El futbol no nos une: algunas ideas sobre los Clásicos

Si partimos del hecho de que en esta sociedad "democrática" y de libre mercado (sociedad mediática, de la información, posmoderna o del entretenimiento) en la que hoy vivimos (una sociedad en la...

Si partimos del hecho de que en esta sociedad "democrática" y de libre mercado (sociedad mediática, de la información, posmoderna o del entretenimiento) en la que hoy vivimos (una sociedad en la que casi nadie confía ni tiene esperanza en las figuras políticas), todo seguidor y aficionado al futbol antes que ciudadano se asume como un fiel y gozoso consumidor (que mediante diversos objetos de consumo –entre ellos el deporte- busca satisfacer sus necesidades materiales, simbólicas y psíquicas), habrá que responder que sí, que el del futbol en definitiva sí es uno de los espectáculos que más nos junta, re-une y aproxima.

¿Dónde, cómo y en qué sentido es que la industria del futbol logra esto? En el acto mismo del consumo y su ética hedonista, o mejor dicho, en su esplendorosa fiesta y orgía.

Y es que más allá de los equipos que se prefieran o de los colores que cada quien defienda, es un hecho que cuando pensamos en futbol (cuando lo soñamos y comemos) y cuando (después de revisar las monedas de nuestro bolsillo) vamos a un estadio, compramos algún souvenir, consumimos algún producto, nos sentamos a ver algún partido o leemos algún periódico, portal o revista buscando informarnos sobre algo relativo al mundo del balompié profesional, todos sin excepción, en tanto consumidores, somos re-unidos, convocados y unificados por este alucinante espectáculo.

Pero si es verdad que en tanto consumidores el futbol nos une, uniformiza y enlaza, también es verdad que en tanto sujetos antropológica, sociológica, política y psicológicamente distintos, el futbol (al posibilitar la escenificación de guerras simbólicas que despiertan verdaderos sentimientos tribales) paradójicamente lo que hace con todos los aficionados y seguidores que hedonista y apasionadamente lo consumen, es justo lo contrario: los enfrenta, opone y disgrega. Fascinante contradicción.

Por eso, al contrario de lo que reza el memorable e ingenioso eslogan de una exitosa campaña cervecera (que como toda operación publicitaria construida alrededor de "una frase corta y memorable", más que confirmar una "realidad" busca despertar emociones y fantasías para atraer la atención sobre un producto específico), habrá que insistir que en términos estrictamente políticos y culturales EL FUTBOL DE NINGUNA MANERA NOS UNE (no al menos como muchos ingenuos comentaristas aseguran).

Espacio único para la exteriorización y la exhibición del onanista amor a uno mismo y la expresión del "odio deportivo" que, amparado en el deseo de vencer y hasta de humillar al contrario, siempre esconde un rechazo político-ideológico y una critica al otro, el futbol-espectáculo actual es uno de los escenarios donde sin duda mejor se teatralizan las disputas político-ideológicas y donde mejor se subliman las fuerzas de muerte y los deseos de destruir y borrar a los que desde nuestra enceguecedora pasión y adscripción identitaria (esto es, a los que desde nuestra fundamentalista relación con un territorio, una bandera, una lengua, una religión, un estilo de vida o una ideología), consideramos antagonistas y rivales.

En definitiva el futbol profesional es un espectáculo paradójico que a pesar de juntarnos ritualmente para consumir, nos une en el odio y nos distancia con los otros.  Especialmente con aquellos a los que por diferentes razones consideramos acérrimos rivales: aquellos que son justamente una proyección invertida de lo que psíquicamente creemos que somos; aquellos que nosotros consideramos distintos, opuestos y ajenos pero a los cuales estamos más amarrados y enganchados de lo que creemos; aquellos que en el fondo son como nosotros (simples aficionados y consumidores, sujetos también deseantes) pero que como reacción a nuestro deseo de humillación e ideológico rechazo nos devuelven también su odio y su resentimiento.

Un odio que cuando los otros lo dirigen hacia nosotros, por su puesto nos hiere y toca en los más profundo, fragilizándonos y lastimando la idealizada imagen que tenemos de nosotros mismos, y atizando de paso el fuego que alimenta los combates, las beligerancias y las hostilidades que subyacen a todos los resentimientos  y las pasiones deportivas.

En fin, un verdadero círculo vicioso que además de permitir legítimamente a los aficionados el desahogo, la escenificación y la canalización de diversas fuerzas libidinales, a los dueños y trabajadores de la industria del futbol-espectáculo les genera grandes ganancias. No cabe duda, el odio y el resentimiento, siempre han sido un gran negocio.

La clave para comprender cómo es que el odio deportivo se ha vuelto tan rentable, está por supuesto en la naturaleza del propio odio-enamoramiento que los encuentros futbolísticos (esa posmoderna modalidad de las relaciones afectivas) posibilitan.

Como en todas las apasionadas relaciones de pareja, las grandes rivalidades futbolísticas suponen siempre una relación pasional recíproca, dependiente e inevitable de odio-enamoramiento. La parte del enamoramiento proviene del vínculo y el enlace afectivo y de franca co-dependencia que se tiene con el otro (en este caso, con el rival deportivo). Y la parte del odio proviene de la herida, la escisión o la humillación que éste –consideramos, al golearnos, golpearnos o robarnos una copa- alguna vez nos infligió.

