Dilema de la lujuria tecnológica

La inevitable eurotización de las horas de la comida, nos ha dejado algo más que bocados sazonados con goles anotados del otro lado del atlántico. Nos ha confirmado que en nuestros días, el...

La inevitable eurotización de las horas de la comida, nos ha dejado algo más que bocados sazonados con goles anotados del otro lado del atlántico. Nos ha confirmado que en nuestros días, el espectáculo posmoderno del futbol luce con pornográfico orgullo su lujuria tecnológica.

Con la estética de un videojuego y casi con la velocidad y textura poética de un spot televisivo de Nike, las estupendas transmisiones televisivas de la Euro –producidas por ESPN- son una adictiva golosina visual incluso para aquellos desdichados que no acostumbran a consumir futbol.

Con estadios perfectamente bien iluminados, con sus gradas saludablemente repletas de aficionados que esgrimen injurias y cantos de guerra en idiomas a veces incomprensibles, con partidos intensos y tomas vouyeristas desde múltiples ángulos, las transmisiones televisivas de la Euro, rindiendo culto al mismo balompié, parecen haber sido hechas para extasiar a los ya convencidos y de paso evangelizar a los escépticos que aún no creen que Dios es redondo.

Aunque las innovaciones tecnológicas en materia de transmisiones deportivas a veces parecen imperceptibles y hasta secundarias con respecto al juego, es un hecho que esta Euro ha servido para mostrar y consolidar tecnologías de televisión que ya tenían un rato entre nosotros y que aún que no lo queramos están marcando un rumbo. Específicamente en lo que se refiere a los tipos de encuadres y las repeticiones de las jugadas, pero sobre todo en cuanto a lo que tiene que ver con las estadísticas del partido.

Inevitablemente eurotizadas, las cámaras que producen las imágenes que consumimos (ahí está la publicitada PHANTOM de Televisa produciendo repeticiones que dejan perpleja la mirada o los softwares que en cuestión de segundo convierten la cancha en una zona de inmersión digital) parecen estar perversamente obsesionadas con el detalle. Mostrándonos la mecánica de los músculos en movimiento, las expresiones de los rostros y los pormenores de cada disparo, falta o jaloneo, al más puro estilo de las obras de ciencia ficción, las cámaras de hoy y las reproducciones en 3D que nos estamos acostumbrando a ver a la mitad y al final de cada partido, ya nos están adelantando lo que nos guste o no, veremos mañana: tomas subjetivas desde distintas partes del cuerpo (la cabeza, el hombro, el pie) de cada uno de los jugadores, tomas desde el propio balón en movimiento, súper encuadres desde el silbato o la tarjeta del arbitro, encuadres desde los lentes o el saco del técnico, tomas desde la óptica de cada uno de los aficionados que están en el estadio, tomas desde micro-cámaras instaladas en las banderas de corner, en distintas zonas de la portería y en buena parte del pasto.

Si el curso de las cosas sigue como hasta ahora, en unos años veremos millones de imágenes tomográficas producidas a lo largo de 90 minutos. Veremos cada poro, cada gota, cada hueso, cada órgano y célula de los jugadores, árbitros y técnicos en la cancha. También de los aficionados lo veremos casi todo. La meta será que visualmente no se nos escape nada. El ojo video-vigilante del big brother lamerá todo lo que sucede dentro y fuera de la cancha.

¿Y qué hay sobre las estadísticas? Encargadas de mostrarnos que el caos tiene un orden, además de los minutos o encuentros que un millonario metrosexual ha disputado, las estadísticas de hoy ya no solo nos enseñan el número de faltas, pases, corners, tiros libres, panalties o goles que (a lo largo de su vida o contra algún equipo en particular) ha anotado, sino también los kilómetros que han corrido él y su equipo.

Muy bien, pero ¿y qué nos enseñarán el día de mañana? Al paso que vamos seguramente no tardarán en mostrarnos sobre la pantalla el ritmo cardíaco de cada jugador, su nivel de fatiga, su índice de deshidratación, la capacidad de sus pulmones, las zonas musculares próximas al colapso o al desgarre. Nos mostrarán el número de neuronas que los jugadores perdieron con cada cabezaso, con cada caída. Nos enseñarán las veces que miraron a la banca, el número de silbidos, de gritos e insultos que esgrimieron y las veces que le pegaron al balón de tres dedos, de taquito o de vergonzoso punterazo. Cada vez las estadísticas serán más específicas y especializadas, más obsesivas e inútiles. Por su puesto, también nos entregarán datos inverosímiles sobre el árbitro y la gente de la banca, así como de la gente en las gradas: las cervezas que han bebido, el número de veces que han saltado, la frecuencia de sus abrazos, el tipo de maldiciones y mentadas de madre que han esparcido.

Todo parece indicar que conforme pase el tiempo y se vayan incorporando más innovaciones al espectáculo deportivo, en su afán cognitivo por visualizar la causa última de lo que sucede sobre el pasto y fuera de él, con tal de vender la televisión (y tras ella la web, los videojuegos, los celulares y el resto de gadgets que en un futuro arriben) hará lo que sea posible para narrar y entregarnos un futbol que hasta ahora no hemos visto; es decir, cada vez más detallado, diáfano y transparente.

La televisión y los medios digitales del futuro nos darán un futbol cada vez más obsceno. ¿Por qué? Porque nos mostrarán lo oculto, lo que hasta ahora se ha mantenido fuera de escena: lo que hoy no pueden aún tomar las cámaras actuales, lo que ha quedado fuera de la mirada de periodistas, narradores y aficionados, aquello que escapa al limitado ojo humano, aquello que sucede debajo de la carne y de los sueños. Pero, ¿logrará con todo esto la televisión del futuro mostrarnos al Dios redondo del futbol en calzoncillos?, ¿tendrá su lujuria tecnológica la fuerza y el cinismo suficientes para poner al descubierto el misterio que sostiene al futbol?, ¿le alcanzarán sus millones de cámaras para desnudar los enigmas que nutren y dinamizan al deporte donde se hacen obras de arte a patadas?

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