedia de la infamia deportiva universal, una obra de la cual por fortuna ya hay muchos retazos y pequeñas versiones perdidas en cientos de libros pero que todavía no salta a la luz.  ¿Quién se animará a compendiar todas las estafas, trampas, sobornos y engaños que se han cometido en el deporte moderno?, ¿quién tendrá la paciencia de hilar todas las historias y unir todos los pedazos del rompecabezas multicolor de la corrupción deportiva?, ¿quién tendrá la información, la memoria, el coraje y el sarcasmo suficiente para edificar la truculenta historia negra del deporte y hacerla convivir con la escéptica estadística de los triunfos, las hazañas y los héroes?, ¿serán los propios deportistas y periodistas deportivos; serán los comentaristas televisivos y los federativos; serán a caso los ex directivos y empresarios del deporte quiénes escriban a partir de sus memorias esta obra monumental y necesaria? Tal vez. Aunque es poco probable que así suceda, porque si algo hay que sea difícil es mirar la propia mirada: esto es, ejercer la autocrítica. Y hoy se cuenta con los dedos a los deportistas, directivos, periodistas o federativos reflexivos, auto-críticos y libres de pecado.  Hablando de los deportistas, las tentaciones que tienen a la mano (dinero, fama, poder) y las recompensas económicas y simbólicas que obtienen por "dedicarse profesionalmente a lo suyo" (aunque sea a costa del dopaje) son tantas, que pocos son los que se atreven a denunciar o confesar (cuando los dejan) los cotidianos actos de corrupción en los que más deportistas de los que imaginamos están inmersos. Y cuando logran hacerlo, las propias exigencias del frenesí mediático y la industria del deporte-espectáculo, imparable, ahogan sus dramáticas historias entre el mar de estadísticas y grandes jugadas que cada fin de semana emergen. Así, de cara a los aficionados, la información sobre la corrupción deportiva al ser mínima, sigue la vieja lógica del "corazón que no ve, corazón que no siente". El poder político, económico y cultural del espectáculo deportivo son tan grandes, que millones de aficionados prefieren la ficción por sobre la realidad y sus horrorosas verdades. La corrupción forma parte del espectáculo.

Afortunadamente, además de nuestro celebre e incomparable Roberto Madrazo (ejemplar maravilloso y único por su cinismo y estupidez), en los últimos meses (y si hurgamos bien en la memoria deportiva nos daremos cuenta que también en los últimos años y décadas) hemos asistido a una infinidad de espectaculares sesiones de streptease moral donde las mentiras de diversos deportistas profesionales (con Marion Jones y Montgomery a la cabeza, pero muy seguida de cerca por los escándalos de la Fórmula 1, la Tour de Francia, la NFL o el Béisbol de las grandes Ligas) han sido estoicamente desnudadas.  ¿Y cuántos granujas no se han enriquecido y se siguen aprovechando a la sombra del futbol profesional?; ¿cuántos actos de corrupción y abuso de poder no se han cometido en el deporte de las patadas?; ¿cuántos engaños, mentiras, embustes y trastupijes no se han cometido en el espectáculo deportivo más consumido y que más dinero deja alrededor del planeta? Una infinidad.  La corrupción, en tanto búsqueda del beneficio personal por encima de la ley, la moralidad o la comunidad, es un acto que se mantiene impune y con vida mientras haya complicidad, opacidad, mientras no haya información, crítica y transparencia que desnude, ridiculice y exhiba al corrupto. Y en el interesante y paradójico mundo del futbol espectáculo si algo sobra es opacidad, falta de transparencia.

Hay mucha información intra-cancha, mucha anécdota y relato, mucho elogio o vituperio, mucha estadística, pero poca crítica extra-deportiva, poco análisis político, económico, jurídico y cultural. No es mundo democrático y abierto, al contrario, es un mundo selectivo, elitista, repleto de intereses de toda índole. Un escenario ideal para que la trampa, el cochupo, las mafías, los arreglos en los oscurito y el engaño avancen, como lo han hecho hasta ahora a sus anchas. Prácticamente todo los países donde hay poderosos torneos de futbol-espectáculo, hay cientos, quizá miles de historias negras. Por mencionar algunos: el futbol italiano, el brasileño, el argentino, el africano, el árabe y claro que si, no podríamos quedarnos atrás, en el futbol mexicano hay mucha tela de donde cortar. Sólo es cuestión de rascar, de buscar, de recordar. El catalogo de corruptelas es inmenso, por eso sorprende que tras el escándalo suscitado por el camotero affaire Maurer-Esparza, mucha gente mediáticamente se de sus falsos golpes de pecho (al estilo de los hipócritas persignados que juran con una mano mientras pecan con la otra). Se espantan y alarman de lo que se supone sucedió. Y no es para menos.

Pero asusta mucho más su pasividad para no destacar (seguramente por complicidad) el resto de corruptelas que todos los días se llevan desde hace años a cabo: dentro y fuera de la cancha; desde las Fuerzas Básicas a la primera división; a la puerta de los estadios y en sus gradas; en los periódicos y en algunos de los medios electrónicos; a la hora de firmar contratos o configurar alineaciones; en los juegos locales y hasta en los de las selecciones; con las jóvenes promesas y con los bultos de tercera que nos llegan desde el extranjero; entre los anunciantes y los políticos locales; entre los representantes y los promotores; entre algunos directivos, seguramente entre algunos técnicos y dueños. Y así diciendo. Claro está que la falta de información sobre la corrupción futbolera en nuestro país no se debe tanto a la habilidad e inteligencia de los que delinquen, se aprovechan y esconden sus tropelías, si no a la complicidad de todo un sistema que para funcionar se acostumbró a trabajar así: guardando silencio. Funcionamiento dentro de cual buena parte del periodismo deportivo ha sido fatalmente clave. Hablar y poner en crisis al sistema es una regla de oro que pocos se atreven a romper. Si no fuera así, cómo podríamos explicarnos que siendo nuestro país una de las naciones más corruptas de planeta (y no solo gracias a sus brillantes políticos sino también por los pequeños y cotidianos actos –a todos los niveles- de sus ciudadanos); ¿salvo algunos casos, el futbol profesional siempre sea narrado y pintado como un ascéptico espacio de diversión, justo y armonioso aislado de los problemas de poder, de los intereses económicos y políticos?

¿Cómo explicar que aún cuando muchos antropólogos, sociólogos, psiquiatras e historiadores científicamente han demostrado que en nuestro país la corrupción es parte de la cultura política y a pesar de que forma parte de la moralidad cotidiana y de buena parte de los rituales de ascenso, la industria de nuestro periodismo deportivo exponga tan pocos casos de corrupción en el futbol? y ¿por qué cuando los expone lo hace de manera aislada y aludiendo solo a la “dudosa moralidad” de los pocos tramposos y no al modo de funcionamiento de todo un sistema?, ¿será acaso porque nuestro futbol profesional es un paraíso moral, intachable y perfecto (una utópica isla fuera de la realidad nacional) o porque una parte considerable de nuestros profesionales de la palabra no ven o no quieren escuchar los estruendosos cantos de la corrupción?  Aunque José Ramón Fernández y algunos otros han contribuido auto-críticamente con su granito de arena, aún faltan muchas cosas por contar y denunciar. No cabe duda: la ceguera, la complicidad o la negligencia forman parte de la historia negra, aún no escrita, de nuestro barroquizado periodismo deportivo.

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