El ritual electrodoméstico del súper domingo

Si es verdad que las distintas épocas de nuestra vida se pueden dividir de acuerdo a los programas televisivos que marcaron nuestra memoria y calaron hondo en nuestra subjetividad, es muy probable...

Si es verdad que las distintas épocas de nuestra vida se pueden dividir de acuerdo a los programas televisivos que marcaron nuestra memoria y calaron hondo en nuestra subjetividad, es muy probable que la oferta catódica de este "súper" domingo 3 de Febrero del 2008 ocupe un lugar especial en la mente de millones de mexicanos. Y no sólo por la gastronómica satisfacción que a la mayoría les otorgará seguir por televisión su espectáculo favorito, sino porque esta tarde se engancharán y se congregarán frente a la república de la pantalla, diferentes tipos de audiencias y públicos. Unos más gigantes y globalizados que otros, pero todos distintos, apasionados e interesantes. Más allá de lo que suceda hoy en los estadios y plazas, los raitings de las transmisiones televisivas contiguas y casi paralelas de los suculentos duelos entre América y los Pumas (que sin duda seguirán por Televisa decenas de millones de aficionados al soccer), entre los Gigantes de Nueva York y los Patriotas de Nueva Inglaterra (un Súper Bowl que tanto por televisión abierta y restringida seguirán varios millones de amantes a la NFL), las corridas de aniversario en la Plaza de Toros México (que sólo verán unos cuantos miles por Unicable) y los juegos de los Yaquis en la Serie del Caribe (que seguramente pocos, muy pocos seguirán), por un lado retratarán muy bien los actuales gustos de los mexicanos en materia de espectáculos-deportivos y diversiones públicas, pero por otro lado nos dirán mucho del modo en que estos diferentes Méxicos conviven o sobre-viven (aunque la televisión no lo refleje de todo) en nuestro territorio.  Si tomamos en cuenta que detrás del gusto o la afición de "hueso colorado" a determinado deporte o espectáculo respiran cosmovisiones, morales e ideologías específicas, y si aceptamos que en lo general son claras y a veces grandes las diferencias (tanto sociodemográficas como psicográficas) existentes entre los mexicanos que se declaran fanáticos al soccer, los que siguen al futbol americano, los que aman a los toros y los que son apasionados al béisbol (por no mencionar a los que siguen la lucha libre, el golf o el basquetbol); nos daremos cuenta de que hablamos de Méxicos que, a pesar de ser muy distintos (en cuanto a sus lugares de procedencia, su nivel educativo, su poder adquisitivo, sus gustos y estilos de vida), se parecen en una cosa. Todos practican puntual y religiosamente el mismo ritual electrodoméstico que tanto une: mirar la televisión. Principal aparato electrodoméstico para millones de mexicanos, la televisión, además de marcar territorialmente el centro del hogar y la zona de convivencia y entretenimiento familiar, es sin duda la tecnología que desde hace décadas marca el ritmo y la temporalidad de la vida social. Como bien lo muestra la seudo-parálisis urbana que seguramente hoy, a ratos, se experimentará en muchas ciudades donde las salidas domingueras a la calle se regulan por los rituales que la programación televisiva activa.  El ritual electrodoméstico es fascinante y adictivo pero simple, muy simple: además de haber acumulado pacientemente la ansiedad necesaria (una ansiedad cuya cantidad depende no sólo del bombardeo publicitario y mediático sino de nuestra relación afectiva con los equipos o figuras en disputa), para disfrutarlo sólo basta con organizar el día en función del encuentro o el espectáculo  del que se trate, convocar a las personas adecuadas, aproximarse la comida y bebidas precisas, encender la televisión favorita, sentarse, tomar el control (¡zapear es un arte!), seleccionar el canal indicado a la hora programada, respirar profundo, olvidarse del mundo y mirar, mirar con ánimo de que la pantalla nos devore y secuestre.  ¿Para qué? Para muchas cosas pero sobre todo para compartir y conversar entre jugada y jugada (entre lance y lance); para reír, gritar y quejarse; para insultar, para emocionarse y disfrutar; todo, con el único objetivo de que gane el favorito, pero también de que transcurran los minutos y la tarde (la vida) y así hasta el juego, el encuentro o el campeonato siguiente.  Desde luego, como en toda satisfacción ritual de un deseo, en sentido estricto el resultado del encuentro o el espectáculo televisado poco importa. Tan sólo es un pretexto para convivir, un excusa para gozar y desahogarse, para relajarse y confirmar la afectividad, para crear grupalidad. Como sabe muy bien los publicistas, los comentaristas y productores de televisión amantes del raiting, lo importante es que la expectación del espectáculo en cuestión no desaparezca, que la excitación no decaiga y que la ansiedad no baje (de lo contrario, adiós audiencia).

De ahí el hecho de que en todos los espectáculos deportivos televisados, con sus tomas y encuadres, sus comerciales y sus narrativas, lo único verdaderamente importante es que uno se enganche, que uno invierta tiempo concentrado en la pantalla. Lo que importa es el camino recorrido, el ritual y lo que este permite, suscita, activa, actualiza, despierta. Como bien se confirmará en millones de telehogares a lo largo y ancho de nuestro país, este "súper domingo" 3 de febrero la principal triunfadora será la televisión. Y es que si los datos de IBOPE (la única empresa autorizada en México para medir las audiencias televisivas), son correctos (el año pasado indicó que son 4 horas ½ las que en promedio cada mexicano ve todos los días televisión), la tarde de hoy habrá entre 30 y 40 millones de mexicanos siguiendo los espectáculos ya referidos. Un fenómeno interesante. Socio-económica y geográficamente el más diverso y heterogéneo tipo de audiencia se concentrará en el América-Pumas, los públicos urbanos más homogéneos y específicos (con mayor nivel educativo) consumirán el Súper Bowl, las audiencias pequeñas y dispersas pero de mayor edad (y muy vinculadas a la imagen del México de resonancia colonial y rural) se concentrarán en las corridas de toros y sólo en algunas ciudades (sobre todo del norte del país) algunos públicos (en su mayoría hombres de bajo nivel educativo) seguirán el destino de los Yaquis. Así de diverso es el rompecabezas de este superdomingo televisivo. Al contrario de lo que sucedió con las primeras transmisiones televisivas públicas en México (en el año de 1950) donde lo que se difundieron fueron juegos de béisbol y corridas de toros (dos actividades muy importantes para los mexicanos de aquella época), en el abigarrado México del Siglo XXI los rituales electrodomésticos deportivos que más seducen y convocan a las masas son los vinculados al futbol y al Súper Bowl (en ese orden).

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