Poesía y futbol sin parar

Qué desmadre, Mundo; todo, o futbolero, pelotas

Qué desmadre, Mundo; todo, o futbolero, pelotasy patas, se jerarquiza hasta la crestadel Aconagua: ¿metáforade patear por patear, o exhibicióndel cuero del Testículoen el césped hinchado así: Mayúsculo: que eyacula yhace eyacularestadios enteros y salpicaretórica y grasa porsatélite enlos idiomas todos; el maya,el estrusco incluso?                                  Pensarque hubo toreros, gladiadoresenla apuesta, y el ritmo.                                  Píndarohubiera llorado

Sí, tal como lo indican estos últimos versos del chileno oceánico Gonzalo Rojas, si Píndaro (el gran poeta griego autor de las Olímpicas) hubiera tenido oportunidad de ver algunos de los encuentros que se llevan a cabo dentro del (por decir lo menos) singular sistema de competencia de nuestra Liguilla, hubiera llorado. Y es que aún cuando a la Liguilla se le siga etiquetando mercadológicamente como la "fiesta grande del futbol mexicano", aún cuando ocasionalmente sigamos presenciando golazos, así como encuentros emotivos y bien jugados, es un hecho que la nuestra es una fiesta intensa pero extraña e injusta.

Una fiesta orgiástica y repleta de incertidumbre donde (con algo de suerte) todo es posible; sobre todo durante los tibios partidos dominicales, en los que los goles, alaridos y gritos afortunados de un equipo de media tabla pueden llevarlo en cuestión de minutos a rozar la gloria del espectáculo.

A pesar de su injusticia deportiva, estos domingos fútiles y tristes de césped hinchado (domingos futboleros de tiempo lento que luego pasan a engrosar las frías memorias estadísticas), son, para los millones de fanáticos desilusionados por el fracaso de sus equipos, un buen día para la melancólica introspección.

Antonio del Toro expresó muy bien esta desoladora experiencia dominguera en el siguiente poema publicado hace exactamente 10 años:

Me siento solo como un dedo al que le faltara la mano.El domingo es un híbrido, un animal con pies           de sábado y cabeza de lunes,tierra de nadie que respira aburrimiento, comidasfamiliares.Es un juego de cartas donde no se arriesga, música            con sordina, sobremesa.El domingo es anacrónico, corre despacio por miedo            al despeñadero,al infarto del lunes, al infierno: en el domingo            los audaces se juegan más que la semana.El domingo es un día por decreto oficial, un falso día.El domingo amanece tarde y anochece temprano, es un            crepúsculo precoz, entre paredes, pesado.

Frente a lo que mucha gente estereotipadamente "piensa" respecto a la poesía (que se trata de algo estúpido, ornamental y cursi, cuando no de un lenguaje adulcorado apto para niñas adolescentes y maricones enamorados), la capacidad expresiva y cognitiva de los poemas fortifica, abisma y nutre. Y es que los poetas, al igual que los cantantes expresan algo personal e intrasferible. ¿Por qué? Debido a que los poemas, en tanto  obras de arte literaria, son un tipo de mensaje especial cuya esencia semiótica está determinada por el lenguaje con el cual están construidos: el lenguaje simbólico-metafórico.

A diferencia de lenguaje referencial con el que está construido el discurso de la ciencia y el periodismo (un lenguaje que apela a la verdad, a lo lógico, a lo evidente, a lo unívoco, lo comprobable y lo tangible), el lenguaje poético va más allá de lo real y apela al misterio y lo trascendente, por ello puede hablar de los contarios simultáneamente: de la unidad y la fractura, de la presencia y la ausencia, del gozo y la tristeza, de la realidad y el deseo.

El lenguaje poético no es lenguaje instrumental, no es lenguaje científico ni lenguaje filosófico; es lenguaje artístico que sirve para decir la experiencia emotiva del hombre en el mundo. Y de ahí el hecho de que el poeta no trata, como los hace el filósofo, el científico o el periodista, de afilar y determinar las palabras para convertirlas en conceptos del mayor rigor y precisión posibles, sino que edifica versos para trastocar, para transgredir el lenguaje cotidiano para llegar (como dijo Agustín Basave) a una metafísica del sentimiento: "el poeta usa la palabra para crear su propio lenguaje porque, de no ser así, no saldría del mundo de lo inefable.

Las palabras poéticas quisieran ser virginales, fuera del lenguaje gastado, común, de todos y de nadie. El poeta quiere revelar algo que solamente él experimenta, algo que la palabra en su forma universal es insuficiente para revelar, algo que le obliga a trastocar los términos tópicos, comunales, mostrencos. Por eso echa mano, necesariamente, de la "metáfora".