Habrá que aceptarlo: toda rivalidad deportiva, todo odio futbolístico nació como producto de una herida, como consecuencia de una supuesta traición y como efecto de un dolor, algún sufrimiento o alguna humillación (¿quién hará el catálogo de las heridas invisibles que subyacen a cada uno de los clásicos regionales, nacionales, continentales e intercontinentales del futbol?). En otras palabras, sólo hay odio, enfrentamiento, resentimiento y separación en donde antes hubo (o ilusoriamente se creyó que hubo) amor, comunión o respeto. No se olvide que según el psicoanálisis odiar al otro es una forma de proteger la propia imagen dañada, es una manera ambivalente de defenderse y una de las formas mas eficaces de evadir la tristeza y la depresión. Odiar es concentrarse. Y como la mayoría de los seres humanos para guardar nuestra integridad psíquica preferimos odiar concentradamente a estar aburridos, dispersos y tristes, pues he ahí una de las razones de por qué millones de aficionados asumen las rivalidades deportivas como espacios para sublimar su resentimiento y odiar "con permiso".

Claro, si a esto agregamos que el grado de odio al rival casi siempre es proporcional a la profundidad de la herida o la traición, entenderemos por qué la industria del futbol (que vive de ofertar a través de las ligas profesionales un sinfín de competiciones, encuentros y disputas deportivas que entre más añejas, emotivas y apasionadas, más expectación, ansiedad y consumo generan) de lo que económicamente vive es de alimentar rivalidades y "Clásicos".

Hay que dejarlo claro: la relevancia de los "Derbis", "Clásicos" y "Superclásicos” no les viene solo de la parte deportiva sino de todo lo que respira debajo y por fuera del campo: los odios-enamoramientos y las pugnas ideológicas, políticas y culturales entre lo que representa jugar o irle a un equipos u a otro. De ahí entonces que en los Clásicos más importantes del mundo lo que verdaderamente se enfrentan antes, durante y después del encuentro, no son 22 jugadores (ellos tan sólo escenifican, en el teatro del estadio, la lucha y el ritual del espectáculo) sino dos historias, dos fuerzas ideológicas, dos maneras de vivir, dos modelos y dos concepciones del mundo. Así de relevante es lo que pasa a través del futbol.

Partiendo entonces de que los enfrentamientos y las adversidades futbolísticas en todos los Clásicos, no se dan entre es entre los equipos y sus aficionados, sino entre aquello que éstos enarbolan, encarnan y representan, vale la pena preguntarse: ¿qué caracteriza y subyace al sistema de rivalidades del futbol-espectáculo en México?

Tomando en cuenta que en México es un país fiestero, religioso y derrochador pero con una historia sangrienta y difícil, marcada (desde antes de la conquista) por la expoliación y la desigualdad, así como por múltiples enfrentamientos, diversos centralismos y permanentes escenas violentas (producto de las distintas invasiones y las guerras que hemos sufrido, pero también por las terribles dictaduras y la ensangrentada revolución que vivimos, e incluso por el proceso pos-revolucionario y supuestamente pacificador de los últimos 70 años, tan exuberante en asesinatos y tropelías); está claro que aquí las rivalidades futboleras más fuertes de lo que nos hablan es de las pugnas entre las diversas regiones y los distintos proyectos de nación que co-existen de manera problemática y siempre en tensión dentro de nuestro país.

La rivalidades futbolísticas con las que se han alimentado nuestros Clásicos intra e interciudades y regiones (Chivas-Atlas, Tigres-Rayados, América-Pumas, Cruz Azul-América, Santos-Monterrey, Puebla-Veracruz, etcétera), así como el clásico nacional entre Chivas y América (que no es sino la escenificación entre el proyecto político del México criollo, guadalupano y nacionalista y el México pos-revolucionario, oligárquico, autoritario y neoliberal), lo que como pocas cosas ponen en evidencia (tanto en los estadios como en los medios y las conversaciones cotidianas) son las diferencias ideológicas, políticas y culturales de un país desgarrado por la corrupción, el centralismo, la pobreza y el autoritarismo.

Denunciando las heridas que nos definen, en México las relaciones de odio-enamoramiento entre los equipos (aquellas relaciones pasionales estimuladas temporada a temporada por nuestros Clásicos), esconden el enfrentamiento entre distintos tipos de clases, grupos y poderes (locales y regionales); entre distintos modos de hablar, comer y bailar (entre identidades); entre distintos modelos de lo que significa ser mexicano (del norte, del occidente, del centro o de sur); en suma: esconden el enfrentamiento entre distintos proyectos y modelos de nación.

Más allá de lo que el cervecero eslogan en cuestión nos ha acostumbrado a repetir, ya es hora de que en México se tome en "serio" al balompié y se entienda que cultural y políticamente aquí el sistema de rivalidades del futbol no une, tan sólo mantiene vivas las tensiones políticas y teatraliza los odios-enamoramientos que históricamente nos consumen, al tiempo que proporciona un escenario ideal para que como audiencias presenciemos (en vivo y a todo color) el espectacular combate entre las fuerzas cuya lucha nos definen.

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