No es poco lo que nos ofrece la poesía. Y tampoco, por su puesto, lo es todo. Como todo lo humano, la poesía es algo limitado, finito, pero suficiente (y en esto radica su particularidad) para atisbar lo ilimitado, lo infinito. Edificado con materiales verbales sonoros y gráficos singulares, por lo que estéticamente genera y por lo que en términos epistémicos permite vislumbrar y comprender, con el transcurrir de los siglos el fenómeno poético se ha constituido en una de las dimensiones/experiencias más enriquecedoras, indispensables y valiosas para los hablantes/habitantes de cualquier lengua.

En el caso específico de México, desde por lo menos la última parte del Siglo XIX resulta evidente que la producción del fenómeno poético es una de las actividades más recurrentes y sistemáticas dentro de lo que desde hace unos años se identifica como el campo cultural especializado de la literatura. Se trata de un campo, el nacional, donde la fertilidad en materia de producción poética, más allá de los inevitables altibajos, ha sido una sombra prospera y permanente.

No cabe duda: en un periodo que va de las dos últimas décadas del siglo XIX hasta nuestros días, las publicaciones individuales, las antologías, los grupos, las revistas, las tendencias y los movimientos provocados alrededor de estos materiales verbales a los que llamamos poemas, afortunadamente se cuentan por cientos, quizá por miles.

Entre los miles poemas que se han publicado en México, en relación al futbol (tan ninguneado por los artistas) destaca la creación de Antonio del Toro (autor de varios libros, entre los que destaca el poemario de los "Días descalzos"): un poeta mexicano melancólico y lúdico, un poeta que en su obra explora los objetos citadinos (los cables, los postes, las calles), pero sobre todo las temáticas del juego y la infancia. Como bien lo demuestra en el siguiente poema titulado BALÓN:

Más que la pelotaque parte de la manoque maravilla el balónque sale del sueño disparado.Todos los vimos atravesarel ángulo preciso y cruzar el espacio.Nunca ni el globo, ni el avión,ni el pájaro o la flechapartirán tan llenos de milagro.Todavía lo siento en el pie:ya está entre esas redes.

Del Toro es un explorador de rincones, de objeto olvidados, de juegos perdidos. Sus versos hacen de lo inadvertido y cotidiano algo trascendental. Su poesía se mueve entre un constante ir y venir de objetos donde la casa y la calle son su límite. El suyo es un universo sensorial y sonoro que oscila entre la vigilia y el sueño. Un universo donde suenan ecos que nos hacen "ver" la resonancia de las cosas. Para muestra, el siguiente poema de 1999 titulado CONTAGIOS:

Si nos visitaba el Botafogo salían a la calle los balones,durante la Serie Mundial proliferaban las manoplas,el suelo de tierra propiciaba las canicas,el viento los papalotes, al atardecer las escondidillas.Siempre a la caza de un juego,unas veces nos encontrábamos una liebre, otras un oso.Danzábamos en multitudes con los juegos de modacomo los niños del cuento con el flautista de Hamelín. 

Alguna vez Borges comentó siguiente: "el hecho central de mi vida ha sido la existencia de las palabras y la posibilidad de entretejer y transformar esas palabras en poesía". Y Antonio del Toro lo logró transformar un juego del llano en poesía. Si los amantes del balompié logran escuchar y no sólo leer el siguiente poema, estarán de acuerdo conmigo en que sólo por haberlo escrito, Antonio del Toro debe pasar a la historia (no sé si de la literatura pero si al menos de las creaciones poéticas sobre Futbol): 

Entre la multitud que se agita como un bosque           encantado,libres del deber, por el gusto del pasto, en la delicia           de ver rodar,de sentir cómo nace del pie la precisión que en la vida           normal le arrebató la mano,estamos reunidos hoy en este campo donde no crece           ni la cebada ni el trigo;somos el coro que lamenta y que festeja, el suspiro que acompaña al balón cuando pasa de largo           y el grito entre las redes.Nació la pelota con una piedra o con la vejiga hinchada           de una presa abatida.No la inventó un anciano, un una mujer, ni un niño;la inventó la tribu en la celebración, en el descanso,           en el claro del bosque.Contra el hacer, contra la dictadura de la mano,yo canto al pie emancipado por el balón y el césped,al pie que se despierta de su servil letargo,a la pierna artesana que vestida de gala va de fiesta,al corazón del pie, a su cabeza, a su vuelo aliado           de Mercurio,a su naturaleza liberada del tubérculo;a cada hueso de los pies, a sus diez dedosque atrapan habilidades hace milenios olvidadas           en las ramas de los árboles.Yo canto a los pies que fatigados de trabajar las sierras           llegaron al llano e inventaron el futbol.

Desde luego, estos poemas, producto de la sublime fascinación que el futbol (sin parar) provoca, pudieron haber sido escritos por una sola persona (en este caso Antonio del Toro), sin embargo, si es que logran cumplir su función resulta indispensable que salgan de donde han estado encerrados hasta que se democraticen y se vuelvan de todos los que la lean, la disfruten y sientan. Ese es el objetivo del roce de sus metáforas en estos domingos tristes de césped hinchado. Opina de esta columna aquí

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